Una historia de espanto, abuso y vergüenza – GENTE Online
 

Una historia de espanto, abuso y vergüenza

Amanece. Y al doctor ya le vienen las ganas. Lleva, el doctor, las manos
sobre el volante de la camioneta gris donde ha estado cargando los primeros
tabacos de este año. A su lado, una nena de ocho años aprieta en su puño la
moneda de un peso que su madre le ha dado antes de dejarla. "Llévemela hasta la
casa
", le ha pedido Valentina a Simón Agustín Hoyos, el Tito Hoyos, su patrón, y
el patrón de tres de sus seis hijas, la mañana del viernes 7, cuando lo encontró
frente a la terminal. El doctor ha subido a la niña con la promesa de dejarla en
ese ladrillar deslomado que es la casa de las chicas donde nunca ha pisado
ningún padre, ni marido, ni hombre, como no sea el mismo Hoyos las veces que ha
tenido ganas de ir, meterse y pisar nomás. Hasta allí, hasta el pie del cerro
San Bernardo, en el barrio El Mirador, el doctor, que ahora maneja la camioneta
gris con una niña de ocho años a su lado, ha prometido ir, aunque luego desvíe
el rodado y lo meta de trompa en el garaje de la habitación 23 del hotel Las
Palmeras, un albergue transitorio en el barrio La Cerámica, en la zona sur de la
ciudad de Salta.

Envuelto en el ambiente porno-kitsch de una habitación a la que se entra
directamente desde la ruta (los sensores de la entrada detectan la llegada de un
vehículo, pero nunca nadie ve la cara de sus ocupantes), el doctor llenó el
jacuzzi y se sumergió. Afuera, la niña empezaba a llorar. El doctor, que era
también el patrón, metió a la niña dentro del cuarto en cuyas paredes alguien
que lo creyó sensual, dibujó hombres y mujeres desnudos teniendo sexo. Según
relató la madre ante el juez de instrucción Luis Agüero Molina, la niña fue
obligada por Hoyos a introducirse con él en el jacuzzi. Dos horas y media
después de haberla visto partir en la camioneta de su patrón, Valentina se
reencontró con su hija en la seccional policial de Villa Lavalle, luego de que
los empleados de Las Palmeras, alertados por el llanto, interceptaran a Hoyos
cuando intentaba dejar el hotel con la niña moqueando su terror bajo el asiento
delantero. La niña, en estado de shock y con el pelo húmedo, apretaba en su puño
una moneda de un peso.
Radiografia de "el patron". Eulalia y Mirtha Ajaya, madre e hija, son
extremadamente pobres. Las dos han vivido bajo el mandato de los Hoyos, para
quienes han trabajo buena parte de sus vidas. Eulalia confiesa que fue violada
por un tío del doctor (véase nota aparte) y Mirtha, de 47 años, sufrió a la
madre de Don Tito primero, y a Don Tito después. "Angela, la madre de Hoyos, que
en paz descanse, me llamaba 'la peladita' y me castigaba por cualquier cosa.
Hasta que una vez el hijo, este mismo que ahora está preso, fue el que me
aleccionó: me colgó de los pies con una soga. Yo, que tenía 12 o 13 años, quedé
colgando del techo, boca abajo, no recuerdo bien en qué habitación de la finca.
Cuando me tuvo, me fajó con el rebenque hasta desmayarme, pero esa fue la única
vez que me pegó. Yo lo quiero al Tito, después de todo él me enseñó a leer",
dice Mirtha, sentada en su casa de material del barrio El Progreso, en el
conurbano salteño.

Sandra del Valle Rodríguez no vive muy lejos de la casa de Mirtha, aunque no se
conocen ni es probable que vayan a conocerse. Cuando Sandra vio a Hoyos en los
medios acusado por abuso de un menor le pareció que había pasado el tiempo
suficiente y se presentó en la comisaría octava del barrio Santa Lucía para
hacer una denuncia. "Hoyos me violó en 1988, cuando yo tenía 12 años y trabajaba
para él en su estudio jurídico de la galería Mitre, en el centro de Salta.
Después me dijo que si abría la boca me iba a hacer desaparecer en un pozo de
cal. Durante estos 15 años mi vida fue un infierno, tengo la manía de cerrar las
ventanas con doble traba, ponerle pasador a la puerta, no salir a la calle y, si
salgo, volver rapidito. Yo sé que la mujer por naturaleza es cobarde, pero mi
marido, que se enteró ahora de todo, me dijo que no podía dejársela pasar".
Sandra habla asomando, apenas, su cara por la puerta entornada. Su marido, un
profesor de Biología de 35 años, no está. Y entonces es mejor no despabilar
demasiado la casa.

VOZ DE MANDO. Simón Agustín Hoyos tiene 54 años. Está divorciado de una mujer
sin vida pública, de nombre Adela, asmática y profesora de danzas. Su hijos son
Nicolás, que es una promesa de la guitarra clásica, y Sebastián, que es
baterista y vive en Buenos Aires. Además, tiene dos hijas. Hoyos, el doctor,
casi no ha ejercido la abogacía y se ha dedicado a los negocios sin rumbo fijo:
la finca tabacalera San Clemente, en la localidad de Cerrillos, a poco menos de
20 kilómetros al sur de Salta, propiedad de su padre, productora de unos 150 mil
kilos de tabaco en fardo al año; los yacimientos de cal de La Merced; un hotel
en Tartagal; y una casa de comidas para llevar en el centro de la ciudad.
"Siempre fue negrero, mal pagador, pichulero y regateaba hasta las moneditas.
Para cobrarle era un suplicio y sólo lo conseguíamos cuando lo amenazábamos con
acciones judiciales", dice Néstor Díaz, quien se presenta como contador de Hoyos
desde 1996.

