¿Quién les ha robado el futuro a estos chicos? – GENTE Online
 

¿Quién les ha robado el futuro a estos chicos?

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"Vengan… Acá vamos a estar más frescos que en la casilla, porque el sol calienta las chapas, y adentro es un infierno…", dice -susurra casi- Roxana De Benedetti mie
ntras busca la sombra de un árbol de moras, tenue y oscuro velo abierto contra el impío sol tucumano. Veinticuatro años ha vivido Roxana. Muchos, acaso una eternidad, si en el otro plato de la balanza yace la pobre y breve memoria de su hijo Nicolás, cinco años, muerto a los veintidós días de octubre, Tercer Milenio, quemado por la parasitosis. Y yace también su hija Milagros, venida al mundo hace apenas seis meses y hoy entre la vida y la muerte. Seis meses y menos de tres kilos. Diagnóstico: desnutrición. Peor y más justa palabra: hambre.

La casilla está junto a la vía, en Villa Carmela. La casilla es un despojo a cuarenta cuadras -una legua- de la Casa de Gobierno. Antes de contar su historia, Roxana se arma de un repasador y espanta como puede la oscura tribu de moscas que zumba sobre el yogur que habrá de comer Milagros. Después, sin esperar pregunta alguna, como arrancándose las entrañas, cuenta que "todavía no me resigno, don, a que se me haya muerto el Nico, que era un señorito, que adoraba la escuela, que siempre quería ir, lo mismo con frío que con lluvia. No entiendo qué pasó, porque era un chico alegre y gordito, y de golpe… Con Milagritos, en cambio, siempre estuve preparada… Sabía que podía pasarle algo malo, porque cuando estaba embarazada se me rompió la bolsa, y los médicos me dijeron que podía nacer sin un brazo o una pierna, pobrecita. Pero sobrevivió, y por eso, aunque habíamos pensado en otro nombre, le pusimos Milagros, Milagritos… De día disimulo por mis otros hijos, por Jessica, que tiene siete años, y por Haydée, que
ya cumplió dos. Pero de noche me quiebro y lloro, lloro sin parar
". 


ESE DIA.
A las siete de la mañana del veintidós de octubre, Nicolás se despertó y pidió agua. Roxana, su madre, no estaba: había ido al Hospital de Niños con Milagros ("Le tocaba control nutricional", recuerda), y sus otros hijos se quedaron con "la tía Liliana, como de costumbre, cada vez que yo tenía que salir". Con la tía Liliana, que le dio un vaso de agua a Nicolás, "la tomó, y enseguida me dijo que le dolía la panza. Me dormí una hora, y a las ocho, cuando me desperté, tuve un mal presentimiento. Me acerqué a su cama. ¡Estaba muerto! Empecé a gritar como loca, lo agarré, y como su cuerpo todavía estaba caliente, corrí al dispensario. Pero ya era demasiado tarde. El médico me dijo que había muerto asfixiado por los parásitos. ´Le subieron a la garganta, y se ahogó´, le oí decir como en un sueño, porque quedé paralizada…"

Roxana, de pronto, recobra la voz, el ánimo y la furia: "La muerte de Nico es terrible, pero gracias a su muerte los periodistas pusieron los ojos en Tucumán. Eso sí: Nico no murió de hambre, como dicen por ahí. El domingo anterior comió dos veces milanesas de soja, y el lunes, puchero. Porque acá, don, hacemos lo imposible para que los chicos tengan algo en el estómago. De lunes a viernes comen en la parroquia, y los fines de semana conseguimos algo de plata para que al menos coman polenta o fideos…". 

Algo de plata, sí. Heroica matemática, sí. Porque jura Liliana que "con cinco pesos comemos once. Un peso para el pan del día, tres para fideos y verdura, y el último para yerba y azúcar, porque cuando el hambre aprieta, el mate cocido entretiene el estómago… Claro, aunque los chicos se mueren de ganas, nada de golosinas ni gaseosas. Preferimos guardar unas monedas para comprarles zapatillas, pero al paso que vamos, andarán descalzos mucho tiempo. Ahora, lo urgente es salvar a Milagros…". 

Salvar a Milagros es, para Roxana, "que no le falten los postrecitos y el yogur, y tampoco los pañales, porque tiene escaras y por eso no puede usar bombachas de goma. El gobernador (Julio Miranda) dijo que los chicos se mueren porque los padres no sabemos cuidarlos. Pero quiero que sepa que siempre hicimos los controles sanitarios. Mire, aquí están los carnets de todos mis hijos. Y eso que muchas veces, cuando tengo que llevar a Milagritos, no tengo ni para el boleto del colectivo… Y algo más. Que sepa el gobernador que hace más de seis meses pedí un plan social, y nunca me lo dieron. A lo mejor llega ahora, cuando Nicolás está muerto y enterrado…".


