«Nunca le tuve miedo a la muerte» – GENTE Online
 

"Nunca le tuve miedo a la muerte"

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Hablo con Dios
GENTE voló 3000 km con Christian Barnard

Doctor Barnard: ¿cuántos pacientes murieron en su mesa de operaciones?
–Ninguno debido a transplantes de corazón. En mi carrera de médico murieron algunos pacientes, como en la carrera de cualquier otro médico en el mundo, pero por razones que escaparon a los que participamos en la operación.

–Para llegar a un transplante exitoso como el de Washkansky, ¿existieron experimentos que fracasaron pero que obviamente no se dieron a publicidad?
–No. Antes de Washkansky no había experimentado jamás con seres humanos. Tengo un gran respeto por la vida.
No sé si a usted le hubiera pasado lo mismo, pero creo que sí. Cuando Christian Barnard me dio la mano sentí como si estuviera apretando un pequeño corazón. Cálido, blandito, húmedo, un corazón como todos nos imaginamos que es. Sentí, como digo, como si estuviera profanando algo.

Tiene 44 años, dos hijas y una rapidez para redondear las respuestas que asusta. Hace apenas dos meses se transformó en uno de los hombres más importantes del mundo, cuando por primera vez transplantó el corazón de un ser humano.

–¿Qué sintió durante la operación a Washkansky?
–Creo que fue algo que cambió la vida de todos los que participamos en la operación. Por eso fue una gran desilusión comprobar 18 días después que la causa de su muerte fue algo ajeno al transplante, una infección pulmonar que cualquiera puede sufrir.

–Se dice que tiene artritis y que en cinco años dejaría de operar...
–Sólo la mitad es cierto. Tengo artritis en mi mano derecha, pero nunca me preocupé pensando en que no podía operar más.

–¿Qué haría si no pudiera operar más?
–No lo sé. Probablemente me moriría.

–¿Qué piensa de Dios?
–Me gusta El. Uno puede hablar con Dios y pedirle que lo ayude y guíe para hacer las cosas lo mejor posible.

–¿Qué viene a hacer a la Argentina por solamente dos días?
–Para ser sincero, no estaba en mis planes. Pero me encontré en Sudáfrica con Carlos Montero, del Canal 13 de su país, y no sé bien cómo me trajo. Creo que porque lo sentí un amigo sólo al verlo y ya no pude hacer nada más. Pienso que si en un país son todos como Montero, no deben tener mayores problemas para conseguir lo que quieran.

–¿Nunca tuvo miedo?
–Sí. Todos los seres humanos tenemos miedo a algo. Siento miedo cuando opero y pienso que no voy a dar lo mejor de mí. Hay muchas cosas a las que temo, pero lo importante es tener confianza en lo que uno hace.

–¿Operaría a su madre?
–Mi madre tiene un corazón más fuerte que el mío, pero si fuera necesario hacerlo, sí, la operaría. Es probable que llore antes de hacerlo, pero lo haría con el mismo cariño y los mismos deseos de salvarla que con cualquier otro paciente.

–¿Qué piensa de la muerte?
–Prefiero no pensar nada de ella, para evitar que me devuelva la cortesía. Escuche: ¿usted cree que me dejarán ver el aterrizaje desde la cabina?

Lo dejaron. Cuando salió no estaba nervioso, quizás algo divertido o algo cansado o algo resignado o algo contento. En dos pasos estuvo al borde de la escalera del avión, con la mano levantada, la sonrisa puesta y su personalidad de ejecutivo de la esperanza. Y me dieron muchas ganas de sonreír y de reír. Porque ya es sabido que uno llora ante la muerte y ríe ante la vida. No sé si usted va a entenderme del otro lado de la revista, pero después de haberlo conocido siento un gran placer sólo al escribir su nombre y apellido. Por eso le pido que me disculpe y me deje terminar la nota sin intentar definir lo indefinible y gozando con cada letra golpeando las teclas así, imitando los latidos del corazón, Christian Barnard, Christian Barnard, Christian Barnard.

Sandro
Su historia más cierta jamás contada

Por?

–Hay gente que lo dice.
Había olor a nada, como hay en todas las oficinas. Esta queda en el quinto piso de un edificio de la calle Tucumán y tiene, además, una sala de música con un piano y un salón de entrevistas, que es donde estamos. El tiene la camisa abierta, el pelo revuelto y fuma con fervor; casi parece personaje de un tango. Siempre pensé que se llamaba Sandro por la conjunción de su apellido –Sánchez– y el agregado del “dro” por alguna otra razón. Pero no. Se llama Sandro porque era el nombre que le gustaba a su mamá antes de que él naciera. Después le pusieron Roberto, pero en cuanto pudo se puso Sandro y no le fue tan mal.
–¿Y qué es lo que dicen?

