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“Nos casamos, pero no estamos embarazados”

“Nos casamos, pero no estamos embarazados”

Redacción Gente

Estaban destinados a encontrarse, a pesar de que ella es hija de la llanura,
del campo, del verde (nació y vivió en Dolores), y él, hijo del asfalto y del
smog
. Estaban destinados a encontrarse: los dos son actores, y más tarde o
más temprano, en tablas o en estudios de tele, coincidirían. Es posible -suele
suceder- que, en esa coincidencia, estuvieran destinados a competir, acaso
fieramente, sacándose chispas, como también suele suceder. Sin embargo, ese
tercer dado, el más bravo, salió al revés y ganador. Inés Estévez y Fabián Vena,
juntos desde hace seis años y pareja a partir de los días en que trabajaron
juntos en la pieza Ha llegado un inspector, del inglés J. B. Priestley,
dirigida por Sergio Renán, se casaron casi en secreto y desafiando los
infaltables rumores. “¿Crisis de pareja? Es increíble… Cada vez que alguien
echa a rodar ese chimento… ¡Estamos mejor que nunca!
“, se ríe ella. Y
Fabián, el peculiar detective Mosca, en la tira que acaba de terminar en
Telefe
, hace el contrapunto, pero en la misma clave: “No nos afecta. Es
el juego de la prensa, y lo jugamos sin quejarnos, a pesar de que no nos gustan
las mentiras. Pero somos actores, estamos expuestos, y bancamos lo que venga,
siempre que no haya agravios ni mala onda
“.

LA VIDA SOLOS. Inés (40) jamás olvida los años pretéritos. Familia
sólida: madre profesora de francés, padre empleado de Obras Sanitarias, tres
hermanos, casa sencilla sin televisor pero con muchos libros y buena música, y
hacia sus 17, más que un click, una explosión vocacional: “De pronto sentí
que si no me convertía en actriz, me moría. Y de enfermedad gravísima
“,
jura. Tanto, que sin 18 cumplidos, no con valija de cartón -cosa del pasado-
sino con bolso, aterrizó en Buenos Aires, estudió teatro, recorrió el largo y
arduo espinel de los comienzos (anonimato, espera de una oportunidad, menos
alegrías que desazones), y en el 92, la consagración en la película Matar al
abuelito
. Después, como tocada por los dioses, su carrera no pisó el freno:
Verdad/Consecuencia (tevé), papeles en otros nueve films -estuvo notable
en La nave de los locos-, dos años de epifanía (99 y 2000) debidos a su
Jimena Soria de Vulnerables, que instalaron dos Martín Fierro en un
estante de su biblioteca. Más tiras: Cuatro amigas, Tiempofinal, y
de pronto, uno de esos días en que el trabajo la sacaba de la cama a las seis de
la mañana y la devolvía a medianoche, el parate. Agotada, se tomó casi dos años
sabáticos, y volvió a la carga.

………………………………………………………………………

Fabián (34) sabe muy bien que trabajar con Alfredo Alcón es, en teatro, ganar
la medalla de oro. Y que, si además de Alcón, la cosa sucede en el teatro San
Martín, la medalla llega con cinta de terciopelo. Ya le pasó: fue hace un año en
Las variaciones Goldberg, de George Tabori, y no tuvo que golpear la
puerta: “Alfredo me eligió, y me dijo algo que jamás soñé oír: ‘Yo me acomodo
a tus horarios’ Verme en la foto del hall al lado de él es algo de lo mejor que
me pasó en la vida
“. Pero, noblesse oblige, se lo ganó, porque empezó
a remar hace dos décadas dando cada uno de los pasos de los actores serios y en
serio: estudiar a full, entender que el teatro es la madre y el padre de todo lo
demás (cine, tele), y esperar…
Esperar, por ejemplo, la noche de luces en que su personaje de Resistiré,
el perverso Mauricio Doval, le puso el Martín Fierro en las manos: casi un
natural corolario de su dura gira teatral -todo el país- con Sinvergüenzas
(versión criolla de la película inglesa Full Monty), de
Vulnerables
y de cuanto lo fue tallando como actor.

LA VIDA JUNTOS. La cuenta ella, porque él no es de ese estilo. Así: “Nunca
lo ocultamos. Simplemente, no ostentamos la relación ni la convertimos en una
especulación mediática. La vida privada es la vida privada… Al principio, la
cosa fue ‘cada uno en su casa’. ¿Cómo empezó todo? Sin misterio, naturalmente.
Trabajamos juntos en teatro y televisión, nos hicimos amigos, y casi sin darnos
cuenta empezamos a ser pareja. ¿Competencia? Jamás. Todo lo contrario: nos
entendemos, nos alentamos, nos apoyamos, somos cómplices… ¡y nos encanta
trabajar juntos!
(juntos, estuvieron hasta hace pocas semanas en Loca,
dirigidos por Luis Agustoni, en la sala Multiteatro, calle Corrientes: otro
icono del triunfo) ¿Hijos? Por ahora, no. Pero cuando digamos ‘ahora sí’, los
tendremos con el alma, el corazón y toda la fuerza
“. Y en ese punto, sí
habla él también: “Tener un hijo es sagrado, y por eso debe nacer de un
momento sagrado. Ojalá lo tengamos…
“. Y para ahuyentar los rumores, Inés
salió al anticipo con una sonrisa: “Nos casamos, pero no estamos embarazados“.

LA BODA. Primer acto: fijaron fecha. Segundo acto: la cambiaron por
problemas de trabajo. Tercer acto: decidieron que fuera secreta. Lograron que el
juez casamentero fuera a la casa en que viven (Costa Rica al 2600). Y al
mediodía del 8 de diciembre ya eran marido y mujer ante la ley de los hombres.
De allí, todos (aunque muy pocos…) a la petite fiesta. El restaurante
De Olivas Ilustres
, encargado del catering, les mandó tres mozos y
almuerzo: papas picantes al alioli, minibifes con papas, palillos de carne y
crema de menta, pasta del día, flan de choclo y almíbar negro, cebollas rellenas
con cacao (¿?), lengüitas de cordero en escabeche, embutidos de mar con jamón y
cilantro, pincho de mollejas crocantes en vinagreta criolla, aceitunas rebozadas
y rellenas, langostinos en zucchini, puré de berenjenas y maní, y fainá con
queso blanco. Huelga decirlo: los invitados se fueron rodando.

Al caer la noche (tipo las ocho), llegó el peluquero Sergio Lamenza y peinó a
Inés, muy nerviosa dentro de su vestido rosa pálido con encajes y flores. Obvio:
guardia periodística. Respuesta de Fabián: “No puedo hacer declaraciones
porque tengo una exclusiva con Dios
“. Después, la fiesta. Restaurante
Azzurra (Corrientes 222, pisos 19 y 20). Apenas ochenta almas que, para entrar,
tenían que confesar los últimos cuatro números de sus celulares (ni en la CIA…).
Menú signé Pablo Massey: tagliolini al scampi, lomo Forza Italia
con puré de cebollas, champignones, queso, crema, ajos enteros, tomates y
bróccoli -una bomba-, crocante de masa fila, ravioles de alcauciles y de
calabaza, y de postre, para los que aún podían respirar, tarta húmeda de
chocolate y espuma de limón con salsa de frutilla. ¿Y los novios? Prefirieron
sushi y otros japonesismos…

En fin, el broche ideal para una historia de amor que supieron escribir a lo
largo de seis años. Y que, seguramente, se seguirá escribiendo durante muchos
años más. Bien merecido lo tienen.

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