Viaje por la cuenca más contaminada de América – GENTE Online
 

Viaje por la cuenca más contaminada de América

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La Nerón se aleja del amarradero en La Boca. Lenta, la lancha de 7 metros de eslora y 3 de manga asciende por una de las cuencas más contaminadas del mundo, con sus 2.238,5 kilómetros cuadrados de superficie y sus cien metros de ancho de promedio. Sólo se escucha el sonido del motor abriéndose fatigosamente paso por un espeso engrudo de agua y lodo putrefacto que se extiende por 15 kilómetros: el Riachuelo, el hijo más oscuro del Río de la Plata, que esconde los sudores de antiguos mataderos y saladeros –el ganado cimarrón se mataba al aire libre, los cueros se salaban y las vísceras se arrojaban al agua, desde los tiempos de la Colonia–, de los que sólo quedan galpones cargados de despojos, junto con recuerdos del auge metalúrgico de los años 60 y de la conquista agrícola de sus márgenes.

Un curso de agua (o de algo parecido al agua) que separa Buenos Aires del Sur del Conurbano y cuya polución afecta directa o indirectamente a casi cinco millones de almas.

La embarcación avanza, cruza el puente Pueyrredón y desde los bordes, los restos de las antiguas barracas Merlo y Espada parecen anunciar que todo lo que se verá en la travesía tendrá el sello del abandono, como sucede con el antiguo trasbordador Nicolás Avellaneda, que nació con el siglo XX y que sirvió de inspiración al pintor Benito Quinquela Martín. Sangre, lodo, huesos, plomo, sólo quedan residuos de aquel que fue considerado como el mejor puerto natural de la costa rioplatense y que los argentinos, sus descendientes, seguimos contaminando.

No hay un relevamiento actualizado de los establecimientos productivos asentados en la cuenca Matanza-Riachuelo, pero se estima que serían más de 15.000. Hasta hace una década se observaban los caños que sin pudor volcaban sus efluentes directamente al agua. Y si bien desde la lancha no se los ve, se presume que muchos se reconvirtieron en gigantescas lombrices subterráneas, imposibles de divisar desde la superficie, que siguen alimentando la mayor cloaca de la Ciudad de Buenos Aires y de 14 municipios del Conurbano.

Los residuos frigoríficos no tratados son perjudiciales, porque tienen un gran aporte de materia orgánica, a los que se suman otros elementos peligrosos como el cromo, utilizados en las curtiembres, los agroquímicos e insecticidas que llegan desde las zonas agrícolas y los pluviales, que traen el agua que lavó la ciudad, los vehículos y las calles”, explica Alejandro Malpartida, doctor en Ciencias Naturales e investigador de la Universidad Tecnológica Nacional, que acompaña a GENTE en la travesía.

LAS AGUAS BAJAN TURBIAS. La siguiente postal incluye varios barcos retirados del agua en el marco de un plan de desguace de 17 buques. Algunos fueron testigos de la historia del país: trajeron inmigrantes, se llevaron cueros, estuvieron interdictos por décadas, fueron reflotados tres veces y vueltos a hundir otras tantas. Después, la panorámica desde el agua muestra una sucesión de fábricas en Avellaneda y Lanús, muchas de las cuales son centenarias y herederas del primer frigorífico en Barracas al Sud, La Negra, en 1884.

Las plantas de productos químicos y metalúrgicos comparten escenario con la madera podrida de decenas de muelles que acogieron el movimiento de barcos a principios del siglo XX. Y entre esos muelles, el del Club Regatas de Avellaneda; sí, porque aunque cueste creerlo, décadas atrás, remeros surcaban esas aguas.

Siguen varios kilómetros de navegación, que permiten vislumbrar un cementerio de autos en la orilla porteña, entre Villa Soldati y Villa Lugano, muy cerca del Parque Roca y del entubado arroyo Cildáñez. Allí se encuentra la Villa 20, uno de los barrios más pobres de la Ciudad, donde 6.000 familias viven hacinadas y tienen historias clínicas en las que no faltan casos de leptospirosis, hantavirus, toxoplasmosis y plomo en sangre.

BUCEANDO EN LA HISTORIA. Hay una especie de traición impresa en el Riachuelo que se remonta a mediados del siglo XVI, poco después de la primera fundación de Buenos Aires, cuando las sudestadas destruían los pocos ranchos construidos por los pioneros. Siglos después, el agua se encargó de atacar durante décadas a los inmigrantes que colonizaron los barrios del sur, y hoy perdura lo que podría pensarse como una condena eterna para quienes se instalan en sus orillas. Esto se percibe luego de ver pasar por sobre nuestras cabezas al viejo puente Pueyrredón, donde el escenario se oscurece: una barrera flotante contiene los torrentes de basura y desperdicios que llegan desde los vertederos y desde las gigantescas villas que crecieron hasta el borde del agua. Ciudades dentro de la Ciudad, horas de miseria en continuado que acompañan el recorrido de la lancha.

