«Un país sin educación genera delito, olvida a los niños y abandona a los viejos» – GENTE Online
 

"Un país sin educación genera delito, olvida a los niños y abandona a los viejos"

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El diploma dice que se le otorga la distinción Ave María a Silvia Cano (40)
"como docente rural destacada". Es mucho, pero es poco. Mucho, porque en
adelante, Silvia Cano la llevará en su corazón, más que como premio, como
compromiso de lucha.
Poco, porque no habla de todo lo demás.

No dice, por ejemplo, que la escuela, su escuela, la Tomás Guido del pequeño
pueblo mendocino de Real del Padre, en el departamento de San Rafael, está al
final de un enjambre de senderos de tierra. Tampoco que sus 132 alumnos llegan
cada día en sus mínimas bicicletas. Cada día, con sus caras buriladas por el sol
o por los quince grados bajo cero de los inviernos, con sus zapatillas
deshilachadas, con sus pequeñas grandes armas: cuadernos, lápices, uno que otro
libro. Y tampoco que cuando uno de ellos anuncia, victorioso, "Señorita, aprendí
a leer"
, se ha encendido una luz "en la noche de ignorancia", como se canta en
el himno a Sarmiento.

Vocabulario, abecedario, pizarrón, acaso un ajado mapa de la Argentina, sí. Pero
también almuerzo y merienda, porque…

-¿Por qué, Silvia?
-Porque si esa noche no tienen nada para comer, esas raciones nos aseguran que
igual pueden rendir.

-¿Qué es el proyecto Mamá me ayuda a aprender?
-Lo digo con modestia: una idea mía que nació a partir de la experiencia que
recogí el año pasado en un seminario de maestros rurales de todo el país.
Misiones Rurales Argentinas nos pidió un proyecto de promoción humana, y así
nació este programa.

-¿Cuál es la clave?
-Enseñarles a las madres… a enseñar a sus hijos. Un camino directo.

-¿Cómo lo puso en marcha?
-Abrí un registro de madres con problemas de aprendizaje y las invité a
participar, un día por semana y durante dos horas de capacitación intensiva, en
esta cruzada. Si un chico no entendía lo impartido en clase, su madre continuaba
la enseñanza en su casa. Pero…

-Pero surgieron escollos, supongo.
-Por supuesto. A poco de empezar me di cuenta de que muchas de las mamás eran
analfabetas, de modo que les enseñé a leer, a escribir, a sumar, a multiplicar,
etcétera.

-¿Cómo respondieron?
-Estaban ansiosas por saber, por ser escuchadas, y por escuchar, de modo que
también les hablé de los valores, de las cosas esenciales para la vida: el
diálogo en familia, el rechazo a la violencia…, y hasta la importancia de
contarle un cuento a sus hijos a la hora de dormir. Les di contención.

-Nada menos…
-Y más, porque también empezaron a aprender costura.

-Quiso formar maestras, y terminó teniendo alumnas…
-Algo así. Pero hoy, como si los panes y los peces se hubieran multiplicado,
participan en los actos, refuerzan la educación familiar, reparten pastelitos,
se visten de personajes de época, y no falta alguna que quiere ser abanderada.

-La vida empezó a girar en torno de la escuela…
-La vida, sí. La buena vida. En este pueblo no hay clubes, no hay cines, no hay
teatros. Sólo una placita, y todavía sin pelotero, que recién llegará esta
semana, porque aquí todo sucede muy lentamente.

-¿Cuándo empezó a morderla esta vocación, Silvia?
-Estudiaba Análisis de sistemas, pero mi vocación es el contacto con los seres
humanos, no con las máquinas y las planillas. Y aquí estoy…

-¿Qué es educar, exactamente?
-Moldear, construir el alma de los niños. En menos palabras, amar.

-¿Y lo contrario?
-El mal. Un pueblo, como un país, sin educación genera delito, olvida a los
niños y a los jóvenes, y abandona a los viejos.

-¿Adónde pone el acento?
-En desarrollar el sentido crítico de los niños. Por ejemplo, no puedo impedir
que vean televisión, pero puedo pedirles que opinen sobre lo que ven y que
reflexionen sobre lo bueno y lo malo.

-¿Qué meta quiere para ellos?
-La que elijan. Hay algo maravilloso: no se avergüenzan de sus papás, y muchas
veces quieren ser como ellos. Entonces, les digo: "Muy bien. Si van a ser
tractoristas, obreros, albañiles, podadores, sean los mejores en su oficio"
. Es
decir: que respeten su origen, pero que desdeñen la chatura, la mediocridad. Que
construyan su vida en lugar de dejarse arrastrar por las circunstancias.

Ya en la despedida, voces de madres y maestras nos envuelven: "Por favor, ponga
que necesitamos una máquina de coser nueva… ¡y un equipo de música para los
actos! ¡Y que sólo tenemos un viejo grabador!".

Los chicos agitan las manos:

-¡Adiós! Ponga que necesitamos ropa y zapatillas…

Se apagan las luces de la escuela.
Sin embargo, algo sigue brillando.
Es un afiche que escribió Silvia Cano.
Dice: "Si me toleran, aprendo a tolerar. Si me quieren, aprendo a querer. Si me
tratan con equidad, aprendo a ser justo".

Sigue brillando en un aula modesta de una escuela pobre que está al final de un
enjambre de calles de tierra.
Ni con luces de neón diría tanto.

En este pueblo no hay clubes, no hay cines, no hay teatros. Sólo una placita, y todavía sin pelotero", dice, rodeada de algunos de sus alumnos, Silvia Cano: la mujer que acaba de poner de moda la educación en el apartado pueblito de Real del Padre.">

"En este pueblo no hay clubes, no hay cines, no hay teatros. Sólo una placita, y todavía sin pelotero", dice, rodeada de algunos de sus alumnos, Silvia Cano: la mujer que acaba de poner de moda la educación en el apartado pueblito de Real del Padre.

Los chicos llegan en bicicleta. Sus madres, a pie. A poco de empezar, me di cuenta de que además de enseñarles a los hijos, debía enseñarles a las mamás", cuenta Silvia.">

Los chicos llegan en bicicleta. Sus madres, a pie. "A poco de empezar, me di cuenta de que además de enseñarles a los hijos, debía enseñarles a las mamás", cuenta Silvia.

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