–Un sociólogo americano escribió que cuanto uno más sube en la pirámide del éxito más solo se encuentra. Por eso te pregunto si te sentís muy solo…
–Además del sociólogo americano hubo un árabe que largó un proverbio parecido. Dijo que cuanto uno más se apura, más pronto llega al desierto. ¿Es lo mismo, no? Pero depende. Cuando avanzo llevo de la mano a los que quiero, así no me siento nunca solo…

–¿Y a quiénes querés?
–A muchos.

–Tu mamá, por ejemplo.
–Eso es otra cosa.

Sandro y mamá
–¿Otra cosa?
–Sí. No la mezclo para nada con todo esto. No quiero. A ella tampoco le gusta. Es lo que más quiero en el mundo y quiero tenerla separada de mi trabajo. Así y todo la embroman bastante…

–¿Es joven?
–Sí, cuarenta y cinco.

–¿Cómo la embroman?
–Le piden cosas. Le hablan para que interceda ante mí. Vos fijáte: los que te quieren un poco siempre le hablan a tu vieja, los que te tienen bronca te rayan el coche… Al final son pocos los que te enfrentan a vos.

Sandro y papá
–¿Murió?
–Sí, no hace mucho. Del corazón.

–¿Qué te decía?
–Cuando me dio la llave de casa me dijo: “Adelante. Hacé lo que quieras, pero hacélo bien”. Nunca lo olvidé.

–¿Te daba muchos gustos?
–Los que podía. Yo sabía que no vivíamos en un hogar donde sobraban las cosas, así que no le exigía nada. Por eso empecé a trabajar de chico.

–¿Qué hiciste?
–Un montón de cosas. Lo primero fue trabajar en un taller que queda cerca de casa, como aprendiz de tornero. Después, changuitas. Fui camionero y manejaba solamente en la ruta, porque no tenía edad para registro todavía. Uno se va haciendo duro aunque no pierda la ternura.

Sandro y sus novias
–Ahora no tengo.
–De acuerdo, pero alguna vez estuviste enamorado.

–Una sola. Ya hace años.
–¿Por qué no se te conocen mujeres?

–Porque yo no quiero. Porque el que está con las mujeres es Roberto y no Sandro. Si me quieren inventar romances, yo los dejo igual.

Sandro final
–A veces estoy medio cansado. Hace seis años que no tengo ni un solo día de descanso, de vacaciones. Y estos días de Carnaval me matan.

–Decíme: vos ya tenés casi todo lo que se pueda querer. Casas, cuatro coches, plata suficiente como para no hacer nada más en tu vida... ¿Por qué seguir corriendo de un lado a otro? ¿Qué te da eso?
–Mirá, loco. Si a mí me dijeran que en este mismo instante se acabó mi carrera, pero me van a aplaudir una sola vez más como lo hacen siempre a cambio de dar todo lo que tengo, no lo dudo. Lo doy, loco, lo doy todo. ¿Vos sabés lo que es estar ahí arriba y sentir que son cientos, o a veces miles, los que te aplauden a vos? Pensás en todo en ese momento. En el conventillo, en la guitarra rota del principio, en el primer afiche, en la vieja, en tu hijo que vendrá alguna vez, en vos. Y te juro, loco: yo no lloro nunca, ya te dije; pero ahí me dan ganas de llorar… Y vos me preguntás qué me da hacer esto… El día que tenga que dejarlo, me muero…

Entonces Sandro, firmaste el autógrafo que te pedía esa señora, me sonreíste como diciendo “¿entendés?”, dijiste que el vino era muy bueno, palmeaste a Jorge que estaba a tu lado, y existías. Existías, caramba, con una fuerza y una presencia que hacían innecesario todo intento social de saber por qué eras ídolo. No había que explicar por qué ganabas. Estaba todo muy claro. Fue un gusto conocerte, vital.

“Aconsejo enfrentar las dificultades con una sonrisa. Es la mejor arma para pelearle al miedo y mantener en primer plano la esperanza”, repetía Víctor.

“Aconsejo enfrentar las dificultades con una sonrisa. Es la mejor arma para pelearle al miedo y mantener en primer plano la esperanza”, repetía Víctor.

Ezeiza, llegada del vuelo 321 de A.A., Río de Janeiro-Buenos Aires. Víctor, cámara en mano, desciende por la escalinata del avión junto al doctor Christian Barnard.

Ezeiza, llegada del vuelo 321 de A.A., Río de Janeiro-Buenos Aires. Víctor, cámara en mano, desciende por la escalinata del avión junto al doctor Christian Barnard.

Sandro y Víctor, muy jóvenes, con un piano de por medio, compartieron canciones y confesiones. “<i>Si dejo la música me muero</i>”, dijo el ídolo.

Sandro y Víctor, muy jóvenes, con un piano de por medio, compartieron canciones y confesiones. “Si dejo la música me muero”, dijo el ídolo.

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