Otro fin de año violento en la provincia, otra muerte absurda – GENTE Online
 

Otro fin de año violento en la provincia, otra muerte absurda

Quedate tranquila, no pasa nada…”. Cristian Andrade miró por el espejo retrovisor y le habló a su mujer, Paola, que lo había alertado: frente a ellos, a las cuatro de la madrugada del lunes 25 de diciembre, dos sombras les cortaban el paso sobre la Autopista del Oeste, a la altura del kilómetro 41. En el asiento del acompañante del Peugeot 505 color habano dormía Julián, su hijo de 11 años. Sobre la falda de la mujer, en el trasero, lo hacía Azul, su hija de siete. Quince kilómetros y pocos minutos antes habían pagado el peso con setenta centavos del peaje, y tres kilómetros más adelante, pasando el arroyo Las Catonas, estaban el puente y el desvío hacia su casa, en el country del Banco Provincia en Francisco Alvarez, partido de Moreno. Venían de festejar la llegada de la Navidad en la Capital con familiares, cansados y felices. “Quedate tranquila”, dijo entonces Andrade, y no dijo nada más.

Hace cinco días que Paola Contreras (37, los mismos que tenía su marido) revive la escena. Hoy, viernes 30 por la tarde, se la cuenta a este cronista: “Vinieron desde la izquierda, del lado del guarda-rail. Y nos tiraron algo, como si fuera una jabalina. Mi marido cayó sobre el volante. Me saqué a la nena de encima y lo agarré. Fui contra un árbol para detener el auto. Cristian estaba muy mal, un desastre, toda la cabeza llena de sangre. Yo sé algo de primeros auxilios. Desperté a mi hijo, que venía dormido. Vio ese espectáculo y gritó: ‘¡Papá!’. Yo grité, lloré… Le dije a Julián que se pasara atrás y sostuviera al padre contra el asiento. Le saqué el celular a mi marido, bajé del auto, caminé y llamé al 110, mientras mi hijo sostenía al padre y mi hija lloraba. Ni pensé en los que nos tiraron el cartel, ni aparecieron… Menos mal. Eran las cuatro y cuarto, tengo la llamada registrada en el teléfono. Y la entrada al hospital fue a las cinco. Fueron 20 minutos que estuvo ahí, sin atención… demasiado tiempo”.

Cinco horas y media después, Andrade murió en el hospital de Moreno. Tenía el cráneo fracturado por el golpe de un cartel indicador de guarda-rail. Dentro del auto, atravesándolo desde el parabrisas hasta la luneta, quedó el poste de dos metros de largo y la chapa roja y blanca, a rayas diagonales, que le arrojaron sus asesinos y que cercenó su cabeza como una navaja. A un costado de la ruta, antes del desvío hacia La Reja, aún se ve el pozo que dejaron al sacar la señal para usarla como arma. Marcelo Buxó, abogado de la familia, enumera ciertas fallas que, corregidas, podrían haber dado otro desenlace a esta historia: “La señalización vial no estaba cementada, sino clavada en la tierra y era fácil de sacar. Además, en la autopista no hay alambrado perimetral, que hubiera evitado la entrada de los asesinos. Tampoco hay un servicio de seguridad eficiente, ni de la Autopista ni de la Policía. ¡Y la gente ahí paga peaje! Estos muchachos, según testigos, estuvieron entre media hora y cuarenta minutos ahí, sentados en el guarda-rail. No ocurrió en forma instantánea. Con un solo patrullero en el puente, esto no pasaba. Se pudo haber evitado”.

TODA UNA VIDA JUNTOS. Quizás, en su agonía, Cristian no sintió dolor. Quien sí sufrió –y aún sufre– es Paola Contreras, su mujer, de 37 años, que lo conoció a los 17, cuando compartían aula, salidas y los primeros besos en el Colegio Rawson, en Capital. Se casaron cinco años después. Que tuvieron a sus hijos en el tiempo exacto que lo planearon. Que le dieron a su amigo del secundario Adrián Alvarez (sí, el hermano del RRPP Gaby Alvarez) la posibilidad de ser el padrino de Julián. Y que hace ocho vivían en el country del Banco Provincia. Dice Paola: “No nos vinimos por un tema de seguridad. Hasta que en un momento, por la inseguridad, agradecimos vivir aquí. Y ahora, que me empiezan a contar que a mucha gente le pasaron cosas parecidas en esa autopista, aunque no tan terribles, me doy cuenta de que vivimos en una cárcel”.

