“Si todos los infectados fueran tratados, en dos o tres décadas erradicaríamos el sida” – GENTE Online
 

“Si todos los infectados fueran tratados, en dos o tres décadas erradicaríamos el sida”

El 15 de marzo de 1939, en Puerto Varas, al sur de Chile, se escuchó la sirena de un viejo buque llamado Simón Bolívar. Era un día festivo para esos cientos de exiliados alemanes que escapaban del exterminio del nazismo en su tierra. Manfredo y Ana Cahn llegaban desde Hamburgo. La mujer había perdido un hermano, y el hombre, varios primos. No se conformaron con surcar todo el Atlántico: también decidieron cruzar la cordillera de los Andes para llegar hasta Buenos Aires, donde rehicieron su vida instalando un negocio de fantasías y criando dos hijos en un barrio donde vivían muchos de sus paisanos: el Once. Su hija mayor fue Susana (64), que se dedicó a las Ciencias de la Educación. El menor, Pedro (61), muy idealista, eligió Medicina: quería devolverle un poco de lo que había recibido al país que le abrió los brazos a su familia. “Elegí la medicina por un tío que escapó de Alemania en el ’33 y terminó su carrera en la Argentina. Si considero que una parte de mi familia fue exterminada en Alemania por motivos religiosos, yo pertenezco a una generación de sobrevivientes. Y el hecho de elegir la medicina fue una manera de devolver un poco a un país que recibió a mis padres”, explica Pedro Cahn, el hijo médico de estos judíos alemanes.

–El Holocausto marcó el rumbo de su vida…
–Es una historia que conocí de chico y que marcó mi vida. No lo vivo con nostalgia ni me consideré una víctima. Tampoco creo que el mundo me debe algo, de ninguna manera. Es una enseñanza: uno no sólo debe pelear para sobrevivir, sino para que el mundo en el que vive sea mejor.

–¿A los sesenta y un años todavía cree que puede cambiar el mundo?
–No soy un iluso, pero así como estamos, el mundo no es viable a largo plazo. No anticipo una catástrofe, pero hoy, las dos terceras partes del planeta viven con menos de dos dólares por día, y en nuestro país son millones los que están en la indigencia y debajo de la línea de pobreza.

El doctor Pedro Cahn se recibió en la Universidad de Buenos Aires en 1971. Al año siguiente comenzó la residencia de Medicina Interna en el hospital Fernández, y en 1977 se especializó en enfermedades infecciosas en el Muñiz. Era un médico de escasa experiencia cuando se encontró por primera vez con el síndrome que estudiaría durante más de dos décadas. “En el ’82 me derivan a un odontólogo que llegaba del exterior a pasar sus últimos días. El joven, que declaraba muy abiertamente que era gay –algo que en aquella época no era habitual–, sufría una gran variedad de infecciones. No pudimos hacer nada, y unos días después se nos murió…”.

Hoy está claro que aquel cuadro era sida. Y sucedía en 1982, un año después de que se describieran los primeros casos de HIV en los Estados Unidos. Otra época. La web era un sueño, y para investigar estos casos extraños, Cahn peregrinaba hasta la biblioteca de la UBA y copiaba a mano los tomos de la revista Index Medicus: “Aquellos tomos tenían el tamaño de la guía telefónica”, recuerda el hombre que veinticuatro años después se convirtió en presidente de la Sociedad Internacional del Sida y uno de los referentes mundiales de la lucha contra el flagelo. Hoy es jefe de Infectología del hospital Fernández, director de la Fundación Huésped, y reparte el resto de sus horas en la cátedra de Infectología de la carrera de Medicina de la UBA. “La infectología es un desafío permanente. Lidiás con organismos vivos que se adaptan, con gérmenes que mutan y que te mantienen en una situación de confrontación permanente”, dice en su escritorio del pasaje Peluffo, donde está la sede de la fundación que preside.

