Pudo ser una tragedia; fue un milagro en el Fin del Mundo – GENTE Online
 

Pudo ser una tragedia; fue un milagro en el Fin del Mundo

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En la madrugada del viernes 23, el capitán sueco Bengt Wiman bajó al bote salvavidas, se abrazó con la tripulación y no pudo contener las lágrimas. Había sido el último en abandonar el Explorer, y ahora veía con resignación cómo su buque se hundía en las aguas heladas. Los cien pasajeros y 54 tripulantes que se habían embarcado en la aventura iniciada el 11 de noviembre en el puerto de Ushuaia hacia la Antártida, estaban a salvo aunque en el medio de la nada, a la espera del rescate. Las horas siguientes se hicieron eternas, pero lo que pudo haber sido una tragedia –imposible no traer a la mente el hundimiento del Titanic, allá por 1913– tuvo un final mucho más feliz.

EL ICEBERG TAN TEMIDO. Pasada la medianoche del 22, Wiman comprendió que algo “no andaba bien” a bordo. “Pensé que habíamos chocado con una ballena”, declararía a la prensa de su país. El barco, de 75 metros de eslora y 14 de manga, estaba atravesando un sector de masas de hielo, cerca de la isla 25 de Mayo, en el archipiélago Shetland – a unos mil kilómetros de Tierra del Fuego– cuando de repente sonó una alarma. “La sala de máquinas comenzó a inundarse debido al golpe con un témpano. El rumbo que se abrió en el casco fue un poco más grande que el tamaño de un puño”, relató el capitán.

La avería, que en un principio pareció insignificante, se tornó irreparable Pese al esfuerzo de la tripulación, que intentó sacar el agua con bombas de achique, los compartimientos comenzaron a anegarse, y por si fuera poco se cortó la electricidad. Al ver que el Explorer –botado en 1969– se iba escorando sin remedio, Wiman ordenó la evacuación. “Desde el crucero se lanzaron al mar ocho botes semi-rígidos y seis balsas salvavidas, donde fueron trasbordados los pasajeros y la tripulación”, informaría luego la Prefectura Naval Argentina.

Uno de los encargados de la evacuación fue el argentino Pablo Beliú –32 años, de Ushuaia– quien trabajaba como zodiac driver (experto en emergencias) en el Explorer. Según relató a GENTE su hermana Mariana, él fue uno de los ocho tripulantes que embarcaron a los náufragos en las balsas y luego los trasbordaron al buque noruego Nordnorge. “Pablo está orgullosísimo. Cuando le pregunté qué había sentido al estar tantas horas a la deriva, me dijo: ‘No tuve tiempo de pensar en mí. Tenía que abrazar y contener a la gente’”. Andrea Salas, la otra argentina a bordo, relató que mientras esperaban en los botes “había viento y hacía mucho frío y por el oleaje” estaban “mojados”. Salas (38) es abogada y en el Explorer asistía a los turistas.

Sobre las causas del accidente, GENTE consultó a expertos en navegación antártica. Coinciden en que, a pesar de lo que declaró Wiman, a la hora del impacto, a esta altura del año y al sur del Paralelo 60°S nunca hay noche plena. En cuanto al témpano que impactó contra la embarcación –como todas esas montañas heladas, lo que sobresale de la superficie es apenas una octava parte– seguramente se trató de los llamados hielos milenarios, de color verdoso, mucho más duros y compactos que lo normal, a los que los radares –si no son de alta tecnología– detectan cuando ya están a muy poca distancia. Por otro lado, les resulta curioso que se hayan quedado sin electricidad, cuando los barcos llevan normalmente un equipo de emergencia. Y también dudan del tamaño del rumbo abierto en el casco –“grande como un puño”, dijo Wiman–: para que el Explorer se haya hundido tan rápidamente, la avería tiene que haber sido por lo menos de un metro de largo. Al llegar a Punta Arenas, el capitán admitió ante periodistas suecos su poca experiencia en los mares del Sur…

UN LARGO CAMINO A CASA. “A las dos de la madrugada, el capitán del Nordnorge recibió un SOS del Explorer, desvió su rumbo y se dirigió a la zona. Llegó cerca de las siete y se encontró con 100 pasajeros y 54 tripulantes en botes”, explicó a GENTE Alejandra Solano Iturra, representante en Latinoamérica de Hurtigruten, la empresa dueña del Nordnorge, que fue al auxilio de los náufragos. Sus 270 pasajeros y el equipo médico recibieron a los sobrevivientes, algunos en estado de shock y otros con cuadros de hipotermia. El crucero terminó de hundirse el viernes, pasadas las diez de la noche, sin tripulantes a bordo, pero con una carga de cien mil litros de petróleo diesel, que ponen en riesgo la ecología de la zona.

