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O show mais grande do mundo

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Lo primero que suena no son los Rolling. Con oídos argentos, lo primero que escuchás es: “¡Coca, agua, Shkoool!”, “¡Coca, agua, Shkoool!”. Ese es el grito constante de cientos de vendedores ambulantes que ofrecen Skol (la cerveza más vendida en estos días), gaseosa y agua a medida que uno camina por la playa de Copacabana. Es viernes 17, cerca de las ocho de la noche, y a 24 horas de lo que anuncian como O show mais grande do mundo, los alrededores del señorial hotel Copacabana Palace ya viven una auténtica fusión de carnaval stone.

Y después sí, desde las 16 torres de sonido montadas a lo largo de la bahía de Copacabana (unas diez cuadras hacia praia Leme), la gente va entrando en clima con diferentes clásicos de la banda. Suena Start me up, suena Satisfaction y todo esto huele a cuenta regresiva.

Este recital de los Rolling Stones –el sábado 18 de febrero en Río de Janeiro– siempre tuvo como objetivo establecer una marca insuperable, digna del Libro Guinness de los records: convertirse en el show más popular de la historia del rock. Y lo consiguió: 1.200.000 personas (según el cálculo de la policía carioca) y cerca de 2 millones (según organizadores y algunos medios) estuvieron presentes. ¿La entrada? Gratis. Entonces, para disfrutar de la fiesta, lo único que había que tener no era dinero sino aguante. Paciencia.

Y aunque de antemano no lo pareciera, la actuación en Brasil estuvo íntimamente relacionada con las dos presentaciones de la banda en River. “Por una cuestión de peso devaluado, de no haberse concretado lo de Río, habría sido imposible que tocaran en River. Los costos no daban”, le explicaba a GENTE Daniel Grinbank, el organizador local, pero a su vez socio del promotor brasileño. Si bien los Stones se manejan con una cláusula de confidencialidad a la hora de hablar de números, el show de Río costó unos 5 millones de dólares, según los cálculos de los medios locales más renombrados. De esa magnitud fue el “regalito” de Carnaval que el gobierno de Río le quiso dar al pueblo carioca. Descartado el ingreso por entradas, la Prefeitura do Río (el gobierno) aportó algo más de 800 mil dólares, y los 4.200.000 dólares restantes corrieron por cuenta de los dos main sponsors del evento (Claró, la empresa de telefonía celular de CTI, y Motorola) y los derechos de televisión.

Siempre con el “¡Coca, agua y Shkoool!” como un coro mercantil interminable de fondo (de vendedores claramente provenientes de las favelas que rodean la zona céntrica de Río), bastaba pasear por la praia para sorprenderse con el impresionante escenario de 22 metros de altura, 60 de ancho y 28 de profundidad, levantado justo frente al Copacabana Palace. Con el paso de las horas, la gente iba tomando posiciones –muchos llegaron, reposerita playera en mano, para pasar la noche en la arena–, mientras adentro, en el hotel, la expectativa de los privilegiados huéspedes era poder encontrarse en la pileta, en el ascensor, ¡donde fuera, bah!, a alguno de los muchachos… Obviamente, todos los sentidos apuntaban a Mick (62), Keith (61) o Ronnie (58) en primer lugar, y luego ahí, pegadito, al “abuelo” Charlie (64 velitas ya). Pero no. Nothing por aquí, nada por allá. El núcleo duro de la banda en ningún momento dejó sus respectivas suites. Hasta la hora del show, su único contacto con el público fue asomarse a algún balcón o ventana para saludar a la gente que esperaba allí abajo, en la playa. En el encuentro cara a cara nos tuvimos que conformar con ver en la zona de la piscina al corista Bernard Fowler y al bajista Darryl Jones, dos de los pocos que abandonaron el sector de 60 cuartos reservados para la banda. A diferencia de los músicos, si algo resultaba bien visible recorriendo el hotel eran los 10 guardaespaldas australianos –inconfundible aspecto de rugbiers: ese tipo de gente cuya cabeza parece integrada a los hombros prescindiendo del cuello–, más otros 20 brasileños, responsables de custodiarlos.

