“No perdemos la fe ni la esperanza de reencontrarnos con él” – GENTE Online
 

“No perdemos la fe ni la esperanza de reencontrarnos con él”

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"Los argentinos tienen que saber”, escribió, de noche y a escondidas de su familia, Julio Jorge López en su diario personal. En esas páginas descargó sus memorias más dolorosas: las que sucedieron entre el 27 de octubre de 1976 –cuando pasó a ser otro desaparecido de la dictadura– y el 25 de junio de 1979, fecha en que fue liberado de la Unidad 9 de La Plata. En el medio, sufrió el horror de la tortura, la picana, y presenció el asesinato de Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco, desaparecidos el 5 de noviembre de 1976 y padres de una nena de 25 días. A ella, en la celda del Pozo de Arana donde estaban detenidos y fueron vistos por última vez, le prometió que, si salía, iba a contar la verdad. Lo hizo: su testimonio, el mismo que anotó pacientemente, robándole horas al sueño, fue decisivo para que el ex comisario Miguel Etchecolatz haya sido condenado a reclusión perpetua, que empezó a cumplir en el penal de Marcos Paz el miércoles 20 de octubre. Dos días antes de esa sentencia histórica, el lunes 18 por la madrugada –hace dos meses–, López desapareció por segunda vez. Es el primero desde que la Argentina recuperó la democracia. La repetición de los fantasmas que quiso exorcizar.

UN HOMBRE COMUN. Julio Jorge López nació el 25 de noviembre de 1928 en General Villegas, provincia de Buenos Aires. Este año cumplirá 78. Hace 46, con su oficio de albañil como todo equipaje, llegó a Los Hornos, un suburbio de La Plata que entonces era puro campo. En la manzana donde levantó su casa había apenas dos vecinos. Allí conoció a Irene. Se casaron. Nació Rubén –que tiene 41– y Gustavo, de 38. Por entonces, López trabajaba para la constructora Barlotta. Estuvo en varias obras importantes de la zona: hospitales, bancos… pero también, sin saberlo, a comienzos de la década del 60 levantó las paredes de la que sería su propia cárcel: el llamado Pozo de Arana, en las calles 137 y 640 de La Plata.

El 28 de junio, frente al Tribunal Oral Federal Nº 1 de los jueces Carlos Alberto Rozanski, Horacio Alfredo Isaurralde y Norberto Lorenzo, contó cómo fue torturado por el propio Etchecolatz (a quien describió como un “tipo alto, flaco, con cara de mono”) y detalló cómo asesinaron a Dell’Orto y De Marco: “A los chicos los mataron de un tiro en la cabeza. Yo vi por la mirilla de la puerta de mi celda cómo caían”. También relató que antes de ejecutarlos, los guardias lo hicieron reconocer al matrimonio, que militaba en una Unidad Básica de su barrio. “Estaban atados a un poste y encapuchados. A la chica la habían violado. El estaba atado y con la cabeza sangrando”, dijo sin dudar. Agregó que el mismo día también mataron a Norberto Rodas, un paraguayo, y a otros detenidos que desconocía. Y señaló a Etchecolatz –ausente ese día– como quien dirigió esa matanza.

En su casa de Los Hornos, Irene (78), su mujer, lo espera con la misma angustia que hace 30 años. Quizás con menos fuerza. Pero están Rubén (41) y Gustavo (38), sus hijos, que la sostienen. Es una familia común, como tantas, cuyo jefe hoy les falta. Afuera, en el jardín, están las flores y la huerta que cultiva Julio. “Papá es un tipo tranquilo. Le gustaba trabajar. ¡Si nunca se tomó vacaciones! Ahora tiene su quintita. Y es de gustos sencillos: camina todas las mañanas, anda en bicicleta por la tarde. El único problema de salud que tiene es la hipertensión. Se tiene que cuidar con la sal. Pero no tiene Parkinson: a él le tiembla un poco la mano, nada más. Ni siquiera está tratado por eso”, cuenta el hijo mayor, que es carpintero y tiene su taller en la casa paterna. Hay un mate dando vueltas en la cocina, cebado por una mujer mayor que pide no ser identificada. Enseguida, Rubén aclara que ellos no están cómodos con la exposición: “Mi hermano no quiere saber nada de dar notas. Y a mí no me gusta, tampoco”. Por eso decidieron dar sólo tres entrevistas ahora que se cumplen dos meses: a un diario de La Plata, a una radio y a GENTE.