ESOS MUERTOS.
En diabólica avalancha se suceden los casos y los títulos de los diarios. Tucumán, Santiago Carrizo, seis meses, muerto luego de noventa días de internación. Tucumán, Jesús Medina, seis meses, llegó muerto por hambre al hospital de Bella Vista. Tucumán, Miriam Campero, dos años, muerta por hambre. Tucumán, Brian Herrera, dos años, muerto por hambre. Tucumán, Lucila Kolesniu, menos de dos meses, muerta por deshidratación. Tucumán, Gerarda Mendoza, un año y ocho meses, muerta por infección intestinal y pulmonar (pesaba apenas siete kilos). Misiones, Marcos Gómez, dos años, muerto por hambre (su hermano Luis, de cinco años, pesa once kilos: nueve menos que lo normal). Misiones, Silvia (un año) y su hermano José (dos años y medio), muertos, ella por deshidratación grave y él por sepsis -infección- fulminante. Cuadro previo: desnutrición grave y déficit vitamínico.

Y mientras esta nota se escribe, ¿cuántos muertos más? Muertos por hambre, sin más obituario que dos líneas en los diarios y un cero coma uno en las aterradoras estadísticas que sólo quedan en eso, en estadísticas: veinte millones de argentinos pobres, y chicos aniquilados por el hambre en un país que produce alimentos capaces de saciar a trescientos millones de humanos. 


ESAS CULPAS.
Y ante cada muerte por hambre, rastreo de culpas y de culpables. Presidentes, diputados, senadores, clase política toda, promesas de investigación "hasta las últimas consecuencias" (letal lugar común patrio…), índices acusadores, discursos de ocasión, "la herencia del gobierno anterior" (muletilla de cada gobierno nuevo), vanas comisiones investigadoras, excusas, y sobre todo, el tétrico deporte nacional: ocultar el esqueleto en el armario y la basura debajo de la alfombra. Esqueleto y basura que, aunque ocultos, acusan. Porque en este granero del mundo que hoy se parece a Biafra, por décadas, se condenó al ostracismo, al desván de los trastos, a los únicos bienes capaces de salvar vidas: la educación (no sólo de letras, números y fechas de batallas: también del sembrar una semilla en la vasta y abandonada tierra fértil), la solidaridad (ahora recuperada luminosamente, pero escasa todavía), y sobre todo, la gran verdad: "No somos ricos, no somos el Primer Mundo, se acabó par
a siempre la fantasía del despilfarro y de la cosecha salvadora, hablar de 'males estructurales' suena severo y solemne pero no sirve para nada, y cuando hay chicos que se mueren de hambre, todo lo demás es una trágica pérdida de tiempo"


ESAS PALABRAS.
En la mañana del lunes dieciocho de noviembre, por radio, tronó más que habló un cura español de nombre y apellido más que comunes: Angel García. Es un cura de la agrupación Mensajeros de la Paz. Y este fue su llameante mensaje, digno de la espada del arcángel: "Dios mío… No bien me enteré de que muchos niños de la Argentina estaban muriendo de hambre, tomé un avión y me fui al Tucumán. Señores, lo que vi es inenarrable. Parte el corazón. No lo olvidaré nunca. Pero luego llegué a Buenos Aires, ¿y con qué me encontré? Pues con un montón de señores -de políticos, de funcionarios, de periodistas- hablando de tonterías como 'el consenso político, las internas, el acuerdo con el Fondo Monetario'.
¡Dios mío! ¿Cómo es posible hablar de otra cosa que de los niños que se están muriendo? ¿Cómo es posible que sigáis perdiendo el tiempo en cálculos políticos y económicos? ¿Qué esperáis para juntaros y correr todos, todos los argentinos, a salvar esas vidas?".

Angel García, un cura español. Un hombre que no se topa por primera vez con el hambre y con la muerte. Sus sandalias han caminado por resecas tierras africanas y sus manos han tocado los hinchados vientres y los ojos desorbitados de chicos para quienes la muerte era sólo cuestión de un día y una hora precisos, porque nada ni nadie podía ya arrancarlos de esa crónica de una muerte anunciada. Un hombre que hizo explotar la mañana del lunes dieciocho de noviembre, intoxicada de internas y discursos políticos, con algo tan simple, puro y esencial como la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad.

Pablo Gómez tiene 3 años. Está internado en el  Hospital de Niños de Tucumán con una desnutrición de tercer grado. En la misma sala está su hermanito Facundo, de 2 años, con un diagnóstico similar: desnutrición en  segundo grado. Su hermanita mayor, Rosa Gómez, murió la semana pasada, a los seis años, víctima del hambre.

Pablo Gómez tiene 3 años. Está internado en el Hospital de Niños de Tucumán con una desnutrición de tercer grado. En la misma sala está su hermanito Facundo, de 2 años, con un diagnóstico similar: desnutrición en segundo grado. Su hermanita mayor, Rosa Gómez, murió la semana pasada, a los seis años, víctima del hambre.

Luis, uno de sus primos, tiene en brazos a la pequeña Milagros, que está en un constante estado de sopor. El magro cuerpo de Franco (con un brazo enyesado), hermano de Luis, es un mensaje sin palabras: Apenas comemos, apenas sobrevivimos… ¿Qué será de nosotros? ¿Qué futuro nos espera?".">

Luis, uno de sus primos, tiene en brazos a la pequeña Milagros, que está en un constante estado de sopor. El magro cuerpo de Franco (con un brazo enyesado), hermano de Luis, es un mensaje sin palabras: "Apenas comemos, apenas sobrevivimos… ¿Qué será de nosotros? ¿Qué futuro nos espera?".

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