–Usted trató los primeros casos de sida antes de conocer su definición…
–Sí. Y el segundo caso fue un bailarín del teatro Colón, que casualmente también era gay. Entonces, por primera vez, un colega me comentó: “En los Estados Unidos se habla de un síndrome de inmunodeficiencia que afecta a los gays”. Esa segmentación perjudicó a la comunidad gay, pero desde el punto de vista epidemiológico nos benefició: la repetición en determinados grupos con determinadas características la hizo más fácil de detectar.

–¿Cuál fue el mayor aprendizaje?
–En la facultad no tuvimos entrenamiento para lidiar con una persona que te decía “yo me inyecto cocaína todos los días”, otra que agregaba “tengo sexo grupal” o “tengo relaciones con hombres”. Hoy aprendimos a manejar esas situaciones.

–¿Qué papel jugó el prejuicio entre los médicos?
–Fuimos aprendiendo que cada uno tiene sus preferencias sexuales, y que el consumidor de drogas –generalmente un tema de jueces y policías– debía ser un tema de médicos. Culpar al adicto porque se inyecta es como culpar al epiléptico por sus convulsiones. Yo estudié gérmenes, pero también tuve que aprender sobre las conductas humanas.

–¿Las mejoras en la calidad de vida llevaron a bajar la guardia en los cuidados?
–Hay una frase que dice que “ya no es tan grave”, y es cierto, porque la gente antes se moría de modo uniforme, y hoy, lo que popularmente se conoce como cócteles –de los que disponemos recién hace trece años–, actúan bajando la carga viral de quinientas mil unidades de virus por mililitro de plasma a niveles indetectables… ¡de menos de cincuenta!

–¿En cuánto tiempo puede lograrse ese estado?
–Habitualmente en menos de seis meses, pero eso no quiere decir que el paciente sea HIV negativo. Además, el tratamiento es permanente. Antes, el paciente se moría. Hoy, el paciente puede vivir con HIV por el resto de su vida con un nivel de virus indetectable.

–¿Es el caso del basquetbolista Erwin Magic Johnson, de quien muchos dijeron que había vencido al HIV?
–No se curó: controló la enfermedad, como millones de personas. Pero el mejor tratamiento antiviral no reemplaza el beneficio de ser HIV negativo…

–¿Contagia la persona que controló la enfermedad hasta esos límites indetectables?
–Si toma la medicación en el cien por ciento del tiempo y sin ningún tipo de brechas, las posibilidades de que contagie son escasas. Pero eso no quiere decir que no pueda contagiar. Por eso recomendamos el uso del preservativo, aun en las personas en tratamiento.

–Si todos los infectados se trataran, ¿en cuánto tiempo podría erradicarse la enfermedad?
–En dos o tres décadas. Tené en cuenta que en algunos países el 30 por ciento de la población está infectada, pero la mayoría no puede acceder al tratamiento. Pero éste es un mundo que pone dinero con más facilidad para salvar bancos… que vidas. En las décadas de los ochenta y noventa, el sida fue la gran epidemia que azotó al planeta, y permanece. “Todavía tenemos países que tienen sida pediátrico, que debería controlarse muy fácilmente”, explica. Pero las telarañas virtuales apuntan para otro lado. Incluso, googleando “Pedro Cahn”, parece que el área de la Infectología amplió su espectro: gripe aviar, N1H1, dengue… ¿Es realmente así? “Es un error pensar que tenemos casa vez más epidemias. Al contrario, hay cantidad de enfermedades que están controladas. Cuando yo era chico me vacunaron contra la viruela, y hoy la viruela no existe. La poliomielitis fue erradicada de las Américas, y hay enfermedades infecciosas que pueden prevenirse con vacunas. Me parece que estamos sometidos a un bombardeo permanente de la amenaza y el miedo. Antes era la dictadura, después fue la inflación, y hoy son la inseguridad y las epidemias. Sin entrar en ninguna teoría conspirativa, creo que el miedo es un gran disciplinador social”.

