Para la Justicia argentina, éste es el precio de estas dos vidas – GENTE Online
 

Para la Justicia argentina, éste es el precio de estas dos vidas

Medianoche del domingo 16. En la parrilla Nacho’s –Forest al 1300, Colegiales– vuelve a sonar el teléfono. Rubén Bareiro (21), que no duerme ni come desde el martes 11 –cuando allí mismo, entre esas mesas, asesinaron a su padre, Ignacio, y a su hermano, Jorge Almada–, se acerca al aparato. Su mano va a tomar el auricular, pero deja de sonar, cortan. Así, varias veces. Misterio. Por las dudas, Rubén llamó un rato antes a la policía. Una oficial de la Comisaría 37 custodia, desde entonces, la puerta del restaurante de su familia.

El local está envuelto en un pesado silencio. El martes, a las doce menos veinte de la noche, todo era alegría: el clan festejaba el cumpleaños de Jorge. En ese preciso momento, dos delincuentes, de 19 y 17 años, entraron para llevarse la recaudación de la caja: 200 pesos. Y después, inexplicablemente, arrancar dos vidas a balazos. Vidas que no tienen precio, aunque para dos jueces argentinos fueron cotizadas al doble del botín de los ladrones.

Cinco días antes de las muertes, el abogado Carlos Eduardo Rossi llegó a la sucursal 75 del Banco de la Ciudad. Allí depositó 400 pesos a favor de la excarcelación de Jonathan Aníbal Toloza Inostroza, chileno, de 19 años, decidida el 4 de julio de 2006 por la Sala VI de la Cámara del Crimen, por dos votos a favor –de los doctores Luis María Bunge Campos y María Susana Noceti de Angeleri–, y uno en contra, de Julio Marcelo Lucini, ex juez de la causa Cromañón. El dinero, contó el abogado, se lo dio el padre de Toloza, y “lo guardaba para una operación de la vista”.

El 25 de abril de este año, cuando escapaba junto a dos cómplices en un Ford Escort rojo, robado, Toloza Inostroza fue apresado por los ocupantes del móvil 743 de la Comisaría 43. Los policías contaron una feroz resistencia a balazos. Rossi, otra versión: “¿Cómo se explica, entonces, que, con todo este tiroteo, falte una sola bala en los tres revólveres y las tres armas son secuestradas dentro del auto. ¿Qué, volvieron al auto y los tiraron adentro?”. La doctora Lanz negó la excarcelación pedida por Rossi. Pero la Cámara le dio la razón al abogado. En la cédula de notificación decía que Toloza debía comparecer “ante todos los llamados realizados por el Tribunal, como así también, presentarse ante dicha sede”. El miércoles 6, según cuenta Rossi, a las tres y media de la madrugada, desde la Alcaidía de la Superintendencia de Investigaciones de la Policía Federal, en Madariaga y General Paz, recuperó la libertad. Menos de una semana después, Toloza estaba en el local de la familia Bareiro, con un arma en la mano, dispuesto a matar.

LA ULTIMA NOCHE. El martes 11, Ignacio había abierto la parrilla a las siete de la mañana. Por la noche, toda la familia festejaba el cumpleaños de Jorge. Y Rubén recuerda: “Empezamos a cenar a las nueve y a las doce menos veinte entraron ellos, al grito de ‘¡A ver… la plata, la plata!’. Uno se quedó junto a la puerta. El otro, después de revisar a todos, sacó el dinero de la caja. Papá, que había ido al baño en el primer piso, bajó apurado, sin saber qué pasaba. El que estaba en la caja le apuntó y le dijo: ‘Quedáte quietito’, y el que estaba en la puerta gritó ‘¡Tirále, tirále!’, como si mi viejo no fuera nada, ¿entendés? Mi hermano le pidió que no, que había chicos, pero el chorro le contestó que se callara la boca, que si no, los iba a cagar a tiros a él y a todos los chicos… Y le pegó un tiro a mi viejo”.

Luego, se sabe, comenzó una pelea, donde Jorge Almada fue baleado. El resto de la tragedia sucedió en un minuto. Llegó la policía, pero los primeros auxilios no alcanzaron, e Ignacio murió en el piso de su local. Luego una ambulancia se llevó al hospital Tornú a Jorge, malherido, y a Rubén, al que un delincuente había golpeado a culatazos. Jorge murió mientras lo operaban. Rubén cuenta: “Un policía me dijo: ‘Negro, quedáte tranquilo que ya agarramos a los chorros’. Y ahí me puse a llorar. Habrá sido justo cuando se fue mi hermano…”. Los detenidos, capturados tras una intensa persecución, fueron: Toloza, el menor de 17 años y un tercero, Sergio Porpic, de 34 y sin antecedentes, que conducía el taxi en que huyeron. Todos quedaron a disposición de la Jueza de Menores María Teresa Salgueiro.