Otra vez en la calle, a cada paso quedaba bien clara la típica mixtura de razas y diferencias sociales brasileñas. Ante semejante y tan variada multitud, el gran temor era la seguridad. Y así como el resultado del show fue impecable, también fue envidiable el comportamiento de la gente. El domingo, todos los medios resaltaban el hecho de que el concierto se hubiese realizado sin incidentes.

Pero la fiesta no fue sólo brasileña. Pese a que bastaba esperar muy poco para verlos en River, Virginia Giani (de Salto) y Miguel Moreno (rosarino) no aguantaron y planificaron el viaje con tiempo. Eso sí, por sus compromisos laborales (son abogados) no quedaba otra que viajar el mismo día del concierto. “Llegamos el sábado por la mañana. Ocupamos un lugar a doscientos metros del escenario. Después del concierto nos quedamos a dormir en la playa y el domingo regresamos para volver a nuestros trabajos”, le contaron a GENTE en el vuelo que los traía a Ezeiza. Su fiebre stone no termina allí: pese a que Miguel vive y trabaja en Rosario, viajará dos veces a Buenos Aires para no perderse los dos conciertos de River. “Sí, la verdad es que me rompen la cabeza”, aclara por si quedaran dudas. “Pero si querés un fanático ¡mal!, ese muchacho que ves ahí, el del anillo calavera igualito al que usa Richards, nos supera ampliamente”, agrega Miguel, y nos presenta a Philippe Zeller.

Philippe es canadiense, tiene 41 años, y viene siguiendo a los Stones por el mundo desde 1981. Desde aquel tour norteamericano hasta su presencia en Río, ¡ya vio a los Rolling 103 veces! Y sigue girando. “Después de los dos shows en Buenos Aires me vuelvo a casa. De ahí viajo a Europa, donde los veré en Madrid y Barcelona. Y luego espero poder seguirlos en la parte asiática de esta gira, cuando toquen en Japón”, detalla Philippe, que enseguida aclarará que es periodista, aunque no le parece “buena idea” aclarar para qué agencia de Canadá trabaja.

De pronto, la espera terminó y… showtime. A las 21.30 del sábado, Jagger, Richards, Wood y Watts atravesaron el puente de 83 metros que comunicaba el hotel con el escenario. Un cuarto de hora después arrancaron con Jumping Jack Flash, siguieron con It’s Only Rock and Roll y ya no pararon hasta dos horas más tarde, cuando provocaron el mayor delirio de la noche cerrando con Satisfaction. El pogómetro estalló como nunca en Jumping…, Start me up, Miss you y Sympathy for the devil. Pero en cuanto a clima blusero, ningún otro fue tan intenso como cuando la banda encaró Midnight rumbler, con Jagger soplando la armónica.

Al comienzo, al final, y en varios momentos de esas dos horas increíbles, al periodista se le escapó más de un lagrimón. Una y otra vez, no podía dejar de pensar lo afortunado que había sido por poder presenciar ese momento único en la historia del rock and roll. Por haber estado en O show mais grande do mundo. Por poder decir, él también: “Eu fui”.

Sábado 18 de febrero de 2006, 21.45 horas: los Rolling comienzan a tocar en Copacabana en el recital más multitudinario de la historia. El show costó unos 5 millones de dólares y fue un “regalo” de Carnaval del gobierno carioca.

Sábado 18 de febrero de 2006, 21.45 horas: los Rolling comienzan a tocar en Copacabana en el recital más multitudinario de la historia. El show costó unos 5 millones de dólares y fue un “regalo” de Carnaval del gobierno carioca.

A lo largo de las dos horas del recital, Mick Jagger no dejó de interactuar con la gente. Uno de los momentos más electrizantes fue cuando comenzó a surcar una pasarela vestido con una remera de Brasil. Con un estado físico envidiable para sus 62 años, exigió una zona de aerobic en el hotel para poder entrenar antes del show.

A lo largo de las dos horas del recital, Mick Jagger no dejó de interactuar con la gente. Uno de los momentos más electrizantes fue cuando comenzó a surcar una pasarela vestido con una remera de Brasil. Con un estado físico envidiable para sus 62 años, exigió una zona de aerobic en el hotel para poder entrenar antes del show.

Un día antes del show, las cercanías del escenario ya se empezaron a poblar de fans que bajaron a la playa.

Un día antes del show, las cercanías del escenario ya se empezaron a poblar de fans que bajaron a la playa.

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