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Vivir con miedo

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Sobre la mesa de la habitación 524 del Cosmopolitan Hotel quedó una tarjeta de cumpleaños. "Dear Cathleen, happy birthday. Love, Mom & Dad". A un lado, recostada sobre un velador, dos mujeres sonríen abrazadas desde una foto. ¿Será Cathleen una, será la otra su mamá? Desde el martes 11 de septiembre a las 8:45 de la mañana, nadie tiene la respuesta. Tampoco el teléfono, con la luz roja de la casilla de mensajes titilando en vano desde hace una semana. ¿Habrá un llamado desesperado del otro lado? Nadie lo puede chequear, porque no funciona. Mucho menos podrían avisar dónde está Cathleen la bolsa de agua caliente azul, el necessaire abierto, la botella de agua mineral Evian por la mitad o el protector solar. Tampoco las sábanas revueltas de la cama sin hacer, los dos libros de Laureen Henderson tirados junto a la cama ni el
New York Times del día de la tragedia ni los zapatos negros. Los objetos personales de Cathleen Poehler siguen allí donde los dejó, mudos. Según el registro del hotel, su dueña había llegado el 8 de septiembre, y se iría el 14. Ahora es parte de la estadística, quizás una de las 6.543 personas desaparecidas bajo los escombros de los atentados; o una chica que se asustó y se fue de la ciudad sin importarle sus pertenencias. Es una de las 30 personas que aún tienen sus habitaciones intactas, esperando el milagro del regreso. Muchas de ellas, supone Carlos Moreno, el conserje hondureño, habían salido esa mañana rumbo a las Torres Gemelas, a cinco cuadras de allí, para visitarlas.

El Cosmopolitan (un nombre más que apropiado para esta ciudad), ubicado a tres cuadras del agujero negro de las Torres, en el barrio de Tribeca, está vacío, aunque en la puerta cuelga un cartel escrito con marcador azul que dice
we are open. Sus siete pisos con 115 habitaciones se reabrieron seis días después de los atentados, pero las únicas tareas son terminar de limpiar el polvo que penetró en todas. La crisis, de todos modos, afecta al turismo en toda la isla de Manhattan. Nadie apuesta que regresen los 25 mil millones de dólares que, por este concepto, entraban cada año a las arcas de esta ciudad. Según los propios hoteleros, la ocupación descendió a un cuarenta por ciento. Pero el drama mayor, infinito e irreparable es el humano.
Nueva York está con miedo y desazón. Las vidrieras de Sacks de la Quinta Avenida y la calle 50, un emblema comercial, están desiertas, decoradas con una bandera norteamericana, un ramo de flores y una frase que resume el estado de ánimo: "With sadness" ("Con tristeza"). La voz de Frank Sinatra cantando "Si puedo hacerlo acá, puedo hacerlo en cualquier parte" se transforma en el doctor Jekyll y míster Hyde de esta historia, porque la pregunta siguiente que muchos se hacen es: "¿si pudieron una vez, por qué no podrían dos?". Por este motivo, muchos departamentos permanecen vacíos. En Hudson 16, justo en la esquina con Reade, a media cuadra del hotel, hay un edificio de lofts de 8 pisos. Ivan Rodríguez, otro hondureño, es el encargado. "Muchos se fueron por miedo -señala resignado a permanecer allí-.
Sobre todo los que tienen hijos". Iván, allí desde el 81, repite sus pesadillas: "Yo siempre miraba esas towers, y ahora no hay nada. Desde aquí oí el ruido del primer avión. Me quedé mirando hasta que vi a las personas tirarse desde arriba. Eso fue todo. Entré a mi apartamento y me puse a beber tequila. Aquello fue muy duro".

Como siempre, lo que comienza a mover la rueda de la recuperación es el trabajo. Y en la calle, el mejor lugar para tomarle el pulso a esta ciudad, están las caras del regreso. Sobre todo, si el circuito comienza cerca de la zona del desastre. La cabeza de Kim, una vendedora callejera coreana, sostiene una pequeña sombrilla con la bandera de los Estados Unidos. Vende remeras y bandanas en Howard y Canal Street, Chinatown, un barrio parecido al Once pero mucho más grande. Las t-shirts cuestan cinco dólares, los pañuelos la mitad. Y todos dicen lo mismo: "America under attack. I can't believe I got out" ("América atacada. No puedo creer que salí de ahí"). A diez metros de ella, otra mujer vende fotografías de las Torres Gemelas por un dólar. Chinatown es la frontera. Más allá de Canal Street comienzan los controles policiales. Para ingresar en la zona hay que portar alguna identificación o una carta que demuestre que uno trabaja en el Downtown.
La seguridad se palpa al instante. Hay uniformes en cada esquina, los oficiales llevan perros para detectar explosivos, y varios edificios públicos han sido resguardados con cintas amarillas y guardias armados. Si se deja atrás Chinatown por la avenida Lafayette, adonde las calles ya no tienen número y llevan nombre, comienzan a escasear los autos. Sólo hay palomas sobre el asfalto, que se asustan con el ulular de patrulleros y autobombas, la banda de sonido de este tiempo, y con el paso de los camiones que regresan, por allí, a recoger más escombros de las Torres para llevarlos a Staten Island, donde ya se depositaron 69 mil toneladas.