VIDAS PARALELAS.En los cinco días que pasaron desde que lo excarcelaron no lo vi –cuenta el abogado Rossi–. El pibe era una liebre, nunca había estado encerrado en una prisión así. Salió mal. Los padres no lo pudieron agarrar, casi no estuvo en la casa. ¿Si hizo algo más en estos días? No lo sé. Uno se entera en qué andan cuando les sale mal”.

La historia de Toloza Inostroza que relata Rossi comienza a los tres años, cuando llegó junto a su familia desde Santiago de Chile. El abogado, que dice haber recibido la versión de la propia madre del detenido, continúa: “El pibe no tenía contención, nada. A los 16 estuvo en un instituto de menores, el Manuel Belgrano. Viene de una historia dura: el padre había estado preso por querer matar a la familia, prender fuego a la casa y dejar abierto el gas para que volaran. A este pibe lo mataba a golpes. Las denuncias las hacía la madre. Cuando veníamos en el auto, me contó que ella tiene epilepsia por los golpes recibidos. Cuando se enteró de esto se quiso suicidar”.

Según el abogado, la estadía en la cárcel empeoró la situación. “Cuando llegó a Ezeiza la primera vez lo fajaron y le dieron una puñalada que le llegó al pulmón. La madre tuvo que ir a las cinco de la mañana para llevarle ropa y comida, porque si no se mueren de hambre. En la cárcel les ponen suero en la sopa para que engorden. Cuando salen están jugados, porque no quieren volver”.

También tuvieron un origen humilde los Bareiro. Pero eligieron el otro camino, el del trabajo y la honradez, palabras hoy devaluadas. “Mis viejos se conocieron laburando en un restaurante de El Dorado, Misiones; mamá era ayudante de cocina y mi viejo, mozo”, cuenta Rubén. Una noche, Ignacio conoció al dueño de una cadena de restaurantes de Buenos Aires, que le ofreció trabajo. “Primero se vino él y atrás nosotros”, relata Rubén. Ignacio ahorró y abrió una parrilla con un socio, pero tuvieron que cerrar. Y después otra, con el mismo final. Hasta que en noviembre del 2005 llegó la tercera oportunidad: Nacho’s.

Nuestra vida rondaba en torno al restaurante. No teníamos francos, ni feriados, ni Navidad, ni Año Nuevo. Toda la familia tiraba para el mismo lado”, dice Rubén, sentado a dos metros de donde cayó su viejo. Ignacio, que tenía 48 años, abría ese local todos los días a las siete de la mañana: viajaba desde San Justo en colectivo. Y también era el que cerraba, a la medianoche. Jorge Almada, hijo de Margarita y su anterior marido, era igual que Ignacio. Para Jorge, que tenía 26, la vida era la familia y el trabajo. Rubén recuerda a su hermano: “La peleaba hasta el final. Había perdido un hijo a los 19, por un virus. Sin embargo, él sólo pensaba en contenernos a nosotros”.

–¿Y ahora, Rubén, qué vas a hacer?

–Este restaurante tiene que volver a abrir, porque de acá vivimos todos. Y, lo más importante, lo voy a abrir porque acá adentro están la vida de mi viejo y la de mi hermano.

El pago fue hecho por el abogado de Toloza Inostroza, Carlos Eduardo Rossi, el 5 de julio de este año. En primera instancia, la jueza María Gabriela Lanz, del Juzgado Nacional en lo Criminal de Instrucción 42, había denegado la excarcelación, y el doctor Julio Lucini, de la Sala VI de la Cámara del Crimen, votó en disidencia con sus pares.

El pago fue hecho por el abogado de Toloza Inostroza, Carlos Eduardo Rossi, el 5 de julio de este año. En primera instancia, la jueza María Gabriela Lanz, del Juzgado Nacional en lo Criminal de Instrucción 42, había denegado la excarcelación, y el doctor Julio Lucini, de la Sala VI de la Cámara del Crimen, votó en disidencia con sus pares.

Jorge Almada y su padre, Ignacio Bareiro, en la Navidad del 2005. Hacía dos meses que habían inaugurado Nacho’s, su restaurante. La noche del 11 de julio de este año, sus sueños quedaron sepultados en un baño de sangre.

Jorge Almada y su padre, Ignacio Bareiro, en la Navidad del 2005. Hacía dos meses que habían inaugurado Nacho’s, su restaurante. La noche del 11 de julio de este año, sus sueños quedaron sepultados en un baño de sangre.

Rubén Bareiro en la soledad de su parrilla.

Rubén Bareiro en la soledad de su parrilla.

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