Y llora cuando recuerda a Cristian: “Una persona excelente, buen padre, muy deportista, representó a la Argentina en ciclismo, ahora corría triatlones… Era especial, sano. Es terrible, pero hasta el último momento hizo el bien, porque desvió el auto para que no nos pasara nada ni a nuestros hijos ni a mí… Es todo lamentable. Lo amo, lo amo mucho. Hoy fui a la Casa Central del Banco Provincia, donde trabajaba. Tengo que volver, para sacar las cosas del escritorio. Eso es terrible…Y por las noches siento mucho dolor”.

El mismo sentimiento de quienes siguen vivos tras la muerte violenta de sus seres más queridos. Como la familia de Javier Aragone, asesinado frente a sus hijos en su casa de San Isidro el 22 de diciembre. Como la del suboficial del Ejército Julio Muñoz, masacrado en Hurlingham el jueves 28. Apenas dos gotas –las que repiquetearon en los medios– dentro del mar de sangre en que se transformó la provincia de Buenos Aires. Y, sin embargo, un día antes de esta última muerte, el Ministerio de Seguridad bonaerense blandió un informe donde se jactaba de que los homicidios dolosos (con intención de matar) disminuyeron, de enero a noviembre, con respecto al 2005. Son –dicen– 82 menos. Y dio la cifra: ¡979! ¡Tres muertes violentas por día! En ningún lugar del informe se mencionaba la palabra “perdón”. Y nadie de ese organismo llamó a Paola, tampoco. Ni sabrán que ella, en medio del caos de aquella noche, de la sangre sobre los regalos navideños ni el gatito de juguete que piensa limpiar porque su hija Azul, pese a todo, quiere jugar con él, comenzó a sacar fotos (tarea que completó un policía) porque Cristian –que era productor de seguros y los fines de semana editaba, en video, fiestas y cumpleaños de 15– siempre le decía “si algo pasa, tomá las imágenes…”.

Afuera de la casa de pisos blancos y dos plantas, Azul juega con amigas en la pileta. En su habitación, junto a una batería, Julián revuelve su computadora para buscar las mejores fotos de su papá. Ellos vieron todo. Y hoy son la principal preocupación de Paola. “Están asistidos psicológicamente desde el primer momento –cuenta–. Nosotros tuvimos un incidente familiar, algo traumático, con un arma. Y yo tardé en decírselos. Cristian me lo recriminaba. Aprendí, y no les voy a mentir a los chicos. Azul me decía: ‘Mamá, ya no tengo papá’, y son cosas tan difíciles… Ahora sólo quiero justicia”.

El mismo día de la entrevista con Paola Contreras uno de los presuntos asesinos de su esposo estaba detenido. Se trata de un menor de 17 años, que se presentó como testigo y cayó preso de las preguntas del fiscal de Moreno Horacio Chiminelli pero, sobre todo, del reconocimiento que hizo de él otro testigo, al que minutos antes que a los Andrade habían intentado detener en el mismo tramo de la autopista, arrojándoles el cartel, para robarle. Esta persona, que viajaba con su mujer y otro matrimonio –y felizmente pudo esquivarlos–, también le contó al fiscal que los ladrones estaban armados. El restante, de 25 años, había sido perfectamente identificado el viernes 30, al cierre de esta edición, y estaba con pedido de captura. Es muy probable, entonces, que cuando estas líneas estén en manos de los lectores, los asesinos estén presos. Y que en otro fin de año violento, la Justicia haya ganado una pequeña batalla. La imagen terrible del poste con el cartel dentro de su Peugeot 505. En el ángulo izquierdo, Paola, su mujer, todavía en la escena de la tragedia.

La imagen terrible del poste con el cartel dentro de su Peugeot 505. En el ángulo izquierdo, Paola, su mujer, todavía en la escena de la tragedia.

Cristian Andrade junto a su familia y Papá Noel, ya en la madrugada del 25 de diciembre, cuando todo era felicidad.

Cristian Andrade junto a su familia y Papá Noel, ya en la madrugada del 25 de diciembre, cuando todo era felicidad.

El Peugeot 505 destrozado y ensangrentado por el cartel.

El Peugeot 505 destrozado y ensangrentado por el cartel.

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