Después de otros lentos cinco kilómetros de recorrido se ven flamear varios pañuelos rojos en un improvisado santuario al Gauchito Gil. Mientras los chicos saludan desde un puente ferroviario del Roca (a la altura de la avenida Zavaleta, en los bordes de Parque Patricios), otros no tan chicos arrojan cascotes a los insólitos navegantes. No tienen piedad, a juzgar por la violencia con que atacan a los ocupantes de la Nerón. Para detener la agresión es necesario sugerir con gestos que el piloto de la lancha está armado. Pero ellos mantienen abiertos sus ojos, como custodios de los bordes más marginales.

POMPEYA Y MAS ALLA, LA INUNDACION”, escribió Homero Manzi, en referencia a los históricos rebalses del Riachuelo que coparon las márgenes, donde los suelos exhiben residuos de toda índole y esconden múltiples elementos microscópicos pero altamente dañinos para la salud (plomo, cadmio, zinc, níquel). “En tiempo de sudestadas, el río de la Plata subía y armaba una especie de tapón natural para los ríos interiores. El Riachuelo crecía y rebalsaba, inundando los bañados aledaños. Todas las sustancias contaminantes ocuparon esos terrenos, y aún siguen allí”, asegura Malpartida.

Además, también a la altura del barrio inmortalizado por el tango Sur, los meandros típicos de ríos de llanura alojan acantilados de escombros, lanzados en forma clandestina por camiones que vacían volquetes, como si la orilla fuera el fin del mundo. “Aquí se ve cómo están clausurando el ancho natural del Riachuelo… Ya le robaron entre cinco y treinta metros, según la zona. Y es evidente que esto sigue ocurriendo, porque hay zonas sin vegetación reciente”, explica el experto. Además, es posible ver que los residentes de las villas también le ganaron varias batallas a la costa natural para ampliar sus viviendas. Pero la que pierden es la guerra contra los olores, esos que nos acompañaron –con mayor o menor intensidad– a lo largo de los 17 kilómetros de navegación.

FAUNA INSOLITA. Caranchos y chimangos buscan en vano saciar el hambre con los restos de algún animal muerto. Los kilómetros pasan y las viviendas precarias siguen mojando sus esqueléticas extremidades en la lengua de agua, que apenas alcanza los 2,5 metros de profundidad. Una mujer descarga sus bolsas de residuos cotidianos desde la altura. Al lado, dos grupos de chicos rastrean, descalzos, los restos de algún tesoro de la clase media en los vertederos de basura.

Cuando la Nerón tiene a sus espaldas el puente Uriburu, las incontables botellas y bolsas de nylon despreciadas del cirujeo cotidiano dejan de confundirse con colchones, troncos y electrodomésticos. Entonces el Riachuelo parece estirarse hacia los bordes y clarear al menos en un leve tono de marrón. Unos pocos ombúes recuerdan que la vida puede abrirse paso siempre y los tordos revolotean, buscando algo para comer. Sin embargo, las industrias vuelven, ahora en Lanús: curtiembres, papeleras, textiles. Algunas expulsan detergente que no se disuelve y forma un cordón blanco de jabón cortado en los márgenes; otras, vomitan anilinas y cromo, que serpentean caprichosos por la costa. Mientras tanto, un patrullero de la Policía Buenos Aires II custodia los vehículos que circulan por Villa Diamante.

EL FIN. La leve fluidez del agua desaparece a la altura del puente La Noria (enlace de la General Paz y el Camino Negro), donde termina la Ciudad de Buenos Aires y empieza el partido de La Matanza. Allí la lancha tiene una última parada obligada frente al esqueleto de La Salada, la megaferia de compras nocturna y clandestina que nada conserva del balneario que fue hasta no hace más de dos décadas. Hoy aloja talleres textiles clandestinos y decenas de puestos de venta de indumentaria, electrodomésticos y alimentos. Todo parece calmo, pero para la Nerón los imprevistos no terminan nunca.

Una madeja de retazos se encarga de detener la hélice de la lancha, de modo que uno de los buzos se cubre con neoprene y se sumerge por las oscuras aguas hasta liberar la embarcación. Un hombre, desde la costa, custodia los movimientos y se aleja cuando confirma que los desconocidos ya no pueden seguir río arriba y deben regresar, en el exacto lugar en el que nace el Matanza, otro río de nombre estremecedor con el cual el Riachuelo comparte su destino. Ya de regreso, y en plena Vuelta de Rocha, la hélice de la lancha se atascó con bolsas de plástico que detuvieron su marcha. Un buzo tuvo que sumergirse para desenredarla.

Ya de regreso, y en plena Vuelta de Rocha, la hélice de la lancha se atascó con bolsas de plástico que detuvieron su marcha. Un buzo tuvo que sumergirse para desenredarla.

Por su densidad, es el único río del mundo en el que hasta las piedras flotan. Se estima que recibe por día más de 88.500 metros cúbicos de residuos y 365 mil de aguas servidas. Un cúmulo de retazos descartados por los talleres textiles atoró la hélice de la lancha y obligó a uno de los buzos a descender para liberarla.

Por su densidad, es el único río del mundo en el que hasta las piedras flotan. Se estima que recibe por día más de 88.500 metros cúbicos de residuos y 365 mil de aguas servidas. Un cúmulo de retazos descartados por los talleres textiles atoró la hélice de la lancha y obligó a uno de los buzos a descender para liberarla.

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