Perder la vida en un trago – GENTE Online
 

Perder la vida en un trago

Las rotativas no paran. “Una joven salteña en coma alcohólico en el hospital de San Isidro”. Otro título:“Un estudiante de periodismo muerto por la mezcla de alcohol y éxtasis en una disco de Colegiales”. Los especialistas hablan de pérdida de valores debido a que la figura paterna está en baja, y de modas, pero muchas veces los motivos de los chicos son mucho más simples y –aunque sean peligrosos– están tan cerca de sus miedos que parecen inocentes: “¿La primera vez que tomé? Estaba muy nerviosa porque mi chico me había amenazado que si no concretábamos, me iba a largar. Perdí el miedo tomando mucha cerveza y speed con vodka. ¡Fue un debut perfecto!”, recuerda su primera vez en el alcohol y en el amor Ximena, de 18 años. Claro que las anécdotas y las noticias son acompañadas por las estadísticas: según la asociación civil Luchemos por la Vida, en 2007 el alcohol estuvo en el 50 por ciento de las muertes en accidentes de tránsito. Otro dato: en 2006, el Hospital Fernández atendió 1158 casos de urgencia por uso indebido de alcohol y/o drogas. Un años después, la cifra subió hasta 1705 y parece que quiere seguir creciendo…

Liberacion femenina. La igualdad de sexos es un hecho: las mujeres recuperaron el terreno perdido respecto a los hombres. El ejemplo más claro es que en la última elección a presidente, fueron dos mujeres las que se llevaron más del sesenta por ciento de los votos. Pero hay otros índices que no hablan muy bien de la liberación femenina: contando diez años hacia atrás, el 75 por ciento de las consultas por intoxicación con bebidas alcohólicas que recibía el Hospital Fernández eran de hombres. Las distancias se achicaron tanto que hoy el 41 por ciento de las personas que llegan a la guardia pasadas de alcohol (y/o drogas) son mujeres. Para conocer el mapa de los excesos sólo hace falta caminar un rato la noche porteña o del conurbano bonaerense.

Es la una y cuarto de la mañana de un sábado de marzo. En la esquina de Aráoz y Güemes patrulla un móvil policial, mientras el delivery de cerveza no para de facturar. A los chicos no les preocupa demasiado la presencia de la ley y hacen la previa en los cordones de la calle para entrar entonados a Club Aráoz. Toman cervezas envueltas en bolsas, alcohol en envases de gaseosas y otros tantos empinan el codo libremente. Muchas son chicas. “Adentro te matan con los precios: tomás dos tragos y te gastás 40 mangos. Nosotras hacemos la previa en una casa con cerveza, fernet y bebidas blancas con energizante. Cuando eso no alcanza, algunas chicas lo mezclan con Rivotril o Clonazepam…”, explica una rubia de ojos celestes que se hace llamar Ferchu. Tiene 17 años. Sus amigas fuman y toman cerveza sentadas en la entrada de un edificio de la cuadra. “… Ojo que a mí con el alcohol me alcanza”, se excusa.

Una noche como ésta, pero cinco meses atrás, Camila Rodríguez (una chica como ellas, de 16 años) tenía pensado bailar en una fiesta de egresados, justo en este boliche. Algunas amigas dicen que tomó licor de chocolate, otras fuentes que combinó éxtasis con vodka. Más allá de eso, antes de subir al colectivo 132 que la llevaría a Palermo, Camila quedó tendida en la puerta del colegio Marianista de Caballito. El cóctel fue tan terrible que murió esa misma madrugada, la del lunes 15 de octubre.

Pastillas para no soñar. Les ponen nombres de autos importados: Mitsubishi, Hyundai… también de consolas de juegos: PlayStation. Hablamos de pastillas, normalmente éxtasis u otros comprimidos como las benzodiasepinas: el Rivotril o el Clonazepam mencionados antes. Estos comprimidos, mezclados con alcohol, forman el cóctel de moda entre los adolescentes de los barrios bien: la “Jarra loca”.

