peligroso progresista", y hoy los llamados progresistas lo acusan de conservador extremo." /> «Soy un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor» – GENTE Online
 

"Soy un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor"

Hay alboroto y corridas, ese 16 de abril de 1927 en esa casa de casi tres
plantas (dos y un generoso altillo coronado por un techo a dos aguas), una de
las mejores del pequeño pueblo de Marktl am Inn. Alboroto, corridas, risas y
brindis con cerveza de Baviera, "la mejor del mundo" según el policía
Joseph Ratzinger, porque María acaba de parir a su tercer hijo, bautizado
Joseph, como su padre. Pero pasarán casi ochenta años y un cambio de siglo antes
de que ese nacimiento figure en las efemérides de 1927, coronadas por Charles
Lindbergh y su solitario y heroico cruce del Atlántico a bordo del avión Spirit
of St. Louis, la ejecución del zapatero Sacco y el pescador Vanzetti,
anarquistas, inocentes y víctimas de un juicio criminal, el estreno de la
primera película sonora (El cantor de jazz, con Al Jolson), la invención
del caucho sintético y otros etcéteras. Casi ochenta años para que Joseph
Ratzinger, ese día apenas un bebé rollizo y berreante, se convierta en Benedicto
XVI, el Papa 265 de la dinastía que inauguró Pedro, y el jefe, líder y guía de
los 534 millones de católicos de América, los 279 millones de Europa, los 137
millones de Africa, los 110 millones de Asia, y de un ejército de religiosos
-entre cardenales, obispos, sacerdotes, monjas, seminaristas y misioneros- que
roza los 4.320.000 en todo el mundo.

LOS RATZINGER. El pueblo los tiene, y con razón, como una familia de
orden. Joseph padre viene de austeros campesinos bávaros, y es policía y
maestro. María, su mujer, maneja con rigor y prudencia un dinero que no sobra, y
cría a sus tres hijos George -el mayor-, María y Joseph en la fe católica y el
amor a la música bajo el que llama "el mayor de los dioses": Ludwig van
Beethoven. Hacia 1932, Joseph empieza la escuela primaria, y su padre captura el
momento en una foto que hoy, abril de 2005, gira alrededor del mundo: un chico
de tenue sonrisa, abrigado por una larga tricota de punto tejida por su madre, y
con una mochila al hombro.

Ese mismo año, un vociferante cabo austríaco que desde mediados de los años
20 viene prometiendo una Alemania poderosa, imperial y dueña de los próximos mil
años, fracasa en su intento de alcanzar la presidencia. Pero la logra el 30 de
enero del año siguiente, y el primer día de septiembre de seis años después,
cuando su infantería y sus tanques invaden Polonia, se abren las puertas del
Infierno: empieza la Segunda Guerra Mundial.

SOLDADO A LA FUERZA. Ese mismo y fatídico año de 1939, por decreto, el
mayor criminal de la historia forma las Juventudes Hitlerianas y obliga a entrar
en sus filas a todos los adolescentes de 14 a 18 años (pero, en realidad,
entraban en el sistema ya a los 10). Y en el 43, cuando el Tercer Reich es un
despedazado fantasma de sí mismo y con el signo de la muerte a corto plazo,
Joseph Ratzinger es arrastrado por la última y desesperada ola: entra, forzado a
pesar de su condición de seminarista, como auxiliar de artillería antiaérea del
ejército. Mucho después, en 2000 y en su autobiografía De mi vida,
escribe: "Cuando Hitler fracasó en ser elegido presidente, mi padre y mi
madre respiraron aliviados, sin por ello alegrarse de que hubiera ganado el
mariscal Hindenburg, a quien consideraban como un muro poco seguro contra los
nazis (…) Durante las reuniones, mi padre tenía que intervenir todos los días
contra la brutalidad hitleriana (…) Una noche, ya en 1944, nos sacaron de la
cama y nos reunieron buscando 'voluntarios' para entrar en las SS…
". Por
fin, entre abril y mayo del 45, con los aliados cercando Berlín, Joseph huye del
ejército, pero su deserción no puede evitar que, soldado alemán al fin, lo
encierren en un campo de prisioneros de guerra, del que sale en libertad el 19
de junio de ese mismo año, cincuenta días después de que Hitler se volara los
sesos en su bunker.

