Otra vez el horror – GENTE Online
 

Otra vez el horror

Los españoles aman los trenes,
su andar sereno y hasta ahora seguro. Están

orgullosos de las vías que atraviesan el territorio uniendo pueblos pequeños y
ciudades bulliciosas.

El 11 de marzo se rompió el encanto. Un aquelarre de sangre, muerte y dolor
marcó para siempre la historia del país. Otra vez el terrorismo. Un mal que
persigue a los españoles desde hace más de 50 años a manos de la ETA, pero que
esta vez todo apunta hacia otro origen: el grupo Al Qaeda, la agrupación
terrorista islámica liderada por Osama Bin Laden, que se cobra miserablemente la
participación del gobierno de Aznar en la guerra de Irak.

A las seis y media de la mañana del jueves pasado (11 de marzo), cientos de
trabajadores y estudiantes arropados para protegerse de los últimos fríos del
invierno llegaron a la estación de Guadalajara, una ciudad típica de la meseta
castellana -distante a 90 kilómetros de Madrid-, para dirigirse a Atocha en el
tren de cercanías C2. En Alcalá de Henares, otra ciudad importante de Castilla
la Mancha por ser la cuna de Miguel de Cervantes Saavedra, subieron cientos de
viajeros con la misma y digna misión de cumplir con la rutina de trabajar o
estudiar. La música funcional acompañaba los pensamientos de los viajeros y de
vez en cuando los anuncios de los pueblos en los que se iba sumando gente común,
como usted o como yo. A las 7,37, ya en el centro de Madrid y a pocos metros del
andén, recibió la orden de detenerse para dejar paso a otro tren de cercanías
que venía atrasado. Fue en esa detención , dos minutos después -a las 7, 39-
cuando una explosión brutal rompió la versión de la vida que amamos. Sangre,
gritos, la huida para algunos y la muerte para muchos. Después, el silencio
obsceno que sigue al triunfo del horror. A esa hora, la estación de Atocha, una
de las dos centrales de Madrid junto a Chamartín, lugar de salida y llegada del
AVE, el tren rápido de la red ferroviaria española, está colmada de gente. En
ese horario, entre las 7 y las 8,30 a de la mañana, unas cuarenta mil personas
utilizan el servicio de cercanías del corredor de Guadalajara. Como en la
estación de Tokio, se necesitan empujadores para poder ascender a los vagones, y
abandonar la estación se hace difícil. Ni un minuto había pasado cuando otras
dos explosiones repitieron la ceremonia macabra de la destrucción. Había humo,
la gente se caía doblegada por el pánico y el dolor, una chica se tapaba la cara
con un pañuelo y abajo sólo había carne quemada y pegoteada con pelo. Cientos de
cuerpos mutilados y semidesnudos yacían desparramados y sus teléfonos celulares
seguían llamando, cada uno con la música que, seguro, habían elegido en
complicidad con ese ser amado que lo estaba haciendo sonar buscando escuchar esa
voz, una tranquilidad, la certeza de que la vida seguiría como antes. Todo había
cambiado. Los gritos, la histeria y los ataques de pánico se mezclaban con las
órdenes de la policía y los servicios de emergencias que empezaban a luchar por
salvar vidas. Trataban de evitar, además, que las mochilas que los terroristas
habían dejado para provocar más explosiones en cadena, lograran detonar. Cada
una de las mochilas abandonadas en los tres vagones que estallaron tenían entre
8 y 15 kilos de titadine -un explosivo similar a la dinamita-, nitroglicerina
para potenciar la explosión, cables de conexión y un teléfono celular, que, al
sonar y producir una señal eléctrica, por mínima que fuera, lograra detonar la
carga explosiva.

Paralizados, los operadores que dan entrada y salida a los trenes de cercanía de
Atocha todavía se preguntan qué hubiese pasado si ese tren llegaba en horario al
anden y las explosiones ocurrían bajo los techos de la estación. Volaba por el
aire un símbolo idolatrado por los madrileños, un ícono de la ciudad. Un
equivalente, sí, a las Torres Gemelas de Nueva York.

Eran las 7,39 y el pandemonium apenas comenzaba. Tres minutos después, a sólo
800 metros de la estación, y en los últimos vagones de otro tren que iba hacia
los andenes de Atocha, estallaron otros cuatro artefactos. Simultáneamente, a
las 7,42, otras bombas estallaron en el apeadero de El Pozo del Tio Raimundo y
en la Estación Santa Eugenia. Dos localidades cercanas a Madrid habitadas por
gente muy humilde, trabajadora y, en particular los de El Pozo, grandes
luchadores por la recuperación de la democracia en España que, hermanados en sus
ideas, comparten barriadas vecinas. Fue en el apeadero y las calles linderas
donde más muertos se produjeron: cerca de 70. Todos seres indefensos. Raúl
Santamaría, 21 años, recuerda cómo esa mañana despertó y desayunó parado en la
cocina de su casa. Llegó corriendo a la estación, se sentó y el tren empezó su
marcha: "Sólo recorrimos cinco o diez metros cuando escuché la primera
explosión. Desperté en el suelo y el techo cayó sobre mí cuando escuché el
segundo estruendo. Salí pitando, salté una valla y fui corriendo hasta mi casa.
En esos momentos sólo pensaba en salvarme. Ahora estoy completamente sordo y no
quiero salir a la calle. Los médicos dicen que es normal pero a mí me parece
horroroso".

A pocos metros de la Estación de Santa Eugenia está el Colegio Ciudad de
Valencia, uno de los más grandes de Europa, con 1.000 alumnos y un servicio
especial para que los padres dejen a sus hijos temprano, mucho antes de que
empiecen las clases para poder irse al centro de Madrid a trabajar. El día
entero fue de nervios y angustia para los chicos y los maestros. Cuando promedió
la tarde, la realidad fue horrible. Diez chicos no fueron retirados por sus
padres y el dolor fue de todos. Los docentes lloraban y se preguntaban cómo van
a contener a esos chavales. Pero fueron los pequeños los que dieron cátedra de
vida. Pintaron sus manos de blanco y llenaron el frente del colegio con las
huellas limpias como símbolo de lo que quieren, del futuro que esperan. Uno de
ellos se secó las lágrimas con la manga de su saco y luego escribió: "Aquí viene
el tren/ vestido de rojo y blanco/ rojo de sangre/ blanco de espanto/ Aquí viene
el tren/ vestido de muerte/ matando personas/ que no tiene suerte
". Se llama
Francisco Javier Fernández, un chico español que espera tener un destino
diferente. Así sea.

La imagen panorámica muestra el bestial atentado contra uno de los dos trenes más cercanos a Atocha.  A las 7,39, dos bombas estallaron en un vagón, en lo que fue el comienzo del ataque terrorista más sangriento sufrido en España.

La imagen panorámica muestra el bestial atentado contra uno de los dos trenes más cercanos a Atocha. A las 7,39, dos bombas estallaron en un vagón, en lo que fue el comienzo del ataque terrorista más sangriento sufrido en España.

En el apeadero de El Pozo del Tío Raimundo un ex alumno de la escuela Ciudad de Valencia -una de las más grandes de Europa-, completamente ensangrentado, manipula su móvil intentando  avisarle a su familia que está vivo.

En el apeadero de El Pozo del Tío Raimundo un ex alumno de la escuela Ciudad de Valencia -una de las más grandes de Europa-, completamente ensangrentado, manipula su móvil intentando avisarle a su familia que está vivo.

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