Todo tiene que ver con la cultura de la automedicación (parte del ADN argentino) que saltó directamente de la cajita de remedios de mamá, papá o el abuelo hasta el fondo del vaso que toman los adolescentes cada fin de semana. “El uso de sustancias para modificar el estado anímico, para el cansancio o para poder dormir es algo común entre los argentinos. Después los chicos ven que el comprimido que les dieron una vez en el boliche es el mismo que toman en su casa. Es responsabilidad de los mayores”, explica el doctor Carlos Damin sobre esta tendencia que ya es un hábito para gran parte de los adolescentes.

Si caminamos por Costanera Norte, nos cruzamos con muchos chicos que deambulan viendo “qué pasa” en los boliches de esta zona. Un grupo frena cerca de la entrada Costa Salguero y baja una heladerita con fernet, cerveza, vodka y energizantes. Esa será su salida. Varios grupitos de chicas deambulan por la zona. El tema ahora es ver hasta dónde puede llegar una noche de alcohol y lo que cualquier padre consideraría “descontrol”. Así lo explica Mariana, de 17 años: “Hoy mezclar pastillas con alcohol es un trago más. ¿Quién no se clavó un bicho (una de las denominaciones del éxtasis) en una fiesta electrónica? Cuando se quedan sin guita, las chicas hacen cualquier cosa por conseguir otro trago o lo que necesiten tomar… No hay límites, ¿entendés de qué te estoy hablando?”, abre el juego la chica de San Isidro. Cuando dice “cualquier cosa” se refiere al intercambio de tragos por algún favor sexual que puede ir desde un inocente beso hasta la práctica de sexo oral.

Martín tiene 18 años, viste zapatillas Adidas azules y remera al tono. El pantalón le cae tanto que muestra la marca de sus bóxer. Parece un experto en esto del intercambio: “Es algo que circula en el ambiente y que no lo creés hasta que te sacás la duda. Yo empecé robando besos por tragos. Cuando redoblás la apuesta te das cuenta que las chicas te terminan haciendo de todo por un speed con vodka…”, sorprende el chico del barrio de Belgrano.

La licenciada en psicología Patricia Ruiz es profesora de la cátedra de Toxicología de la facultad de Medicina de la UBA. Por su trato con adolescentes, intenta traer un poco de tranquilidad: “Pueden ser casos aislados, ya que los efectos del alcohol y las drogas quitan la posibilidad de elección del objeto de deseo. En la adolescencia las condiciones de goce no están claras. Y muchas veces usan el alcohol para pasar un trance que podría ser muy angustioso, como sería la primera vez”.

Más allá de la opinión de los especialistas, nadie parece saber muy bien dónde está el límite. Pero cada vez más jóvenes lo cruzan, y muchos no vuelven más...

Una modalidad repetida: los jóvenes consumen cada vez más alcohol en la calle. La práctica va en contra de leyes y contravenciones, pero nadie hace nada.

Una modalidad repetida: los jóvenes consumen cada vez más alcohol en la calle. La práctica va en contra de leyes y contravenciones, pero nadie hace nada.

Ya de madrugada, un grupo de jóvenes toma cerveza en la esquina de Julián Alvarez y Güemes, Palermo.

Ya de madrugada, un grupo de jóvenes toma cerveza en la esquina de Julián Alvarez y Güemes, Palermo.

“¿La primera vez que tomé? Estaba muy nerviosa porque mi chico me había amenazado  que si no concretábamos, me iba a largar. Perdí el miedo tomando mucha cerveza y speed con vodka. ¡Fue un debut perfecto!”. (Ximena, 18 años)

“¿La primera vez que tomé? Estaba muy nerviosa porque mi chico me había amenazado que si no concretábamos, me iba a largar. Perdí el miedo tomando mucha cerveza y speed con vodka. ¡Fue un debut perfecto!”. (Ximena, 18 años)

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