La odisea de los pasajeros del Explorer –buque de bandera liberiana, fletado por la empresa canadiense GAP Adventure, que llevaba turistas en su mayoría canadienses, estadounidenses y británicos– no terminó con el primer rescate. El Nordnorge los llevó hasta el continente antártico. Su desembarco se demoró horas, por las malas condiciones climáticas. Una vez en tierra firme, permanecieron hasta el día siguiente repartidos entre la base chilena Frei Montalva y la uruguaya Artigas, y luego fueron transportados en dos grupos en aviones Hércules C-130 hasta Punta Arenas, Chile. Desde allí tomaron vuelos hacia sus países de origen. Mientras, la tripulación del barco permanece allí hasta mediados de semana, a la vez que GAP Adventure le prohibió todo contacto con la prensa.

Pablo Beliú ya le anticipó a su familia que “vuelve a Ushuaia, se queda una semana y se embarca de nuevo” rumbo a las aguas antárticas. Andrea Salas estará de vuelta en su casa de Caballito para las Fiestas, pero pronto reincidirá en la aventura. “Está cansada, pero muy feliz de que todo haya salido bien. Ella ama la Antártida; era la tercera vez que iba”, relató su mamá, Elsa.

Para Pablo y para Andrea la aventura debe continuar. Seguramente recién con el paso del tiempo comprenderán lo afortunados que fueron al salir ilesos del hundimiento del crucero. Y dentro de muchos años podrán contarles a sus hijos que en noviembre de 2007 fueron testigos y protagonistas del milagro del Explorer, cuyas 2.400 toneladas yacerán por siempre a cientos de metros de profundidad en el Mar Antártico.

El barco, especialmente preparado para resistir bajas temperaturas, se hunde sin remedio entre los hielos. Su último viaje terminó a cientos de metros de profundidad.

El barco, especialmente preparado para resistir bajas temperaturas, se hunde sin remedio entre los hielos. Su último viaje terminó a cientos de metros de profundidad.

El viaje había comenzado en Ushuaia e iba a durar 19 días. Los pasajes costaron un promedio de 11 mil dólares. Luego de chocar contra el iceberg, los pasajeros y la tripulación fueron evacuados en botes salvavidas. Esperaron más de cuatro horas hasta que llegó el buque Nordnorge, que los llevaría hasta las bases Frei y Artigas, en la península antártica. “<i>Había viento y hacía mucho frío. Estábamos mojados por el oleaje</i>”, contó la argentina Andrea Salas.

El viaje había comenzado en Ushuaia e iba a durar 19 días. Los pasajes costaron un promedio de 11 mil dólares. Luego de chocar contra el iceberg, los pasajeros y la tripulación fueron evacuados en botes salvavidas. Esperaron más de cuatro horas hasta que llegó el buque Nordnorge, que los llevaría hasta las bases Frei y Artigas, en la península antártica. “Había viento y hacía mucho frío. Estábamos mojados por el oleaje”, contó la argentina Andrea Salas.

Pablo Beliú y Andrea Salas junto a Martín Rivolta, el cónsul argentino en Punta Arenas. Beliú fue uno de los encargados de la evacuación del Explorer, y Salas trabajaba en la asistencia al turista en el crucero. Los une el amor por la Antártida.

Pablo Beliú y Andrea Salas junto a Martín Rivolta, el cónsul argentino en Punta Arenas. Beliú fue uno de los encargados de la evacuación del Explorer, y Salas trabajaba en la asistencia al turista en el crucero. Los une el amor por la Antártida.

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