Un cine en el fin del mundo – GENTE Online
 

Un cine en el fin del mundo

La escena sucede en un rincón remoto del planeta, a orillas del continente
blanco. Cinco orientales atraviesan la caleta Potter a bordo de un gomón negro.
Navegan bajo bandera coreana. El agua está cubierta por rocas de hielo. Son
desprendimientos de un glaciar vecino, asegura un meteorólogo jujeño. La
embarcación sortea las miniaturas de iceberg sin mayores inconvenientes. Es un
Zodiac negro de dos motores, diseño del mismísimo Jacques Cousteau. "Un caño",
definen los buzos de Base Jubany. Se produce ahora el desembarco. El capitán
Jorge Pavón improvisa un comité de bienvenida. No viste galas pero exacerba su
impronta de marino. Ofrece una mano a los visitantes y balbucea algunas palabras
en un inglés primitivo: "Jelou", "Güelcom", "Jauaryú". El
jefe de la tripulación coreana responde con una reverencia y masculla una suerte
de presentación en un idioma indescifrable para cualquier occidental. El diálogo
pronto se vuelve imposible. Otro coreano algo más joven irrumpe en el cuadro.
Jura que domina el español. Aunque se achica ante la primera batería de
preguntas. "Sólo hablo poquititou", aclara. Pide un minuto para ordenar
sus pensamientos y pronto ensaya una nueva presentación: "Somos científicos
de base Kin Seijong. Leímos Internet, sitio de diario de Corea, que argentinos
abrían primer cine en Antártida. Puf, increíble… Momento histórico. Queremos ver
película. ¿Entradas?
", resume con una cadencia exquisita. El capitán Pavón y
su tropa sonríen aliviados: los coreanos vienen en son de paz. Ahora posan para
la foto e intercambian parches con los colores patrios. Durante la breve
caminata hacia la Sala Bicentenario, el coreano bilingüe completa su exposición.
Dice que son vecinos, que ocupan una de las seis bases científicas
internacionales que hay en esta isla 25 de Mayo y que navegaron ocho kilómetros
para ir al cine. "¿Qué película dan hoy?", pregunta ya en confianza.
Jorge Coscia, el presidente del Instituto Nacional de Cine y Artes
Audiovisuales, recita de memoria el programa inaugural: "Hoy proyectamos
Luna de Avellaneda", dice. "Avellaneda's Moon", se corrige de inmediato.
El oriental lo observa extrañado. No pide explicaciones. Recién en la puerta de
la primera sala antártica se vuelve hacia sus flamantes amigos argentinos y,
mientras recrea el movimiento de un limpiaparabrisas con su dedo índice derecho,
pregunta:

-No money, ¿no?

La era del hielo. Base Jubany es un mojón argentino en el extremo sur
del mundo, dedicado exclusivamente a la exploración científica. Está ubicado en
la isla 25 de Mayo, sobre el margen oeste de la península antártica. Su posición
exacta es 62° 14' S 58° 40' W, a exactos mil kilómetros de la ciudad de Ushuaia
y 48 horas de navegación marítima a través del peligroso estrecho de Drake. Se
trata de un puñado de casas naranjas a orillas de la caleta Potter, frente al
imponente glaciar Farcade. Su población hoy está compuesta por una dotación de
quince marinos y un científico. El contacto con el resto del mundo se realiza a
través de un complejo sistema de radio e Internet de banda extremadamente
angosta. No hay televisión ni señal para teléfonos celulares, por supuesto. Su
sistema de aprovisionamiento es por medio de distintas embarcaciones. El acopio
de alimentos es abundante aunque la verdura escasea en invierno, cuando la
caleta se congela y no permite el paso de los buques. Las autoridades del INCAA
y esta comisión de periodistas son las últimas visitas que recibirán los
habitantes de Jubany hasta septiembre próximo.

