“Viví y pinté en todo el mundo, pero mi pasión fue Buenos Aires y el barrio” – GENTE Online
 

“Viví y pinté en todo el mundo, pero mi pasión fue Buenos Aires y el barrio”

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–¿Pérez, Celis?
–Presente, señorita.

El chico se llamaba al revés: Celis Pérez. Pero la rutina escolar (“Alumnos, vamos a pasar lista”) le inspiró esa mutación, la primera de muchas, y fue Pérez Celis para siempre. La primera de muchas, digo, porque ese hombre, ese artista y ese amigo que se fue el sábado, unos minutos después de las seis de la tarde, en el sanatorio Otamendi, vencido por un cáncer de médula, fue todo cuanto quiso, y acaso más de lo que quiso, “porque me empeñé en ser apenas un pintor popular (poco y nada le gustaba la palabra artista: la merecía largamente, pero le parecía pomposa y, en su caso, excesiva), pero…”. Ese pero encierra la más formidable de sus mutaciones: dejó cinco mil obras, tocó todas las teclas –desde la figuración a la abstracción–, y hay cuadros y murales suyos en museos de la mitad del mundo.

LOS OFICIOS TERRESTRES. Origen gris. Nació (15 de enero de 1939), de familia obrera, en un inquilinato de San Telmo. Trabajó desde los pantalones cortos: canillita, feriante, aprendiz de carpintero y de tornero. Cuatro veces eludió la muerte: neumonía en sus días escolares; la tragedia del Estadio Nacional de Lima (1964); la tragedia de la Puerta 12 de la cancha de River (1968), y vuelco en el tramo Rosario-Santa Fe (1975): él, maltrecho, y Sara, su primera mujer, muerta. Lo conocí en 1970, cuando vivía en Barracas (casa tipo chorizo cuyo frente pintó con todos los colores del espectro). El pelo y la barba le comían la cara, y su aludo sombrero de paja recordaba al de Vincent Van Gogh en los campos de girasoles.

Por entonces, primera entrevista e inolvidable confesión: “Una maestra le dijo a mi madre, doña Pepa, que me hiciera estudiar dibujo, y un maestro me tiró los lápices de colores por la ventana porque me distraían de sus clases”. Entonces le pregunté quién de los dos fue más importante. Respuesta: “Los dos. Porque sin amigos no hay fe, pero sin enemigos no hay estímulo ni rebeldía”. Aprendió dibujo por correspondencia (“Lo único que podía pagar”), quemó todos los primeros dibujos en el fondo de su casa, “y al otro día compré una telita, unos pinceles, unos pomos de óleo, una tarjeta postal para copiar… y decidí ser pintor”. Tenía 13 años…

EL GENESIS. Primera exposición: 1957, a sus 17 años, en la galería La Fantasma. Después, incontables: sólo en el ’92, más de veinte... Le dije: “Tu currículum es colosal, casi asfixiante”. Respuesta: “Es cierto. Pero también, ¡cuánto trabajo, cuántas mudanzas, cuánta disciplina, cuántos riesgos, qué poca bohemia, vino, noche y todas esas cosas que la gente imagina ligadas al arte!”. Muchos, muchos años después, lo entrevisté en su vasta casa taller de la calle Lima. Pelo corto y canoso, barba ídem apenas perceptible, trepado a una escalera, sudando sobre un mural de treinta metros cuadrados y envuelto en un overol ya rígido de tanta pintura seca, empapado de pintura nueva, y –creo– con más colores que los conocidos por el Hombre.

Para entonces había vivido (propia confesión y en este orden), “en Liniers, La Boca, Barracas, Venezuela, Estados Unidos, Uruguay, Francia, más los viajes por todo el mundo, desde Bolivia hasta Japón”. Después, abandonada por un rato la cumbre (la escalera), seguía la frenética visita al taller: visita no guiada por el orden de un catálogo ni el dictado del marketing; visita (cabalgata, casi) febril entre murales, serigrafías, esculturas, diseños para alfombras, retratos tan porteños y tan universales como Borges, Gardel, Piazzolla, Obelisco, fútbol. Fútbol, que para él era Boca y sólo Boca –fue un confeso fanático– pero también “guerra y ballet al mismo tiempo, lucha y arte, el más perfecto de los juegos humanos”.

