«Nunca pensé que además de enseñar, los libros pudieran dar trabajo» – GENTE Online
 

"Nunca pensé que además de enseñar, los libros pudieran dar trabajo"

"Consumir antes de: …" La frase está escrita en la portada del libro.
Y podría referirse al texto que lleva adentro. Quizá, un cuento de suspenso.
Pero no. Es sólo casualidad. Se lee "Consumir antes de: …" porque la tapa
de cartón que encabeza el libro perteneció a una caja de "bizcochos
azucarados"
que casi milagrosamente se convirtió en libro. Casi
milagrosamente, en realidad, gracias al empujoncito de Eloísa Cartonera, la
editorial que generó una nueva forma de construir cultura.

"El procedimiento es muy simple" -cuenta Washington Cucurto, uno de los
mentores del proyecto-: "compramos cartón, lo seleccionamos, pintamos las
tapas, hacemos fotocopias y armamos los libros".
Hasta ahí, podría parecerse
a algún simple intento comercial. Pero no. Desde que en la Argentina deambula
por las calles un ejército de hombrecitos revisando tachos de basura, la
intención es otra. "Queríamos difundir escritores poco conocidos, pero sobre
todo generar fuentes de trabajo"
, explica Fernanda Laguna, otra de las
fundadoras de este emprendimiento que se encarga de comprar el cartón a un
precio mucho más elevado del corriente (en lugar de pagar 0,2 el kilo, se abona
1,5 pesos), y aparte contrata a los mismos cartoneros que los juntaban. "Nos
parece justo
", opina Javier Barilaro, el tercero de los 'padres' de Eloísa
Cartonera (nombre cuyo origen prefieren mantener en misterio), quien diseña las
tapas y quien remarca: "Queremos que leer no sea un lujo. Si tenemos libros
baratos, vendemos más y podemos contribuir a que la gente lea más. Ponemos cada
obra a 4 pesos y vendemos aproximadamente 400 por mes entre la Argentina, el
Uruguay, Chile y el Brasil"
, sorprende.

Cierta tarde en la que David Ramos (21) hurgaba entre las bolsas negras de la
calle, se acercó una chica. Era Fernanda, y le ofrecía trabajo.

-Me dijo: "tengo un laburito para vos". Y acá estoy -se golpea el
pecho David-. Lo convencí a mi hermano para que se viniera conmigo, y ahora lo
dos tenemos un trabajo más digno.
-¿Qué es lo que más te gustó?
-Todo.

-¿Leíste alguno de los libros que venden?
-Por ahora, no tengo tiempo.

-¿Te gustaría?
-Sí.

De lunes a viernes, desde Villa Fiorito hasta Almagro, David viaja con Alberto
(27) para pintar la portada de un nueva obra. En 1999, Alberto había perdido su
trabajo.

-¿Y qué pasó después?
-Había trabajado diez años en una fábrica textil, nació mi hija y al mes me
echaron -recuerda Alberto-. Debí cerrar los ojos y salir a la calle. No te queda
otra que revolver la basura con el riesgo de contagiarte cualquier cosa.

-Y ahora volvés a tener trabajo.
-Gracias a Dios.

-¿Leés lo libros?
-Leí varios como para poder recomendárselos a la gente.

-¿Tu autor preferido?
-Lamborghini.

Entre los 42 títulos publicados, se entremezclan nombres reconocidos como el de
Leónidas Lamborghini, Ricardo Piglia, César Aira y Rodolfo Fogwill, con
escritores jóvenes que todavía no encuentran espacio en editoriales
tradicionales. Lamborghini halaga: "Es una publicación muy sui generis y
maravillosa, puesto que reúne a escritores poco conocidos y ayuda a la gente que
hoy carece de trabajo".
Fogwill tampoco reserva elogios: "No creo que
resuelva el problema de ningún cartonero argentino pero es una suerte que
existan editoriales que no sólo buscan lucrar".

La historia de Eloísa Cartonera comenzó hace apenas un año y un mes. En marzo de
2003, el trío de artistas se juntó para ejecutar la idea. Washington Cucurto
-escritor de La máquina de hacer paraguayitos, Cosa de negro y Noches vacías-,
Fernanda Laguna -autora de Durazno reverdeciente, Sueños y pesadillas y 3 y 4, y
a cargo de la galería de arte Belleza y Felicidad- y Javier Barilaro -diseñador
gráfico-, decidieron que era el momento. "De un pequeño acto podés llegar a
hacer algo grande",
marca Fernanda. "Antes me preguntaba qué podía hacer
yo para ayudar, si me resultaba imposible resolver tantos problemas de la gente.
Pero de golpe te das cuenta de que no hay que esperar, que las cosas se van
construyendo de a poco y que, sea donde sea, tenés que efectuar el primer paso
."
El éxito inmediato los sorprendió a los tres. "Aunque trabajamos mucho para
lograrlo"
, aclara Javier. Washington está más que alegre. "Nunca pensé
que además de enseñar, los libros pudieran dar trabajo"
, sostiene.

Empezaron armando y vendiendo en una verdulería de Almagro, en Guardia Vieja
4237, hasta que los libros le ganaron el espacio a las frutas y los vegetales.
Donde hubo lechuga y bananas, hoy sólo quedan pilas de cartones esperando su
transformación. Los caminantes se detienen, incluso más que antes, porque la
vidriera sigue siendo tan colorida como antes. A través del vidrio se ve la
estantería llena de letras y témperas que descansan sobre el color madera del
cartón: "Mil gotas", "Trento", "El pianista"… De repente, entra un
hombre, recorre con su mirada el local que conocía de antes e interrumpe a
Gastón Trota (21), ex cartonero, que ahora se gana, en la editorial, sus 3 pesos
por hora trabajada. "¿Cuál me recomendás?", pregunta el hombre. "Todo
Aira
", responde Gastón. Entonces, el hombre saca su par de billetes de dos
pesos, paga, toma el libro y parte sabiendo que hasta aquellas cajas que tiró a
la basura, son capaces de darle una lección.

En su local de Almagro, los cartoneros y los fundadores de la editorial (Washington Cucurto -al fondo-, Fernanda Laguna -sentada- y Javier Barilaro -de barba-) se juntan para armar libros, ciento por ciento artesanales.

En su local de Almagro, los cartoneros y los fundadores de la editorial (Washington Cucurto -al fondo-, Fernanda Laguna -sentada- y Javier Barilaro -de barba-) se juntan para armar libros, ciento por ciento artesanales.

Washington Cucurto y los cartoneros Alberto Díaz y Gastón Trota, en acción.

Washington Cucurto y los cartoneros Alberto Díaz y Gastón Trota, en acción.

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