“Yo soy la hija de Evita” – GENTE Online
 

“Yo soy la hija de Evita”

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Recoleta, cementerio. Tarde gris y con garúa. Ante el mausoleo que dice “Familia Duarte”, Paolo, el guía de turismo, recita: “Evita dividió el corazón de los argentinos. Para muchos fue una santa y para otros una déspota. Pero su mito trascendió las fronteras de la Argentina… Hoy tendría 88 años, pero murió apenas a los 33, y no tuvo hijos…”. Pero ella, Nilda Quartucci, la mujer rubia, no lo oye. Se inclina, besa la cara de Evita estampada en el oscuro granito, y deja un ramo de flores. Después dice que “mamá no tendría que estar aquí, sino en la Chacarita, porque éste es un cementerio de ricos y ella es el símbolo de la justicia social. Si pudiera, saldría de esta tumba…”. Pero ha dicho “mamá” –nada menos–, y la palabra ha sonado como un disparo en la bruma de la tarde. ¿Mamá? ¿Madre? ¿María Eva Duarte madre? ¿Cuándo, cómo? ¿Qué historia de amor oculto o qué terrible secreto encierra esa palabra?

LA CARTA ARDIENTE. Y no es todo. Nilda Quartucci tiene una hija, Roxana Panzeri, y entonces el enigma se duplica: María Eva Duarte, madre y abuela. ¿Hay pruebas? Nilda jura que sí… y entran en juego las cartas del cura Hernán Benítez, el guía, consejero y confesor de Evita. Que, el 3 de enero de 1985 le revela en una de ellas a Blanca Duarte Alvarez Rodríguez, hermana de Eva: “Lo que más me conmovía aquella noche en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos ante Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorio a los ojos de Dios que su lucha en favor de los necesitados. Usted sabe muy bien a qué dolor me refiero. Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón más, mucho más que la enfermedad. ¿Con qué ganó más Evita el corazón de Dios, con ese secreto sufrimiento, que ignorará la historia, o con su obra social pública en la que –como no podía ser de otro modo– se mezclaba mucho de vanidad, mucho de éxito mundano, mucho de política y ostentación? Lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorará la gente. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, su otra querida hermana, la mía, y no sé si la de alguien más (…) Las veces que ella, anegada en lágrimas, me confesaba no soportar más y estar dispuesta a tomar medidas extremas, yo le decía: ‘Evita, nada grande se hace sin dolor. Sin su secreto dolor, toda su obra pública, ¿qué sería a los ojos de Dios? ¡Vanidad de vanidades y todo es vanidad! Por inmenso que sea el bien que usted hace a los humildes, por mucho que lo aplauda el mundo, sin secretos renunciamientos, todo eso, ante la eternidad, de poco y de nada le serviría…’”.

LAS VISITAS SECRETAS. Aída Júrisci fue la asistente fiel del cura Benítez, y le contó a GENTE y a una periodista británica del diario Mail on Sunday que “Nilda y su hija Roxana venían a visitar al padre Benítez, se presentaban como la hija y la nieta de Eva Perón, y el padre las atendía siempre. A mí, él nunca me dijo que ellas eran realmente quienes decían ser. Pero sí sé que le dijo a Roxana que iniciara cuanto antes las acciones legales para conocer su verdadera identidad”.

Según la historiadora Marta Cichero, “Nilda y Roxana le habrían pedido a Benítez que fuera testigo en el reclamo de filiación, pero el sacerdote se negó, porque le había jurado a Evita que jamás revelaría su gran secreto”.

Pero esta historia quedaría en punto muerto, en mera leyenda o habladuría, sin el auxilio de la ciencia. GENTE habló con la genetista Ana María Di Leonardo, fundadora y ex directora del Banco Nacional de Datos Genéticos. Este es su testimonio: “A Nilda le asiste el derecho y la recta razón para pedir el estudio de ADN. Roxana, la supuesta nieta, tiene –me parece– gestos muy similares a los de Evita, y tuve la sensación de que le interesaba imitar a su presunta abuela. Pero yo intervine en muchas causas de desaparecidos, y nunca me dejo llevar por indicios, gestos o aspectos físicos, sino por pruebas genéticas. ¿Nilda es hija de Evita? Eso sólo puede establecerlo un estudio de ADN sobre el cuerpo de la muerta. Hoy, la tecnología puede resolver el enigma con una muestra del uno por ciento de ese cadáver embalsamado. Es cierto que el examen de ADN de tipo mitocondrial (con extracción de sangre) en las hermanas de Evita dio negativo para Nilda, pero ésta tiene derecho a reclamar el estudio sobre el cuerpo de la que cree su madre”.