–¿En qué etapa de la gripe A nos encontramos hoy?
–Tomando como fecha el primero de agosto en el área metropolitana, la situación parece estar bastante mejor. La farmacia del Fernández llegó a distribuir unos trescientos cincuenta tratamientos de Oseltamivir por día, y hoy estamos suministrando unos noventa. Es un indicador: la demanda bajó. También, de veinte internados con sospecha de N1H1, hoy tenemos apenas seis o siete…

–¿Desde su experiencia, cree que hubo manipulación estadística de parte del Gobierno?
–Creo que el Gobierno se manejó muy bien en cuanto a la compra de medicamentos. Compró todo el Oseltamivir que había en plaza. Si no lo hubiera hecho, hoy estaríamos sin la droga en los hospitales y, en muchos lugares de clase media y alta, con el Oseltamivir en la alacena, sin saber para qué. Esa es la misma gente que cruzó la frontera y vació las farmacias del Uruguay.

–¿Qué hizo mal el Gobierno?
–Lo que siempre hace mal: comunicar. Se informó tarde y mal. No se notifica qué cantidad de infectados hay. Se informan los casos internados, pero no los ambulatorios. Los pacientes internados son los únicos a los que se les hace el hisopado nasal para ver si tienen el N1H1.

–Como médico, ¿qué le pareció la idea de Mauricio Macri de diferenciar entre Provincia y Capital para la atención en hospitales?
–Me parece una falta de ética tremenda. Cada día un millón de personas cruza la avenida General Paz para trabajar en la ciudad. ¿No deberían atenderse en el lugar donde trabajan y consumen? El problema del sistema de salud es que si el paciente no viene, el sistema no sale a buscarlo y cuando llega, ya está grave. Ahí aparece la cara darwiniana. Tanto en el HIV como en la influenza sobrevive el más apto: el que tiene el día libre para la consulta, la moneda para llegar al hospital… en fin, el de mayores recursos económicos. En su estudio, el doctor Cahn entiende que durante la epidemia de gripe A el Estado informó mal y los medios promovieron el miedo.

En su estudio, el doctor Cahn entiende que durante la epidemia de gripe A el Estado informó mal y los medios promovieron el miedo.

El doctor Pedro Cahn llega a las ocho de la mañana al hospital Fernández, donde es el director del área de Infectología. Durante seis horas supervisa los laboratorios en los que –entre otras cosas– se procesan muestras de flujo laminar para detectar tuberculosis e hisopados. Hoy el hospital alberga a seis pacientes con posibilidades de sufrir la gripe N1H1. A las dos de la tarde, Cahn deja el Fernández y se muda a la Fundación Huésped –que preside– donde termina su jornada.

El doctor Pedro Cahn llega a las ocho de la mañana al hospital Fernández, donde es el director del área de Infectología. Durante seis horas supervisa los laboratorios en los que –entre otras cosas– se procesan muestras de flujo laminar para detectar tuberculosis e hisopados. Hoy el hospital alberga a seis pacientes con posibilidades de sufrir la gripe N1H1. A las dos de la tarde, Cahn deja el Fernández y se muda a la Fundación Huésped –que preside– donde termina su jornada.

En el año 2006, Cahn se convirtió en el gran referente del HIV en el mundo entero, cuando fue elegido presidente de la Sociedad Internacional del Sida (en la foto, en un congreso en México). Hoy continúa siendo titular de la cátedra de Infectología de la UBA. “Podría jubilarme, pero quiero devolver algo de lo que me dio este país”, explica.

En el año 2006, Cahn se convirtió en el gran referente del HIV en el mundo entero, cuando fue elegido presidente de la Sociedad Internacional del Sida (en la foto, en un congreso en México). Hoy continúa siendo titular de la cátedra de Infectología de la UBA. “Podría jubilarme, pero quiero devolver algo de lo que me dio este país”, explica.

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