Cinema paradiso. La elección de la Base Jubany como sede del primer
cine antártico no es casual ni antojadiza. Explica Jorge Coscia, presidente del
INCAA: "Llegamos a Jubany a través de un convenio con la Dirección Nacional
del Antártico. Nos pareció el mejor destino para la primera sala de la Antártida
porque está ubicada en una isla minada de bases: en muy pocos metros cuadrados
conviven diversas visiones culturales. Así, además de darle cine a la dotación
de Jubany, podemos exhibir nuestras películas frente a los ojos de otras razas.
La presencia de los coreanos en la primera proyección es un ejemplo contundente…
Nuestro cine merece llegar a todos lados. El Instituto de Cine tiene una serie
de salas dedicadas a la difusión del cine argentino en el mundo: Roma, París,
Madrid, Nueva York, Asunción, Washington… Los llamamos Espacios INCAA y los
identificamos por la distancia a nuestra sala principal, que es el cine Gaumont.
En el caso de la sala Antártica bautizamos al cine Sala del Bicentenario por el
próximo aniversario patrio. Y en lugar de su distancia al Gaumont le adjuntamos
Latitud 90º, que describe su ubicación mejor que el kilometraje
".

Pantalla del mundo nuevo. La Sala Bicentenario fue montada en
un viejo galpón antártico, a cincuenta metros del salón principal de Jubany.
Cuenta con 53 butacas, sonido cuadrafónico y un sistema de tecnología digital
que refleja DVD con la misma fidelidad que el celuloide. Pronto tendrá un baño
contiguo, dicen. Su construcción fue posible a través de una donación de
privados: empresas productoras y cinéfilos. Luego de su inauguración, cuenta con
una completa videoteca que incluye los títulos recientes del cine argentino y
también algunas películas históricas de Niní Marshal, Hugo del Carril y Luis
Sandrini. El capitán Jorge Pavón, en su condición de jefe de la base, ya
programó dos funciones semanales. "Para no entregarnos al cine como rutina.
Incluso en la Antártida, ir al cine tiene que seguir siendo un programa
", se
defiende. Como todo cine que se precie, la Sala Bicentenario cuenta también con
un pochoclero. Entre funciones, el fueguino Marcelo González es el responsable
del mantenimiento de Jubany. "Hago de todo: trabajos de carpintería,
plomería… ¡Y ahora pochoclo!
", insiste.

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La pantalla funde en negro. Se suceden ahora los títulos. La primera
proyección antártica es un éxito. "Y a sala llena", destacan los hombres
del INCAA. El jefe de la delegación coreana aplaude emocionado. "Good, good",
insiste. Quienes están sentados a su lado juran que tiene los ojos llenos de
lágrimas. Ahora se vuelve hacia el director Juan Campanella y lo aprieta en un
abrazo. Traductor mediante, le expresa su agradecimiento: "Lo felicito. Estoy
conmocionado. Su película me hizo acordar a mi patria, mi Corea…
", dice. Por
disponibilidad de satélite se sucede ahora el acto inaugural, televisado a otros
continentes más cálidos. Frente a cámaras, Campanella hace memoria y balance de
esta aventura antártica: "Vinimos a traer una película y fuimos protagonistas
de nuestra propia película. La travesía del Drake, el desembarco en la Antártida,
el acto inaugural con bandera e himno incluidos, el celeste milenario del
glaciar, la llegada de los coreanos… Y la emoción de todos después de la
proyección. Me quedo con hambre de investigar la vida de los que viven en la
Antártida. Esta isla reúne muchas bases, es como un mundo en chiquito. Y el
único cine es argentino…
", dice. Los coreanos ahora vuelven al mar. Antes de
abordar el Zodiac, el jefe oriental promete volver. Y dispara la última
pregunta: "¿Qué dan la semana que viene?".

por Jorge Martínez Carricart
fotos: Matías Campaya (Enviados especiales a Base Jubany, Antártida Argentina)

Tres habitantes de Base Jubany posan junto al cartel que anuncia la inminente apertura del cine más austral del mundo. La Sala Bicentenario ya es realidad. El cine va a ser nuestro refugio durante la próxima invernada", aseguran.">

Tres habitantes de Base Jubany posan junto al cartel que anuncia la inminente apertura del cine más austral del mundo. La Sala Bicentenario ya es realidad. "El cine va a ser nuestro refugio durante la próxima invernada", aseguran.

La comitiva del INCAA llegó a la Base Jubany luego de 48 horas de navegación a través del peligroso estrecho Drake. Las costas de la Base Jubany estaban invadidas por rocas de hielo desprendidas de un glaciar vecino. El desembarco sólo fue posible luego del trabajo de los buzos de la Armada Argentina.

La comitiva del INCAA llegó a la Base Jubany luego de 48 horas de navegación a través del peligroso estrecho Drake. Las costas de la Base Jubany estaban invadidas por rocas de hielo desprendidas de un glaciar vecino. El desembarco sólo fue posible luego del trabajo de los buzos de la Armada Argentina.

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