La lógica de Hoyos es feudal y está más cerca del amo que del empleador. En su
finca podría rodarse cualquier telenovela brasileña con necesidades de ambientar
una plantación del siglo XVII, donde el patrón es el patrón, las chinas son las
chinas y acá nadie jode porque al que jode un rebencazo le acalora el lomo. La
explotación infantil, por ejemplo, es un hecho diario. Las hermanitas Correa, de
11 y 14 años, están felices porque ya son grandes y pueden hacer otras cosas, no
como los de 6 o 7 años, que sólo los dejan trabajar en la máquina encañadora y
no pueden pasar del peso veinte la hora. "Aquí trabajan todos mi nietos. A los
seis años ya están listos para encañar, y Simón padre, el Tata, los contrata
para que vayan aprendiendo de guachitos",
dice Don Morales, padre de doce hijos,
un número de nietos que ha olvidado y capataz de la finca San Clemente desde
hace 15 años.

LA ARGENTINA PROFUNDA.
Es viernes y hoy hay corso en la calle Orán. La población
de travestis en Salta es por lo menos copiosa y Los caballeros de la noche, la
murga de travestis salteños, esperan copar el carnaval de una ciudad donde
conviven un sólido círculo de familias de alcurnia con apellidos de
cuatrocientos años y una población colla concentrada en lo que podríamos llamar
"lo regional". De todas formas, con respecto al caso Hoyos, no hay las fisuras
que sí genera el Caso Guillermo Capellán, un concejal del P.J. local, astrólogo,
acusado de violar a un adolescente de 15 años. Es altamente improbable que
Hoyos, a quien el juez obligó a llevar chaleco antibalas durante los traslados
entre comisarías y juzgados, pueda superar la condena social.

Hay un aspecto que aún permanece confuso: la verdadera relación (o el verdadero
dominio) que Hoyos tenía (o que Hoyos ejercía) sobre Valentina y sus seis hijas.
"Desde hace diez años, el señor ese viene a esta casa día por medio. Estaciona
su camioneta gris aquí afuera y se queda horas y horas. Entra sin golpear las
manos, como quien manda en su propia casa, y sale con una o dos nenas, después
vuelve, después se va
", dice Benincia García, vecina de medianera a medianera
con la casa de la nena atacada. Benicia agrega: "Una vez, para el cumpleaños de
quince de una de ellas, vino cuando la mamá no estaba. Las chicas adentro
lloraban porque no lo querían dejar pasar. El insistió, pero las nenas no
querían. Yo hice de intermediaria y el tipo se terminó yendo. Creo que venía a
traer unas empanadas para la fiesta"
. Valentina, la madre, era su empleada
doméstica en su casa particular, sobre Leguizamón al 700, un edificio de tres
pisos que respeta el trazo colonial y el balcón tradicional de las calles
salteñas. Una de las hijas manejaba la computadora en su pastelería y casa de
comidas, y las otras trabajaban en la finca. Para una familia sin padre ni
recursos, la dependencia era peligrosamente absoluta.

ULTIMAS IMAGENES DE LA CAUSA. Según confirmó Santiago Pedroza, abogado de la
familia de Valentina y también de Sandra Rodríguez, la madre recibió un llamada
telefónica de parte de Hoyos quien, desde su calabozo, le decía: "Si hablás, te
hago aca (m…) a vos y a tu familia"
. Del expediente, que está caratulado como
"abuso sexual de menor", ya forman parte los estimuladores sexuales, las
revistas pornográficas, los profilácticos, la tarjeta vip del hotel Las Palmeras
y las fotos de niñas desnudas que fueron hallados en la caja fuerte del estudio
Hoyos durante los primeros allanamientos, como también su primera coartada: un
dolor de oídos que lo obligó a buscar un jacuzzi que lo calmara. En fin.
La familia de Hoyos ya habría dejado la ciudad de Salta y después de tres
intentos y dos renuncias (el doctor Arancibia primero, y la doctora Ana Moya
después), por fin ahora el doctor logró contratar abogado, Carlos Cuéllar, que
aún se encuentra estudiando la estrategia de la defensa.

Espera, el doctor, revertir lo que ya nadie en Salta cree reversible. El patrón,
dueño de las cosas y muchas veces dueño de las vidas, ha querido hablar con su
hermana, la Pocha, y también con Don Simón el viejo, su Tata. No ha podido.

Amanece.

Y el doctor ha empezado a dejar de ser quien era.

por Alejandro Seselovsky
fotos: Julio Ruiz
(enviados especiales a Salta)
Agradecemos a: Diario El Tribuno y Alejandra Cisneros de Francisco Mosquera

Este es Simón Hoyos, a quien el juez ordenó llevar chaleco antibalas en cada traslado del juzgado a la comisaría. La condena social es inapelable y el temor a un linchamiento crece día tras día.

Este es Simón Hoyos, a quien el juez ordenó llevar chaleco antibalas en cada traslado del juzgado a la comisaría. La condena social es inapelable y el temor a un linchamiento crece día tras día.

Hoyos es trasladado a la Comisaría 1a de  Salta. Se le permitió una llamada y la utilizó, según Valentina, para amenazarla:

Hoyos es trasladado a la Comisaría 1a de Salta. Se le permitió una llamada y la utilizó, según Valentina, para amenazarla: "Si hablás, te hago aca (m…) a vos y a tu familia", le dijo por teléfono.

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