«Que Dios nos ayude a recuperar a papá» – GENTE Online
 

"Que Dios nos ayude a recuperar a papá"

Lunes, medianoche. Cierre de edición. Ya pasaron cinco días. Todos están
pegados al teléfono en el living de la casa de Rubén Astrada, en Boulogne.
Mientras, el comisario Hugo Fernández y el subcomisario Gabriel Sabino, más 130
agentes, sudan tras una pista. Hay una media esperanza: a las seis de la tarde,
los secuestradores llamaron a Astrada y hablaron claro. Aterradoramente claro:

-Rubén está bien. Toma los remedios. Queremos un palo verde.

Punto. Según la policía, esta banda podría ser la misma que secuestró a Cristian
Riquelme, el hermano de Román, y a Germán Zapata, el hermano de Víctor. Otra
versión: los datos para secuestrar a Astrada vendrían de la banda que comandaría
Silvina Vera, 15 años (¡!), pelirroja, embarazada, que se fugó -demasiado
fácilmente…- de un correccional de menores. Por lo menos, según fuentes
policiales off the record, a algunos de sus secuaces se les encontraron datos
inequívocos sobre los movimientos del padre del jugador.

EL DRAMA. Rubén Oscar, la víctima, barruntaba que algo iba a pasar. Alguien le
dijo: "Cuidado, estás en la mira", pero no se achicó. Tiene 61 años que -dicen
sus vecinos- "parecen diez menos", pero es hipertenso (cada día debe tomar una
pastilla de Adalat Oro, 30 miligramos): un dato, hoy, más que relevante. El
jueves pasado a las 7:35 de la mañana salió de su casa en su Ford Focus gris
metalizado rumbo a su taller de reparación de ascensores en Núñez: su trabajo de
toda la vida. Pero en Bacacay y Yatay, a menos de cinco cuadras de su hogar, le
cerraron violentamente el camino, por delante y por detrás -típica encerrona- y
le hicieron trizas el auto. Seis criminales, a cara tapada y a bordo de un
Volkswagen Polo verde robado tres días antes a mano armada y de otro Volkswagen,
pero Golf y violeta, bajaron armados con fusiles FAL, escopetas calibre 12/70,
un cuchillo y pistolas cortas, además de clavos miguelito para impedir que los
persiguieran. Lo encapucharon, lo maniataron y se perdieron rumbo al norte. Y se
verificó lo que no hace mucho dijo Leonardo, su hijo: "Cuando yo era chico podía
jugar en la calle todo el día, pero hoy, Luciana, mi hija, no puede hacer lo
mismo. Por eso, y no por la plata, pensé en irme del país…
".

A las ocho de la mañana, por la Panamericana, llegaron a Don Torcuato, esquina
de Belgrano y Estrada, y se quedaron sin nafta. Pasó un Chevrolet Corsa,
intentaron asaltarlo, pero el conductor los eludió. No obstante, encontraron una
segunda presa: el Fiat Siena de Mirta Recarte, maestra, vecina del lugar.
También se llevaron un Renault 9, de Daniel y Cati García.

VIVIR BAJO EL MIEDO. A pocas cuadras de la calle Sarratea está Villa Hidalgo: un
desierto de cartón y chapa golpeado por la miseria y el crimen. De esa espantosa
ciudadela se supone que salieron los secuestradores del padre de Astrada. Daniel
García, panadero, uno de sus vecinos, jura que su vida es un calvario: "En los
últimos dos meses me robaron tres veces. Los domingos a la madrugada vienen al
local, borrachos y drogados, a pedir comida. Pero acá me quedo. Porque, ¿a dónde
voy a ir?
". Unas pocas cuadras más allá, en la zona que llaman "el bajo Boulogne",
se respira miedo. Es tierra de nadie. O mejor dicho: territorio donde reina
-impune- el delito. Una mujer, madre de cinco hijos, mirando a uno y otro lado,
cuenta: "Llega la noche y empiezan los tiros. Corre sangre, pero las ambulancias
no llegan nunca porque… ¿quién es capaz de meterse en este infierno? ¡Si hasta
los mismos chorros avisan!:
'Doña, no saque a sus chicos a esta hora, porque por
ahí son boleta'.

Mario Naldi, comisario retirado de la Bonaerense, completa el negro escenario:
"Se financian con la venta de droga y con los rescates de los secuestros. Tienen
cuadros: inteligencia, los que ocultan al secuestrado, y los perpetradores. Los
reclutan en las villas, donde -ofreciendo plata, claro- consiguen
´soldados'
que
les ponen el pecho a las balas. Algunos cabecillas viven en San Isidro y andan
en camionetas cuatro por cuatro, pero después de cada golpe vuelven a la villa,
que es su territorio más natural, seguro, y donde ejercen su poder. El
combustible es la droga: eso los vuelve
'valientes'… Cada día que pasa apuntan a
secuestros más ambiciosos y con mejor paga. Porque, contra un FAL, ¿qué custodio
se atrevería a impedirlo?".

La pregunta es insoslayable: ¿hay entregadores? ¿Los hubo en el caso Astrada?
Naldi es frontal: "Tengo información de que los entregadores son tipos de Los
Borrachos del Tablón, la barra brava de River. Además, algunos de ellos viven en
villas cercanas a Hidalgo, de modo que la cosa cierra bien".

UN TRISTE ADIOS. El domingo, River ganó su 31 campeonato profesional. Leonardo
Astrada -estaba previsto- jugaría algunos minutos frente a Olimpo de Bahía
Blanca y colgaría (orgulloso y con otro título) los botines. El Jefe, el gran
animador, la muralla, oiría una vez más el célebre "Olé- olé- olé, Leooo,
Leooo
". Pero no pudo ser. A esa hora, mientras sus compañeros derrotaban a
Olimpo y bailoteaban abrazados en el centro de ese campo que se les hizo tan
difícil, Leonardo rogaba por la vida de su padre. Por eso, a coro, sus
compañeros dijeron, gritaron: "Este triunfo es para Leo… Leo, ¡estamos a tu
lado, hermano!".
Eran, entonces, más de las siete de la tarde, ya noche en el
invierno 2003. Iban cinco días de silencio, angustia y olor a muerte. Pero una
hora antes de esa vuelta olímpica a medias -la grande será el domingo, en el
Monumental, después del choque con Racing-, Leonardo oyó las primeras palabras
de esperanza. Ciertas, según Alejandro, el hermano menor del Jefe: "Sí. Sonaban
ciertas. Les creímos. Eran ellos. Papá está bien, y toma sus remedios. A lo
mejor, en unas horas más…"
.

Y Leo sólo dijo: "Que Dios nos ayude a recuperar a papá" . En unas horas más. A
lo mejor. Dios quiera. Ojalá. Las palabras -casi los monosílabos- que separan la
vida de la muerte. El fantasma. La pesadilla. La atroz realidad de cada día y de
cada noche.

por Alejandro Sangenis y Federico Fahsbender
fotos: Matías Campaya, Alejandro Carra, Gustavo Sancricca y
gentileza de revista El Gráfico

Leonardo Astrada, rosa en mano para su mamá, llega al hogar paterno en Boulogne, un día después de conocer la noticia.

Leonardo Astrada, rosa en mano para su mamá, llega al hogar paterno en Boulogne, un día después de conocer la noticia.

Rubén Astrada, sonriente con su mujer, Susana, en la boda de su hijo Germán, en el 2000.

Rubén Astrada, sonriente con su mujer, Susana, en la boda de su hijo Germán, en el 2000.

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