«Todavía me pregunto por qué me salvé yo y no algunos de mis amigos» – GENTE Online
 

"Todavía me pregunto por qué me salvé yo y no algunos de mis amigos"

La última vez que vi a Fernando Parrado fue hace treinta años, cuando partimos uno de los billetes de diez dólares que él perdió en el accidente y que yo encontré me
ses después, junto con sus documentos, enterrado en la nieve. Para entonces había recobrado casi del todo su normal figura humana, porque el 22 de diciembre de 1972, al bajar de la cordillera, su largo metro ochenta y pico y su cuerpo de rugbier habían llegado a su mínima expresión: era un náufrago macilento, barbudo y torturado por el sol y la nieve. Quiso el azar (o acaso estaba escrito…) que el lunes 11 de noviembre, a las ocho y media de la noche, volviéramos a encontrarnos en una suite del hotel Claridge de Buenos Aires. El largo abrazo que nos dimos confirmó dos cosas: que el afecto nacido en Chile después de aquello sigue incólume, y que nuestros cuerpos, en tres décadas, han ganado apreciables kilos. En adelante, él y yo hablaremos de aquello (no mucho), y de algunas otras cosas…


-¿Qué hacés en Buenos Aires, Fernando?

-Hace doce años, mi vida cambió de golpe y sin que yo me lo propusiera. Un amigo me invitó a dar una conferencia en México sobre mi experiencia en Los Andes, y me encontré con un auditorio de… ¡mil doscientos empresarios de los cinco continentes!

-No fue un mal debut…

-Y después de eso, la historia empezó a crecer como una bola de nieve. Me invitaron empresas de Los Angeles, Nueva York, Chicago, Denver, Milán, Estambul, Bangkok…

-¿Qué esperan de vos?

-Me consideran un speaker motivacional, un líder, y usan mi experiencia en una situación límite para aplicarla a empresas que atraviesan situaciones difíciles.

-¿Temas?

-Básicamente, cómo sobrevivir a partir del manejo de crisis, liderazgo y trabajo en equipo. De pronto me vi viajando por todo el mundo, conociendo otras costumbres y culturas, y tratado como un héroe.

-¿Lo imaginaste alguna vez?

-Nunca. No lo inventé ni me ofrecí: me buscaron.


-¿Fue un desafío?

-En realidad, no quiero más desafíos. Tuve demasiados. Pero esto me permitió aprender, y crecer como empresario. (Nota: Fernando Parrado, en el Uruguay, es hoy un importante productor de televisión, y tiene seis programas en el aire). Y acá estoy, ya ves… Mi vida es como un puzzle: se va armando pedacito a pedacito.

-¿Los empresarios te hacen muchas preguntas sobre el drama de Los Andes?

-Vos sabés que no soy un nostálgico de aquello, Alfredo. Y además, los empresarios saben que no soy un narrador, un cuentista. En realidad, quieren aprender a tomar decisiones rápidas en situaciones límite.

-Una materia que dominás absolutamente.

-Ya lo creo… Desde aquello, no hay decisión que me lleve más de treinta segundos. Porque allá arriba, pensar más de un minuto podía significar la muerte. Vos estuviste allá arriba. Vos sabés…


-Sí. En mucha menor medida que vos, claro. Pero es cierto. Es un no lugar. No hay norte ni sur ni este ni oeste.

-Y el silencio. ¿Te acordás del silencio? A veces me pregunto qué habría sido de mi vida si no hubiera tomado ese avión, sin el accidente…

-¿Cuál es la respuesta?

-Trabajaría en la empresa de mi familia, una ferretería industrial que fundó mi padre, me hubiera casado con la vecinita del barrio, etcétera. Pero no fue, y no puedo sacarme este sello que llevo en la espalda. Nunca lo uso, pero lo asumo y no lo niego.


-A solas, ¿qué preguntas te hacés todavía? 

-Preguntas que no tienen respuesta. Por ejemplo, ¿por qué me salvé yo y no algunos de mis amigos, que eran tipos fantásticos, espectaculares, mejores que yo? ¿Por qué?

-Pero el accidente te cobró un precio muy alto, Fernando. Perdiste a Zenia, tu madre, y a Susana, tu hermana. Y cruzaste Los Andes a pie cuando estabas casi al borde de la muerte.

-Sí, es cierto. En realidad, nunca podré encontrar una respuesta para esas preguntas. Con el diario del lunes en la mano, todos sabemos que número salió en la lotería. Pero allá arriba no vendían el diario del lunes…

-Allá arriba casi me muero deshidratado, y eso que fui con todo lo que a ustedes les faltó.

-Claro. Porque a esa altura, según los grandes alpinistas, te deshidratás cinco veces más rápido. Nosotros teníamos mucha agua, muchísima. ¡Pero congelada!


-¿Qué fue de tu vida después?

-Me casé hace veintidós años.


-¿Quién es ella?