HABLA NILDA QUARTUCCI. Living del departamento de Nilda Quartucci. Muchos adornos: floreros, porcelanas, y dos portarretratos con fotos de los que llama “papá y mamá”: Eva Perón y el actor y boxeador Pedro Quartucci, que murió el 30 de abril del 83 a los 78 años. Café, y este diálogo

–¿Tuvo alguna vez relación con Evita?
–Nunca pude ver su cadáver. Nunca existí para nadie y para nada, y menos para la familia Duarte.

–¿Qué pretende ahora?
–Nada: sólo que me permitan ser una hija reconocida.

–¿Por qué no hubo prueba de ADN sobre el cuerpo de Evita?
–No quieren tocarlo, porque es sagrado. Pero yo no pido una profanación: pido un respetuoso análisis hecho por médicos y peritos.

–Pero ya hubo análisis del ADN de Pedro Quartucci, su supuesto padre, y dio negativo…
–Sí, y fue muy cruel. Yo no merecía, a los 61 años, enterarme de que no era mi padre biológico, sino mi padre del corazón. Pero si se pudo hacer el de mi padre, ¿por qué no el de mi madre? ¿El cuerpo de mi padre era de cuarta?

–Si Evita fue su madre, ¿por qué nunca quiso encontrarse con usted?
–Muchas veces me lo pregunto. ¿Buscarme la habría hecho sufrir?

–¿Cuándo nació, Nilda?
–No estoy segura. Fui anotada el 26 de octubre de 1940.

–¿De qué vive?
–Soy repostera, pero no puedo cocinar más, porque estuve enferma… (toma una foto y llora).

–¿Quién es el chico de la foto?
–Mi hijo Carlitos. Lo mataron a puñaladas. Nunca se supo por qué. No andaba bien. A veces gritaba: “¡Soy el nieto de Evita!”. Tal vez lo mataron por eso, no sé…

–¿Quién la crió?
–Viví con una madre sustituta, pero pobre. Hizo lo que pudo, pero fue muy malo para mí. Era Felisa Bonorino, la mujer de Pedro Quartucci. Cuando nací, Pedro me llevó a su casa. Ellos no estaban casados, pero arreglaron todo con un juez amigo. Pero yo no soy la hija biológica de Felisa…

–¿Cómo empezó la causa judicial?
–Con Luis Moreno Ocampo (N.d.R.: actualmente lo reemplaza el doctor Oscar Toletttini) intentamos la conciliación con la familia legal de Eva Duarte de Perón. Juana Ibarguren es la supuesta madre de mi madre. Juan Duarte, no sé: puede ser el padre o el supuesto padre. Pero Juana dejó que su hija y su hijo, Juancito Duarte, vinieran a la gran ciudad cuando eran casi niños, sin plata, sin estudio, sin nada. Eva tenía apenas 14 años, y quedó a merced de que se la devoraran los leones… En cambio, las hermanas fueron muy cuidadas, se casaron bien con señores militares, mientras Eva quedó sola y a la buena de Dios. Le fue bien porque los hombres con los que tuvo relación la ayudaron... Pero al llegar no tenía ni para un café con leche con medialunas…

–¿Qué recuerda de su vida en la casa de los Quartucci?
–Decían que yo era medio rara, porque no iba a los ensayos de mi padre, los de La familia Falcón. Mentira. ¡No iba porque mi papá no me quería llevar! Me tenía casi secuestrada. Yo quería conocer a los actores, a las actrices, a las vedettes, pero él no me presentaba a nadie. Pero sé que me quiso…

–¿Nunca le dijo que usted era la hija de Evita?
–A mis 14 y a mis 23 años me dijo: “En el ambiente creen que sos la hija de Evita, que te parecés mucho”. Pero nada más.

–¿Pedro era peronista?
–¡No! Completamente antiperonista. Y sufrió mucho: lo proscribieron, y una vez le dieron una gran paliza a la salida del teatro Odeón.

–¿Qué sintió cuando el primer ADN determinó que usted no es hija de Quartucci?
–Que me arrancaron a mi papá de mi vida, pero no de mi corazón. Porque así lo quiero más. Porque lo que hizo tiene más valor. Porque corrió riesgo de vida. Yo soy de piel blanca, pelo rubio y ojos claros. No tengo ningún rasgo de Quartucci.

