“Por mis hijos seguí con ganas de salir viva de la selva” – GENTE Online
 

“Por mis hijos seguí con ganas de salir viva de la selva”

Llevaba casi dos días sin dormir, pero Ingrid Betancourt tenía luz en la mirada. En el aeropuerto militar de Catam, en el oeste de Bogotá, esperaba volver a abrazar a sus hijos, seis años y cuatro meses después de aquel fatídico 23 de febrero de 2002, cuando fue secuestrada por un grupo de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Estaba ansiosa y sonriente. Apenas el avión fletado por Francia tocó la pista de aterrizaje, no pudo contenerse. Caminó a paso ligero, subió corriendo las escaleras y se aferró a Melanie (22) y Lorenzo (19), llorando a mares. Tras 2.323 días en el infierno, supo definir el encuentro: “Este es el paraíso”.

UN LARGO DIA. El miércoles 2 de julio la ex candidata presidencial colombiana se levantó temprano y se encomendó nuevamente a Dios. En la radio, por medio del programa Las voces del secuestro, escuchó que su mamá estaba por viajar a Francia, que su hija partía hacia China, y que su ex esposo le decía que había una foto suya en una cumbre de Montblanc.

Juntó su equipo, metió en un morral su poca ropa, el diccionario que pidió durante más de tres años para mantener su curiosidad intelectual viva y se aferró fuerte a su rosario. En el campamento, ella y otros 14 rehenes –tres de ellos de nacionalidad estadounidense– recibieron órdenes de dirigirse a otro sector de la selva, donde serían recogidos por un helicóptero. Horas después, el comandante César, encargado de custodiarlos, les anunció que los llevarían a hablar con el alto mando y, desde allí, probablemente los trasladarían a otro país donde las condiciones de cautiverio serían mejores. Ingrid sintió que el corazón se le partía. La esperanza de volver a ver a su familia se desmoronaba una vez más.

Pensando que irían a encontrarse con el Mono Jojoy o Alfonso Cano –dos altos jefes de las FARC–, el grupo caminó entre la tupida vegetación de la región de Guaviare cargando sus pertenencias, atravesó en canoa el río Inírida y vio aterrizar la aeronave. Se ilusionaron con que se tratara de una misión humanitaria internacional, pero al ver que el helicóptero era totalmente blanco, que no llevaba símbolos de la Cruz Roja ni insignias, ni banderas extranjeras, el alma se les cayó al piso. Era otro traslado, más cautiverio. Se miraron con tristeza. “Bajaron unos personajes absolutamente surrealistas –relató luego Ingrid–, con unos trajes extraños. Me pregunté quiénes son, qué comitiva es ésta. Nos van a volver a poner de payasos en un nuevo circo. No quiero prestarme para esto. Vi que tenían camisetas del Che Guevara y pensé que eran de las FARC”.

Con las manos fuertemente esposadas, sintiéndose humillada por tanto maltrato, Ingrid subió a la aeronave aferrada al diccionario que un guerrillero le exigía que dejara. Pero dentro del helicóptero se produjo el milagro. En pocos minutos, los verdaderos miembros de las FARC fueron derribados por los hombres de los “trajes extraños”. El cruel y déspota César cayó tendido en el suelo, atado y con los ojos vendados. “Somos del Ejército nacional. Están en libertad”, dijo el líder de la operación. Era la una y cuarto de la tarde cuando los ahora ex rehenes saltaron, gritaron, se abrazaron y lloraron. La Operación Jaque había terminado con éxito. Según informó el gobierno colombiano, el ejército había logrado infiltrarse en la guerrilla y se había ganado la confianza de César, el carcelero de los secuestrados. Así, Colombia –con la colaboración y apoyo técnico de Estados Unidos– había concluido un operativo “de película”.

CAMINO A CASA. El helicóptero aterrizó en San José de Guaviare y luego partió hacia la base militar de Catam. Allí los esperaban autoridades militares y el presidente Alvaro Uribe, quien había recibido varios cuestionamientos por parte de la familia de Ingrid por su forma de negociar con las FARC.
Con chaleco y gorro tipo militar, menos delgada que lo esperado, con aspecto cansado pero sonriente, Ingrid bajó del avión y le dio un interminable abrazo a su madre, Yolanda Pulecio. Con ternura acarició a su marido, Juan Carlos Lecompte, el hombre que la esperó cada noche, durante seis años y cuatro meses, y enseguida saludó a Clara Rojas, su ex compañera de fórmula secuestrada con ella y liberada en enero de este año.

Pese al agotamiento y la emoción, una íntegra Betancourt se detuvo para hablarle a la prensa. “Gracias al presidente Uribe, que supo jugársela por nosotros. Gracias al ejército mío, de mi patria, Colombia, a su impecable operación. La operación fue perfecta”, afirmó con voz suave, pero sin dudar.
Mientras, en París, Nicolas Sarkozy anunciaba la liberación de Betancourt –nacida en Colombia, pero criada en Francia– y ponía en marcha el operativo para lograr su pronta reunión con sus hijos, su hermana, Astrid, y su ex marido (y padre de sus hijos), Fabrice Delloye.

Nuestras familias temían el rescate, pues era un riesgo muy grande. Pero, para nosotros, el rescate era una opción menos mala que el secuestro. No sé lo que es el agua caliente desde hace muchos años. En el avión no me acordaba cómo se cerraban las puertas de los baños”, dijo Ingrid. Y agregó que durante su cautiverio estuvo muy enferma pero fue “afortunada” de tener un compañero que la cuidó, la protegió y se dedicó a sacarla adelante, el cabo segundo William Humberto Pérez Medina.