-Veronique. Una uruguaya de familia belga que se fue a estudiar a Bélgica y que conocí en París. Fue una historia maravillosa. Un flechazo inmediato. La vi… ¡y me morí! Desde ese día y hasta hoy, jamás nos separamos. Viajé enseguida a Bélgica, conocí a su familia, un año después nos casamos, y tenemos dos hijas: Verónica y María Cecilia. Verónica tiene diecisiete años, y María Cecilia, veinte.


-¿Cómo conocieron tus hijas la historia de Los Andes?

-En casa nunca hablamos del tema. Pasó. Ya fue. Las chicas se enteraron, en el colegio y por sus amigas, antes que yo se lo dijera. Por supuesto, leyeron el libro y vieron las películas.

-¿Cómo reaccionaron?

-Esa es la gran pregunta. Ellas perciben algo muy cierto: que lo más importante que hice en mi vida, mi mayor regalo, fue poder darles la vida. Comparado con eso, nada, nada, nada tiene importancia: ni los negocios, ni los viajes, ni el éxito ni el dinero.


-Quizá tus dos hijas compensan a las dos mujeres que perdiste allá arriba…

-Nunca lo pensé, pero es posible…

(Entra Veronique y lo abraza).


-Veronique, ¿cómo es Fernando, el Fernando cotidiano?

-Inquieto. No para. No paró un minuto desde que lo conozco.


-¿Lo admirás?

-Admiro su humildad. Porque alguien que hace cosas extraordinarias es un héroe, y él las hizo, y lo es. Pero sin embargo se considera sólo una persona común, normal, como cualquiera.

-¿Es así, Fernando?

-Por supuesto. A veces me pregunto: ¿quién soy yo, a quién le interesa lo que pueda decir, qué credenciales tengo?

-Si no hubieran sido amigos, del mismo colegio, deportistas y muy religiosos, ¿se habrían salvado? ¿El sentido de pertenencia influyó?

-Absolutamente. Te aseguro que si hubieran sido dieciséis personas desconocidas entre sí, de distintas culturas y de distintas religiones, se morían en dos días.

-Entre otras cosas, tal vez por falta de líder, o por la competencia para ser el líder, supongo. 

-Es posible. También me pregunto, algunas noches, por qué fui el líder, si ni siquiera era el mejor de ellos. Miro hacia atrás, me analizo, y descubro que había otros más capacitados que yo. Además, nadie me eligió líder. Fueron las circunstancias, poco a poco, paso a paso….


-¿Después de Los Andes corriste algún peligro serio?

-No. Una que otra piña en motocross, pero nada más.


-¿Qué pasó cuando volviste a viajar en avión?

-Algún trauma te queda. Al principio me sudaban las manos y me pasaba todo el viaje en la cabina, con los pilotos. Pero más tarde aprendí pilotaje, volé aviones chicos, y al comprender cómo funcionaba la cosa, perdí el temor por completo. Ahora, incluso, viajo siempre del lado de la ventanilla, y no paro de mirar.


-La máquina humana puede superarlo todo…

-Tanto, que en Colorado, en una reunión con los más grandes alpinistas del mundo -tipos que tienen su nombre grabado en la cara norte del Everest-, a Roberto Canessa y a mí nos dijeron: "Lo que ustedes hicieron es sobrehumano. Porque nosotros escalamos quemando grasa, músculos y calorías después de un año de entrenamiento, y ustedes lograron lo mismo después de dos meses de inanición. Aunque no lo crean, se convirtieron en los alpinistas más grandes de la historia…".

-¿Tu última conclusión, Fernando?

-Que las reglas de juego cambian en veinticuatro horas. Un día, yo estaba en mi confortable cuarto de Montevideo estudiando Matemáticas, y al otro día era un animal perdido en un glaciar.


-¿Moraleja? 

-Que siempre, por bien que vaya todo, hay que estar preparado para sobrevivir. Como las cucarachas…


-Chau, Fernando. Hasta la próxima.

-Alfredo…


-Sí, decime.

-¿Alguna vez pensaste que si Roberto y yo no hubiéramos llegado al valle, esta historia no existiría? Imaginate. Moríamos todos, un año después encontraban nuestros cadáveres, y nadie habría conocido nuestra lucha de setenta días. Nadie.

Parrado el 23 de diciembre de 1972, en Chile, recién rescatado tras 72 días de penurias, y hoy, en Buenos Aires, junto a Veronique, su mujer desde hace 22 años.

Parrado el 23 de diciembre de 1972, en Chile, recién rescatado tras 72 días de penurias, y hoy, en Buenos Aires, junto a Veronique, su mujer desde hace 22 años.

Tras dos meses de soledad, sin que ya nadie los buscara y al borde de la inanición, Parrado y Canessa emprendieron la última expedición, escalaron una montaña, llegaron a un valle y encontraron a un arriero que dio aviso. ¡Salvados!

Tras dos meses de soledad, sin que ya nadie los buscara y al borde de la inanición, Parrado y Canessa emprendieron la última expedición, escalaron una montaña, llegaron a un valle y encontraron a un arriero que dio aviso. ¡Salvados!

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