EL LARGO CAMINO HACIA ROMA. Entre el 45 y el 51 estudia filosofía y
teología en la Universidad de Munich y en la Escuela Superior de Filosofía y
Teología de Freising; recién recibido, se ordena sacerdote, y apenas un año más
tarde oficia su primera misa. Pero su vocación no es parroquial sino fuertemente
intelectual: quiere ser, más que un cotidiano pastor, un Doctor de la Iglesia. Y
cumple cada paso hacia esa meta con doble rigor: cristiano y alemán. En 1953 es
doctor en Teología. Cuatro años después ocupa la cátedra de dogmática y teología
en la Escuela de Freising, que apenas seis años antes lo había tenido como
aplicado alumno. Y no cesa de avanzar en las alegrías -y a veces los sinsabores-
de la docencia: enseña en Bonn, en Munster, en la muy prestigiosa Universidad de
Tubinga (1966 a 1969), donde también es profesor Hans Küng, el hombre que en
estos días cuestiona duramente su elección ("Ratzinger Papa es un grave
retroceso
", ha dicho y escrito públicamente) y al que más tarde, como
ministro de Juan Pablo II para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición), lo
acusa de herejía y lo despoja de su título de teólogo. Pero su año clave en el
camino hacia Roma y hacia el Trono de Pedro es 1962, año en que el cardenal
Joseph Frings -arzobispo de Colonia- lo lleva como asistente (tiene apenas 35
años: es muy joven para ese cargo) al fundamental Concilio Vaticano II convocado
por Juan XXIII. Paradoja: por entonces, el ala conservadora se opone a su
presencia "porque es peligrosamente vecino de las posiciones progresistas",
dicen sus principales cabezas…

ENTRA CARDENAL, SALE PAPA. Joseph Ratzinger quebró una larga tradición
enunciada así: "El que entra Papa, sale cardenal". Frase traducida como "Nunca
los grandes candidatos fueron elegidos
". Pero antes corrió agua, y mucha,
por el lecho del Tíber… Pablo VI lo consagra arzobispo de Colonia y poco después
lo unge cardenal (1977). Un año más tarde forma parte de los cónclaves que
eligieron a Juan Pablo I y Juan Pablo II. En el 81, Karol Wojtyla lo pone a la
cabeza de la Comisión Teológica Internacional y lo nombra prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, y más de una vez enfrenta las críticas
de los disidentes que lo llaman "El Gran Inquisidor". Por entonces, Juan
Pablo II enfrenta dos graves problemas: en el centro de Europa, el comunismo, y
en América, la llamada Teología de la Liberación, que apoya a Fidel Castro, al
FSLN (la guerrilla sandinista de Nicaragua) y a los grupos rebeldes de El
Salvador. Necesita una voz que se oponga con fuerza a esas corrientes, y la
encuentra en Ratzinger, que en agosto de 1984 las condena en el documento
Algunos aspectos de la Teología de la Liberación con argumentos calificados por
algunos observadores como "fulminantes y guerreros", y muy influyentes:
tanto, que tras una larga batalla, el movimiento se extingue sin remedio.

LA GRAN INCOGNITA. Sus veinticuatro años junto al muy ortodoxo Juan
Pablo II le hacen ganar otro mote: "El Cardenal del No", referido a su
férrea negativa a considerar siquiera la modificación del celibato, el
sacerdocio de las mujeres, la tolerancia de la homosexualidad (la calificó como
"desorden de la existencia humana"), la aceptación de cualquier forma de
anticonceptivo y de fecundación asistida, y el pacifismo a ultranza, "que
puede desviarse hacia el anarquismo y el terrorismo
", sentenció. En cuanto
al título de Cardenal del No, salió al cruce con una frase que, según algunos
expertos vaticanólogos, bien pudo ser dicha o dictada por Juan Pablo II: "La
bondad es también decir no
".

Mientras tanto, ya Papa, alejado del barrio del Borgo, donde vivió desde su
llegada a Roma, y tan fiel a Beethoven como lo fueron sus padres, Joseph
Ratzinger, a los 78 años y en sus primeros días de reinado es, ante todo, una
gran incógnita. Porque, como también dicen los grandes conocedores de los
herméticos pasillos del poder romano, "una cosa es ser cardenal, y otra muy
distinta es ser Papa
", aludiendo a las muy distintas exigencias de ambos
roles. "Como firme brazo de Juan Pablo II, uno de los hombres más ortodoxos
de la historia, actuó en todo momento con absoluta fidelidad y celo hacia esa
ortodoxia, pero su primer mensaje urbi et orbi sugiere que, abrazando a más de
mil millones de católicos, sus decisiones pueden cambiar, aunque sea levemente,
de rumbo
". En ese primer mensaje, dijo: "Soy un sencillo y humilde
trabajador en la viña del Señor. Y el hecho de que el Señor sabe trabajar y
actuar también con instrumentos insuficientes, me consuela
".

Sólo los trabajos y los días darán la respuesta.

Martes 19 de abril. Recién elegido, Joseph Ratzinger saluda a la multitud reunida frente a la Basílica de San Pedro después de que la fumata blanca y las campanas anunciaran la buena nueva.

Martes 19 de abril. Recién elegido, Joseph Ratzinger saluda a la multitud reunida frente a la Basílica de San Pedro después de que la fumata blanca y las campanas anunciaran la buena nueva.

Tras conocerse la noticia, miles de fieles se acercaron emocionados hasta el Vaticano para saludar al nuevo Papa.

Tras conocerse la noticia, miles de fieles se acercaron emocionados hasta el Vaticano para saludar al nuevo Papa.

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