“Quisiera tener aquí a mi familia completa, pero no pierdo la fe” – GENTE Online
 

“Quisiera tener aquí a mi familia completa, pero no pierdo la fe”

Noventa años, y es la primera vez que tengo globos en un aniversario… Pero la felicidad mayor la tuve al despertarme, con mis bisnietos cantándome el ‘Feliz cumpleaños’ por teléfono, porque están de vacaciones en la playa”, dice mientras camina y hasta coquetea. Lleva en la mano derecha un rosario y una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Está muy flaca, pero recuerda que “hace un año era media persona y ahora soy una persona entera”, porque pesa muchísimo más que cuando llegó a la Argentina, en mayo de 2008. Con más paciencia que resignación, dice: “Estoy separada de mi hija, pero uno tiene que seguir los caminos de Dios y de la Santísima Virgen, y ya se darán las cosas… Uno no sabe cuántos años le quedan, pero debe mantenerse firme en lo que cree”.

Hilda Morejón tuvo una infancia dura. Ella y sus cuatro hermanas nacieron en cuna rica: su padre era un terrateniente español con propiedades en Camagüey, pero “murió inesperadamente, muy joven, en el año veinte, y un grupo de abogados-buitre se apoderaron de la fortuna que debieron heredar mi bisabuela, mi abuela y sus hermanas, que quedaron prácticamente en la calle”, cuenta su nieto, el médico Roberto Quiñones Molina.

La madre y sus hijas empezaron a trabajar como mucamas en casas de familias ricas, aprendieron el oficio de modista, y así lograron abrirse camino. Todavía adolescente, Hilda se casó con el que sería su compañero hasta el final (murió en 1988), y tuvo dos hijos: una niña (Hilda) y un varón. “Trabajando mucho llegué a tener mi propia casa de modas y pagarles los mejores colegios a mis hijos, pero la revolución me confiscó todo… Mi marido y mi hija creyeron en los ideales de la revolución. Tanto, que ella trabajó como maestra en la campaña de alfabetización mientras estudiaba Medicina. Después se hizo investigadora y fundó el Centro Internacional de Restauración Neurológica, una institución líder en el mundo. Pero cuando dejó de creer en la revolución, hace quince años, devolvió todos los honores y pidió irse de Cuba, pero el régimen se lo prohibió, y la prohibición sigue hasta el día de hoy”, recuerda. (Nota: el gobierno le niega la salida bajo el argumento de que Cuba invirtió mucho para capacitarla y debe servir al pueblo).

–¿Cómo llegó usted a la Argentina?
–Pesando apenas veintinueve kilos, y postrada en una silla de ruedas. Pero aun así, con la alegría de poder conocer a mis bisnietos, Roberto Carlos, de trece años, y Juan Pablo, de siete, con los que vivo en El Palomar.

–¿Mejoró su estado?
–En apenas ocho meses, gracias a una dieta muy estricta, peso algo más de cuarenta kilos, me muevo sin ayuda, conozco los pasos de toda mi familia y negocio con mi nieto los permisos y caprichos de mis bisnietos… Ah, le pido un favor…

–Diga…
–Escriba que, aunque no lo merezco, agradezco con el corazón en la mano al pueblo argentino por tanta contención, amor y comprensión, y lo mismo a la revista GENTE, que nunca abandonó el caso, y sé que no lo abandonará.

–Así será escrito… ¿Qué regalos recibió, Hilda?
–Primero, una carta preciosa que me ha enviado mi hija... Es una carta en forma de libro, en la que me dice muchas cosas que cree que le faltó decirme en los años en que estuvimos juntas. El título es Retorno a Dios de la mano de un ángel… Mire qué bonito…

–¿Qué le dice en esa carta?
–Que gracias a mí ella volvió a creer en Dios.

“Lo que pasa –explica su nieto, el médico cubano Roberto Quiñones– es que hace cincuenta años la revolución adoptó el ateísmo como la religión del Estado y mi madre, convencida, se sumó a esa línea. Pero en la carta le da la razón a mi abuela y confiesa que ha vuelto a la fe católica”.

–¿Cómo fue ese proceso, señora?
–Mi esposo y mi hija creyeron siempre en la revolución, y solían decirme que “a la revolución no se le pide, se le da todo, porque es para el bien de todos”. Mi esposo murió con esa idea y yo le seguí dando todo… menos mi fe.

–¿Recibió más regalos?
–Sí, también me regalaron un equipo de música, y discos de Carlos Gardel, que desde muy pequeña fue el dueño de mi admiración. Jamás hubiera imaginado que alguna vez iba a estar en la patria de Gardel. Me encantaba verlo en películas como El día que me quieras, y hasta me aprendí varios tangos…

–¿Cuál le gusta más?
–Mi Buenos Aires querido… (canta las primeras estrofas, se emociona, trata de seguir, pero no recuerda). Ahora me falla la memoria, pero me los sabía todos. No se imagina cómo lloré cuando se murió en aquel accidente (Nota: Medellín, Colombia, 24 de junio de 1935). Gardel fue y sigue siendo un ídolo en Cuba.

–¿Le gustaba algún otro artista argentino?
–Admiré siempre a Libertad Lamarque y a Mirtha Legrand. Me encanta cómo se viste Legrand, y cuando fui modista en Cuba… ¡confieso que le copiaba algunos modelos! (se ríe). No sabe la emoción que sentí cuando pude verla personalmente en su programa... Esa noche soñé que volvía a coser… Risas, aplausos, lágrimas. Hilda Morejón celebra su novena década en su casa argentina de El Palomar. De izquierda a derecha: El médico Roberto Quiñones, su nieto; la esposa de éste, Victoria Scarpatti, y un vecino. La única sombra: su hija Hilda Molina, que sigue sin poder salir de Cuba.

Risas, aplausos, lágrimas. Hilda Morejón celebra su novena década en su casa argentina de El Palomar. De izquierda a derecha: El médico Roberto Quiñones, su nieto; la esposa de éste, Victoria Scarpatti, y un vecino. La única sombra: su hija Hilda Molina, que sigue sin poder salir de Cuba.

La carta en forma de libro que le mandó su hija Hilda desde La Habana. La títuló Retorno a Dios de la mano de un ángel, y en ella confiesa su vuelta a la fe católica que había abandonado por influencia del castrismo.

La carta en forma de libro que le mandó su hija Hilda desde La Habana. La títuló Retorno a Dios de la mano de un ángel, y en ella confiesa su vuelta a la fe católica que había abandonado por influencia del castrismo.

Los discos de Gardel, uno de sus ídolos argentinos junto con Libertad Lamarque y Mirtha Legrand.

Los discos de Gardel, uno de sus ídolos argentinos junto con Libertad Lamarque y Mirtha Legrand.

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