En Church Street, pasando el primer control, trabaja Bernard. Atiende un negocio de baratijas, una suerte de Todo por dos pesos americano. Bajito, de piel cetrina, Bernard llegó hace dos años desde Bangladesh. Y tiene miedo a ser confundido con un musulmán. No es en vano: sólo en Clifton, en la vecina Nueva Jersey, la policía recibió diez denuncias de ataques contra árabes en los últimos días. Un sihk (una etnia hindú) cuyo único delito fue llevar puesto un turbante, fue muerto a balazos en Arizona. Por eso Bernard repite una y otra vez: "Soy cristiano, y quiero lo mejor para América. Recién hoy abrimos. Pero no viene casi nadie. No sé qué va a pasar. Pero soy cristiano, y no quiero que pase nada malo. I love
America..
."

A media cuadra, Nancy Pomeroy atiende un puesto del Ejército de Salvación con su correspondiente barbijo, parte del "uniforme" en la zona. Una montaña de botellas de agua y bolsas de comida se amontona sobre la vereda. "Fueron toneladas y toneladas de donaciones las que recibimos: medicinas, snacks, dulces, hubo de todo para quienes trabajan removiendo escombros. Aunque lo primero que donó la gente fue ropa para los sobrevivientes, que lamentablemente no aparecen", cuenta. Pese al dolor, Nancy -como la gran mayoría de los norteamericanos- tiene un fuerte sentimiento patriótico: "Los terroristas no nos ganaron. Porque todas las democracias sintieron esto como propio. El mundo se portó bien con nosotros, y eso nos hace más fuertes. Ellos no nos derribaron, y nunca vamos a caer por toda la cuenta". 

La fuerza que pone Nancy en sus palabras, repetidas en cada rincón, no alcanzan para tapar la paranoia que subyace en cada neoyorquino. Muchos temen otro ataque. E imaginan que podría ser mucho peor. Es más: el sábado 22, decían todos, era el día elegido por los terroristas. Pero no pasó nada. Nueva York sigue siendo la ciudad que nunca duerme, como continúa cantando Sinatra, pero ahora lo es por el insomnio. Y no es humor negro: es real. La tensión hace que, por la calle, se vea gente tomando Advil (un potente analgésico) como si fueran caramelos. La especulación llega a tal punto que algunos -y así lo cuentan en una columna del New York Post- calculan cuántas cuadras a la redonda podría afectar la explosión de un pequeño artefacto nuclear. 

Y aunque el mundo sigue andando, no hay demasiado ánimo para la diversión. La taquilla de Broadway descendió tan bruscamente como las Torres. Cuatro obras anunciaron que bajan de cartel:
Stones in his pockets, The Rocky Horror Show, A thousand clowns y If you ever leave, I go with
you
. Aída, que usualmente recaudaba 800 mil dólares por semana, sólo alcanzó a los 250 mil. Les Misérables apenas llegó a los 95 mil en la semana, 200 mil menos que lo que cuesta ponerla en escena. Los restaurantes no son la excepción. Sergio, el empleado argentino de De Grezia, un cinco tenedores italiano de la calle 50 y la Tercera Avenida, contó que de 25 comensales que tenían en promedio, pasaron a siete. 