–¿Cuándo y por qué empezó a creer que es hija de Evita?
–Porque el doctor Florencio Escardó, que era muy amigo de mi papá y médico de mis hijos, un día me dijo: “Vos sos la hija de una mujer muy importante, pero no te digo de quién porque no puedo”. Más tarde conocí a una parienta de la partera que me hizo nacer, Nilda Conte de Tortoni. Ella conocía mi historia y me contó que cuando yo estaba por nacer, mi papá le dijo a la partera que tenían que hacer un pacto de silencio, y que me anotarían como hija biológica de Pedro Quartucci y Felisa Bonorino. A Evita le dijeron que yo había nacido muerta…

–¿Por qué?
–Porque no me hubiera querido tener con ella. Evita no vino a Buenos Aires a tener hijos: vino a triunfar en el medio artístico, y una criatura le hubiera destruido la carrera. Si apenas podía subsistir, ¿cómo iba a criar una hija?

–¿Qué relación le dijeron que tuvo Eva con Pedro Quartucci?
–Creo que Eva quiso mucho a Quartucci. También, que él creyó que yo era su hija. Eva quiso seguir con el embarazo, y tal vez Quartucci la alentó: “Tenélo, que yo me ocupo de la criatura”. Mucho después me enteré de que Quartucci no podía tener hijos, que no era fértil.

–¿Le preguntó a Escardó si usted era hija de Evita?
–Sí. Se quedó en silencio. Y al rato movió la cabeza y me dijo: “Bueno, ya lo sabés”.

–¿Cómo empezó la investigación sobre su filiación?
–Mi hija Roxana, que es médica patóloga, y su ex marido, hablaron con el padre Benítez, el confesor de Evita, aconsejados por Floreal Ferrara, que fue dos veces ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires en gobiernos peronistas.

–¿Y cómo fue ese encuentro?
–Apenas la vio, el padre Benítez le dijo: “Conformación craneana idéntica. ¿Qué hacés que no vas a besar el busto de tu abuela? ¿Qué clase de nieta sos?”. Es más: le dijo a Aída, su asistente, que “cuando alguna de las dos llame, debe decir que es o la hija o la nieta de Evita. Si no… ¡no las atiendo!”.

–¿Usted habló con Benítez?
–Lo intenté, pero ya estaba muy enfermo.

–¿Tiene otro testimonio, otro indicio que le ponga veracidad a la historia que usted relata?
–Conocí a la cuñada de la partera que atendió el nacimiento de mi hija, y me dijo: “¿Sabés lo que me contó Argentina, mi cuñada? Que fue la partera de Evita, que cuando naciste estaban Quartucci y Escardó, y que a Evita le mostraron un cajoncito blanco. Quartucci tenía el auto dentro del garaje de la casa de Acoyte y Machado, y te metió embolsada allí”.

–¿Alguna otra referencia?
–Mi ex marido me dijo un día que Pedro Quartucci lo citó y le confesó que yo era hija de Evita, pero que no me lo revelara, porque eso era un secreto entre hombres. Era 1973, la época de la Triple A, y si eso se sabía podían matarnos a todos.

–¿Piensa que alguien cree su historia?
–Mire: ésta no es una historia light ni una cosita así nomás. He peleado con todas mis fuerzas. Y seguiré peleando hasta demostrar que Eva fue mi madre. Nilda atesora dos fotografías: Evita, “mi madre” y el actor Pedro Quartucci, “que me crió y fue mi padre del corazón”. Dice: “no reclamo nada: sólo quiero la verdad”.

Nilda atesora dos fotografías: Evita, “mi madre” y el actor Pedro Quartucci, “que me crió y fue mi padre del corazón”. Dice: “no reclamo nada: sólo quiero la verdad”.

“<i>Lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorará la gente. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas</i>”. (fragmento de la carta del padre Hérnan Benítez,  confesor de Evita).

Lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorará la gente. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas”. (fragmento de la carta del padre Hérnan Benítez, confesor de Evita).

“<i>Quiero que se haga la prueba de ADN sobre el cuerpo de Evita para probar que soy su hija, pero nadie quiere dar ese paso porque lo consideran un cuerpo sagrado</i>”.  (Nilda Quartucci).

Quiero que se haga la prueba de ADN sobre el cuerpo de Evita para probar que soy su hija, pero nadie quiere dar ese paso porque lo consideran un cuerpo sagrado”. (Nilda Quartucci).

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