EL MOMENTO MAS DESEADO. El día no terminó nunca para Ingrid. Desde el aeropuerto partió hacia la casa de su madre, al sur de Bogotá. Allí pasó la noche hablando sobre su cautiverio y le pidió a su marido que le comprase naranjas para desayunar. Sin haber dormido, la franco-colombiana esperaba el momento con el que soñó durante noches enteras en la selva: el reencuentro con sus hijos.

Pasadas las ocho de la mañana hora colombiana, el Airbus 219 fletado por Francia aterrizaba en Bogotá. Ingrid sintió que volvía a vivir. Allí estaban, otra vez, Lorenzo y Melanie. “Mis hijos son mi luz, mis estrellas. Por ellos seguí con ganas de salir de la selva. Gracias a Dios por este momento tan bello”, dijo. Sin soltarlos un segundo y con sus manos aferradas, dijo estar orgullosa de ellos. “Lucharon por estar conmigo; dieron una batalla hermosísima”.

Acompañada por Fabrice y Melanie, visitó la tumba de su padre, Gabriel Betancourt, quien falleció un mes después de su secuestro. Y comenzó a preparar su viaje a su segunda patria.

FRANCIA LA ESPERABA. Tras 15 horas de vuelo, el viernes 4 por la tarde Ingrid aterrizó en el aeropuerto militar de Villacoublay, en las afueras de París. Tuvo una recepción de lujo: el presidente Nicolas Sarkozy y su esposa, Carla Bruni, la recibieron con un cálido abrazo. “Bienvenida. Francia está feliz de verla”, le dijo el mandatario.

Le debo todo a Francia. Estoy agradecida de poder respirar otra vez el aire de este país, que es mi casa también”, contestó ella, llorando de alegría. La reunión continuó en el palacio del Elíseo.

Poco dijo sobre su vida en cautiverio. “Había momentos de malos tratos. Sabía que en cualquier momento podía surgir el lado cruel de los guerrilleros. Pero juré a Dios que hay cosas que se quedarán en la selva”, fue todo lo que declaró. Y se dedicó a dar mensajes de paz y programar visitas en agradecimiento a quienes hicieron gestiones por su liberación, entre ellos la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, a quien mencionó expresamente. En principio, se sabe que esta semana la política, como ferviente creyente, planea reunirse con el papa Benedicto XVI.

UN MAR DE SOSPECHAS. Las dudas sobre la Operación Jaque no tardaron en aparecer. El viernes último, la emisora Radio Suisse Romanda (RSS) difundió una información según la cual el gobierno de Colombia habría pagado 20 millones de dólares de rescate por los rehenes al guerrillero llamado César. Según esa versión, la operación había sido “un montaje” avalado por los Estados Unidos, ya que entre los secuestrados había tres ciudadanos norteamericanos.

El gobierno de Uribe salió rápidamente a desmentir la versión a través del comandante de la Fuerzas Militares, Freddy Padilla de León, quien dijo que su país “no pagó un solo centavo”. Además, el Ministerio de Defensa difundió un video tomado en el momento en que se concretó la liberación para terminar con las sospechas.
Más allá de las versiones, lo cierto es que todavía hay cientos de secuestrados en la selva colombiana. La liberación de Ingrid es sólo el principio. Algo que ni ella termina de creer: “Es que, cuando uno ha sufrido tanto, no cree que tenga derecho a tanta felicidad...”.

Un día después de su liberación, el jueves 3, Ingrid se reencuentra con sus hijos Melanie y Lorenzo, felices en el aeropuerto de Catam. Atrás, su ex esposo y padre de los chicos, Fabrice Delloye, firme luchador en todos estos años.

Un día después de su liberación, el jueves 3, Ingrid se reencuentra con sus hijos Melanie y Lorenzo, felices en el aeropuerto de Catam. Atrás, su ex esposo y padre de los chicos, Fabrice Delloye, firme luchador en todos estos años.

El final feliz de una película de terror. Miércoles 2 de julio, aeropuerto de Catam. Ingrid respira alegría, asomándose por la ventanilla del avión. Apenas se abrió la puerta, al final de la escalera la esperaba su madre, Yolanda Pulecio: el primer encuentro con un familiar tras seis años de pesadilla. Enseguida, los 15 rehenes liberados se entregaron a una oración. Ingrid lucía ropa de fajina militar y no podía contener gestos de emoción y gratitud.

El final feliz de una película de terror. Miércoles 2 de julio, aeropuerto de Catam. Ingrid respira alegría, asomándose por la ventanilla del avión. Apenas se abrió la puerta, al final de la escalera la esperaba su madre, Yolanda Pulecio: el primer encuentro con un familiar tras seis años de pesadilla. Enseguida, los 15 rehenes liberados se entregaron a una oración. Ingrid lucía ropa de fajina militar y no podía contener gestos de emoción y gratitud.

El jueves 3 se produjo el ansiado reencuentro entre madre e hijos. Un avión despachado por el gobierno francés llegó a Bogotá transportando a los hijos de Ingrid Betancourt, Melanie y Lorenzo.  Enseguida, los abrazos, los besos, las lágrimas, tras más de seis años de separación y angustia.

El jueves 3 se produjo el ansiado reencuentro entre madre e hijos. Un avión despachado por el gobierno francés llegó a Bogotá transportando a los hijos de Ingrid Betancourt, Melanie y Lorenzo. Enseguida, los abrazos, los besos, las lágrimas, tras más de seis años de separación y angustia.

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