“Trabajar con Juan Pablo II fue conocer a un santo” – GENTE Online
 

“Trabajar con Juan Pablo II fue conocer a un santo”

Nacido Karol Wojtyla el 18 de mayo de 1920 en Polonia y muerto en Roma el 2 de abril de 2005, Juan Pablo II no sólo fue el Papa más amado de la historia: también el más viajero y el más mediático. La mayor parte de los 27 años de su papado –audiencias, bendiciones, viajes, momentos íntimos– fueron registrados con devoción profesional y religiosa por el fotógrafo italiano Arturo Mari (64): tal vez el hombre que más sabe del Papa y su extraordinaria vida. Mari, cuyo único hijo es sacerdote y fue ordenado por Benedicto XVI, estuvo un día en Buenos Aires y relató sus experiencias ante alumnos de la Universidad Católica, en Puerto Madero. Sus primeras palabras fueron definitorias: “Juan Pablo II es un santo. No sólo por lo que decía, sino por lo que le vi hacer”, confiesa ante GENTE.

–¿Cómo llegó a ser fotógrafo del Vaticano?
–Estaba escrito en mi historia familiar. Mi padre trabajaba como empleado en la Basílica de San Pedro, lo mismo que mi abuelo. A mí me apasionaba la fotografía, mi padre se lo dijo al director del diario L’Osservatore Romano y él me convocó el 9 de marzo de 1953. Entré al diario a los trece años, y no salí más...

–¿A qué Papas fotografió?
–Empecé con Pío XII y seguí con Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y el actual, Benedicto XVI.

–¿Cómo era un día de trabajo junto a Juan Pablo II?
–Empezaba a las seis y cuarto de la mañana y no paraba hasta la noche. Era un hombre de una fortaleza y una capacidad de trabajo impresionantes: audiencias, giras, estudio y redacción de documentos, etcétera. Y yo con él, siempre: no falté un solo día…

–¿Cuál fue el momento que más lo conmovió?
–Su muerte. Tuve el gran honor de hablar con él a sólo seis horas de su final. El me llamó…

–¿Qué le dijo?
–“Arturo, gracias”. Ese momento ilumina todo lo que hice en mi vida. Pero hubo muchos hechos extraordinarios.

–Dígame…
–En un viaje a Japón pidió ir a un leprosario. A último momento le suspendieron la visita, pero quiso ir igual. No sé cuántas personas saben cómo es un leproso y en qué condiciones viven… Cuando llegó, los enfermos salieron a recibirlo. Juan Pablo besó la tierra del leprosario, y después… ¡abrazó y besó a cada uno de los ochocientos leprosos! Así era él…

–¿Qué recuerda del 13 de mayo de 1981, el día del atentado contra su vida?
–Fue un hecho terrible. Jamás pensamos que podía ocurrir algo semejante. Pero Juan Pablo, al perdonar a Alí Agca, su agresor, transformó el horror en belleza. La belleza del perdón…

–¿Cómo fue la conversión de Raisa, la mujer –ya fallecida– de Mijail Gorbachov, el ex premier soviético?
–Ella y su marido llegaron al Vaticano en una visita oficial. Era muy bonita… Cuando se iban, el Papa le regaló a Raisa un rosario, y tiempo después Gorbachov, que no era creyente, llamó a Juan Pablo para pedirle que rezara por su esposa, que estaba enferma. Raisa murió, Gorbachov volvió al Vaticano con su hija, también llamada Raisa, y al despedirse, la chica le dijo que desde el primer día en que su madre lo conoció, le cambió la vida. Que su madre nunca dejó de rezar el rosario, y que ella hacía lo mismo. Las dos habían abrazado el credo…

–¿Hubo otra conversión que lo conmovió?
–Sí. Me impresionó mucho la de Sandro Pertini, el ex presidente italiano, que no era creyente pero se hizo muy amigo del Papa. Un día partimos del Vaticano con Juan Pablo en helicóptero. Yo no sabía adónde íbamos. Llegamos a la casa de vacaciones de Pertini, que le dijo al Papa: “Mi madre debe estar muy contenta en el cielo, porque esta noche quiero confesarme”.

–¿Qué diferencias hay en el estilo de Juan Pablo y el de Benedicto?
–Son muy diferentes. Juan Pablo comenzó su papado a los 58 años, y Benedicto a los 78… El nuevo Papa se encontró con un mundo que Juan Pablo había agrandado mucho. Pero es muy capaz, muy trabajador, y de a poco supo acercarse a la gente y a los niños. Creo que el mundo empieza a reconocer su valor.

–¿Alguna vez tuvo limitaciones o censura en su trabajo?
–Jamás tuve una prohibición. Desde luego, respeté los tiempos, los lugares y las circunstancias, pero mi cámara no supo de restricciones.

–¿Cómo vivió los últimos días de Juan Pablo II?
–El Santo Padre supo sufrir, amar ese dolor, y donarlo como ofrenda a Dios. Cuando murió, lloré. Pero su muerte llevó paz a mi corazón, y lo siento cada día más cerca. Tuve la suerte de estar cerca de varios Papas. Pero Juan Pablo me permitió la maravilla de convivir con un santo. Porque eso era: un santo.

–¿Quién es hoy el fotógrafo del Papa?
–Sigo trabajando con Benedicto, pero no como antes, y quiero dejarlo poco a poco, con inteligencia y buen sentido: no puedo desaparecer de golpe después de medio siglo en el Vaticano. Estoy formando a dos personas, y el lugar que deje libre lo ocupará mi sobrino.

Año 2000. Juan Pablo II en Suiza, sobre un impresionante manto de nieve. En su juventud fue esquiador y amaba las montañas.

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El Papa polaco, igual que su admirada Teresa de Calcuta, sentía un gran amor por los chicos y dedicó gran parte de su papado a cuidarlos.

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Descanso y reflexión en las montañas de Austria, uno de sus lugares preferidos.

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