Y si la necesidad de trabajar es la que pone en marcha, aunque a medias, a la máquina neoyorquina, la preocupación por mantener el empleo es un factor de estrés adicional. Y no sólo por las pérdidas de las grandes compañías de aviación, que llevaron a
American, United, US Airways y Continental a anunciar el despido, en conjunto, de 61 mil empleados. Los trabajadores de los pequeños comercios también están en estado de alerta. Adán Lozano tiene 35 años y es salvadoreño. Hace diez que cocina en un bar que está a metros de la salida del subte de la estación Chambers, a cinco cuadras y media de la Zona Cero, donde habitualmente hay miles de transeúntes. El lugar reabrió una semana después de los atentados, "y está trabajando al 30 por ciento. Hay pánico, y la gente aún no aparece por aquí", se queja Adán. De todos modos, está feliz por la apertura: "No nos podemos quedar de brazos cruzados. Necesitamos trabajar. Tenemos que hacer que Nueva York se levante, si no nos vamos a quedar en la calle". El salvadoreño apunta a otro tema, y son los empleos de los inmigrantes ilegales. "Muchos perderán sus empleos porque tienen miedo de venir, ya que para entrar hasta aquí hay que identificarse".

Chambers Street, la calle siguiente, divide la incipiente resurrección de lo que aún permanece muerto. Tras una valla -custodiada como una fortaleza-, la vereda del sur muestra todos los negocios cerrados, con una fina capa de polvo que cubre los toldos e impregna las vidrieras. Del otro lado, tímidamente, se abren algunas cortinas. Hang, un coreano que lleva cinco años al frente de un kiosco, espera sentado a los clientes que no llegan. Su mujer lo acompaña en silencio. El pequeño local está semivacío. "No recibo ni los diarios ni la lotería; business is bad", se queja en un inglés precario.

A media cuadra en dirección al río Hudson está la avenida Broadway, zona de guerra. Hay militares de la Guardia Nacional por todas partes. Y, de buen o mal modo, impiden el paso o lo aceleran cuando los curiosos se detienen a ver el desastre ahí, a sólo doscientos metros. En esa esquina, una mujer rubia aprieta la mano de su hijo. En la otra lleva un barbijo y una linterna. Está desesperada, discute con un policía. Luego corre por Broadway. Imposible detenerla para hablar. Sólo dice que quiere ir a su casa, que es el primer día que vuelve, y que no la dejan pasar. "¿Vivía cerca?", le pregunto. "Demasiado", alcanza a responder antes de perderse. En el Cosmopolitan, un momento después, el conserje Carlos Moreno nos mostraría la foto que se tomó, una semana antes con su primo, en las Torres Gemelas. El truco fotográfico los muestra colgando, divertidos, entre ambas moles. Pero Carlos sabe que escapó, por 24 horas, a una tragedia personal. "El día anterior llevé a mi hija Alecia, que tiene tres
años, a Cincinnati con su madre. Todas las mañanas, aunque fuera un momento, íbamos a pasear por el parque bajo las torres
".

Unas cuadras más allá, en el bar Yaffa's, de Greenwich y Harrison, un grupo de parroquianos toma vino y cerveza bajo el sol de una tarde maravillosa. Kristin Mitchell, de 34 años, sirve las mesas. Durante los días calientes de la semana del atentado, allí dieron de comer y atendieron a quienes escapaban del horror. Ahora, el ánimo de esta australiana ha cambiado: "Este lugar era increíble. Pero ahora tengo miedo, me doy cuenta de que esto también es vulnerable. Pienso irme a Los Angeles, pero no sé. Estoy esperando a ver si hay guerra o no para tomar la decisión...". En las mesas parecen ajenos a todo. A doscientos metros, en línea recta, una masa informe de hierros y escombros, todavía humeantes, se eleva hasta una altura de cinco pisos. Nadie lo sabe todavía, pero es posible que ahí debajo esté la respuesta tan temida para el mensaje titilante del teléfono de la habitación 524 del
Cosmopolitan Hotel.

Como sea, con miedo o sin él, cada mañana los subtes se abarrotan de gente que va a trabajar. La vida debe continuar, y continúa. El tiempo y los avatares de la política dirán si Nueva York renace desde sus cenizas. Sólo hay que escuchar a Sinatra, que cada día canta mejor: "It's up to you, New York, New York".
Todo depende de vos.

por Hugo Martin
hmartin@atlantida.com.ar
fotos: Jorge Luengo
(enviados especiales a Nueva York)
La escena es en Washington Square, pero se repite por toda la ciudad. Miles de neoyorquinos rezan y colocan velas y banderas como ofrendas por los desaparecidos.

La escena es en Washington Square, pero se repite por toda la ciudad. Miles de neoyorquinos rezan y colocan velas y banderas como ofrendas por los desaparecidos.

Una mujer con sus dos hijos caminan con los barbijos colocados, parte del

Una mujer con sus dos hijos caminan con los barbijos colocados, parte del "uniforme" de la zona.

El sentimiento de este policía es claro: prefiere muerto a Bin Laden.

El sentimiento de este policía es claro: prefiere muerto a Bin Laden.

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