Y al final, cayendo la noche, otra mutación. Un Pérez Celis despojado del rígido overol, pulcro, generoso anfitrión, cocinando manjares (pudo ser un chef de alto vuelo), y en la despedida, capaz de consejos inesperados: “Acá a la vuelta venden los mejores ravioles del país. Anotá”, y vertía la dirección como quien revela la existencia de una misteriosa secta…

ELLAS, ELLAS… No menos de seis mujeres lo marcaron. Pepa, su madre; aquella maestra de segundo grado que lo intuyó artista; Sara, muerta en ese terrible vuelco de 1975; Iris, su compañera por casi dos décadas (“una enfermedad me la arrebató en una de las mejores etapas de mi vida”); Tamara, su viuda desde la triste tarde del sábado, y la actriz María José Gabin, su hija, que empezó su carrera en el grupo Gambas al Ajillo, siguió con Las Gambas Gauchas y escribió Pérez Celis, mi padre, una conmovedora biografía. Ante la pregunta clásica, insoslayable (¿Qué pintores lo marcaron?), decía: “Presas, Cogorno, Badii, Berni, descubrir a Víctor Vasarely… y conocer Bolivia antes que París. Sí, porque el azar quiso que me tocara viajar por Bolivia, Perú, llegar a Machu Picchu, y eso me llevó al arte latinoamericano. Mis diez años en París fueron formidables, sí, pero ya llegué hecho y no me deslumbré. Mi arte ya era indoamericano, afroamericano, sudamericano, y eso fue reconocido tanto en los Estados Unidos como en Japón”.

UNA CUESTION DE ESTILO. Otra pregunta indefectible: “¿Cuál es su estilo?”. Respuesta, mirando fijo: “No sé. Ninguno. El estilo es una cárcel y yo soy un hombre libre. Pinto, y si me equivoco, mala suerte”. A esa pasión por lo popular –no confundir con populismo– no le faltaron detractores. Según algunos críticos, Pérez Celis jamás llegaría al Parnaso, la Torre de Marfil, el Paraíso. Pero uno de ellos (y uno de los más agudos y respetados), Rafael Squirru, escribió: “Hay en nuestro país una tendencia a desconfiar de aquello que tiene sabor popular: el Martín Fierro de Hernández, la pintura de Florencio Molina Campos, Quinquela… Es parte de un triste complejo. Hoy ya nadie se atreve a cuestionarlos, y del mismo modo, cuestionar a Pérez Celis es exponerse al ridículo”.

Juicio no menos directo, frontal, que este consejo de Pérez Celis: “Ojo, jóvenes artistas: no crean mucho en los concursos. Están llenos de mediocres y muchas veces se ganan o se pierden por razones ajenas al arte. A veces, coincidir con el jurado… ¡es gravísimo!”.

En la mañana del lunes 4 de agosto, en la Chacarita, se cumplió su última voluntad. El fuego sólo dejó, de ese cuerpo apasionado e incansable, unas puras cenizas. Acaso a esa misma hora, alguien miraba uno de los tres murales que Pérez Celis pintó en la cancha de Boca, y alguien se detuvo ante un cuadro de Pérez Celis en un museo de Tokio. El chico del inquilinato de San Telmo, el de “la telita, los pinceles y los pomos de óleo”, había abrazado al mundo “por prepotencia de trabajo”: ese desafío de Roberto Arlt que lo guiaba cada vez que se metía en su overol y pintaba hasta que caía la noche, o hasta la primera luz del alba, o hasta que la pasión le diera paz a la carne. El de la calle California, en La Boca, uno de los tantos y tan mágicos reductos que tuvo en el país. Detrás, una de sus enormes pinturas. “<i>Soy un enamorado del gigantismo</i>”, decía.

El de la calle California, en La Boca, uno de los tantos y tan mágicos reductos que tuvo en el país. Detrás, una de sus enormes pinturas. “Soy un enamorado del gigantismo”, decía.

Con su ropa de fajina, siempre impregnada de pintura. “Soy como un mecánico. ¿Alguna vez vieron un mecánico con el overol limpio?”, definía.

Con su ropa de fajina, siempre impregnada de pintura. “Soy como un mecánico. ¿Alguna vez vieron un mecánico con el overol limpio?”, definía.

El cuerpo de Pérez Celis fue velado en la sede de Boca Juniors, el club que amó desde la niñez y al que dedicó tres murales.

El cuerpo de Pérez Celis fue velado en la sede de Boca Juniors, el club que amó desde la niñez y al que dedicó tres murales.

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