–Tampoco van a las marchas donde se pide la aparición de su padre. ¿Por qué?
Rubén:
No estamos en contra, pero no queremos que el tema se politice.
Irene: A él no le gustaba.
Rubén: Papá escribió: “No milito, no participo de marchas, sólo quiero justicia”. Y lo tomamos como un mandato. No queremos que nadie utilice a mi padre políticamente, por eso no vamos. Pero estamos agradecidos a todos los que hacen algo para que aparezca.

–Hace 30 años desapareció por primera vez. ¿Qué recuerdan?
Rubén:
Mi viejo no tenía militancia, pero era peronista de toda la vida, como todos los obreros en aquella época. Trabajaba de lunes a sábado, y los domingos iba un rato a la Unidad Básica y se juntaba con otros muchachos. Nos llevaba a mi hermano y a mí: corríamos carreras de embolsados, jugábamos al fútbol. Como él tenía 46 años, se la daba de técnico. Y después nos daban una taza de chocolate. Eso se terminó cuando vino el golpe. El 27 de octubre del 76, a las dos y media de la mañana, lo vinieron a buscar.
Irene: Me acuerdo cuando entraron, rompieron todo…
Rubén: Tiraron la puerta abajo y nos encerraron en una pieza. Se lo llevaron y listo. Por un largo rato no salimos a la calle. Mucho tiempo después, mi viejo nos contó que afuera estaba lleno de policías.
Irene: Fueron seis meses de ir de acá para allá. Se tocó a todos, pero nadie nos decía nada…
Rubén: A los seis meses lo “legalizaron”, lo blanquearon y lo pasaron a disposición del Poder Ejecutivo. Estuvo en la Unidad 9, detenido, durante dos años.

–¿Cuando salió les contó su calvario?
Rubén:
Para que vea cómo es mi padre, a los cuatro días ya estaba trabajando, otra vez había vuelto a su vida normal. El patrón, Barlotta, se la jugó y le guardó el puesto, con lo que eso significaba en 1979. Y nosotros no le preguntamos. En ese sentido, somos una familia rara. Ninguno pregunta, ninguno habla. Cada familia es como es, y la nuestra es así. Además, teníamos miedo de que el recordar todo eso le hiciera mal. Y, de su parte, aquello no lo compartía con nadie, supongo que para preservarnos. A alguno le contaba un poquito. Pero no mucho, ni a todos lo mismo. Lo que sí hizo fue anotar todo lo que recordó. Y en el 99, en el Juicio por la Verdad, habló. El se había comprometido con Alicia Dell’Orto para contar lo que le había pasado.

–Entonces recién ahí conocieron todo por lo que había pasado.
Rubén:
Más o menos, porque cuando declaró en el 99 nosotros no sabíamos que lo haría. Esta vez sí lo acompañamos. Y, al escucharlo, comprendí por qué insistía tanto en ir, aunque nosotros no queríamos. Nos discutía tanto que lo dejamos ir, pero no con nuestro consentimiento. Cuando volvió de declarar se sintió contento: nos dijo que había cumplido con su palabra. Inclusive, el día de los alegatos lo iban a acompañar mi hermano y mi primo. Le quería ver la cara al sujeto ése, porque cuando declaró no estaba.

–Ahora sufrió su segunda desaparición. ¿Hubo algún indicio esa noche, o el día anterior, de que algo le podía ocurrir?
Rubén:
Mi viejo estaba lo más bien. El domingo lo vi acá, porque vine a cargar la camioneta. Vio Fútbol de Primera por la noche y se fue a dormir. Incluso, mi primo vino más temprano a buscarlo. Pero a las siete de la mañana ya se había ido.

–¿No dijo nada?
Rubén:
Nada. Y eso es lo que más desconcierta: que hasta donde sabemos, no hubo amenazas, ni una demostración de que le haya pasado algo. En el barrio lo vieron entre las 9 y pico y las 10, cuatro o cinco personas, caminando a una cuadra de acá. Rarísimo…

–¿Qué piensan?
Rubén:
A esta altura, es difícil explicarlo. Si me pregunta qué quiero, quiero que esté perdido, o que alguien lo tenga. No sé si lo tendrá alguien bueno o malo, pero ojalá sea alguien que piense que lo está ayudando. Pero sería hipócrita si no pensara que alguien lo tiene secuestrado.

–¿Preguntaron por qué no tenía custodia?
Rubén:
No sé. Es que en democracia, ¿por qué iba a tener miedo? Y, la verdad, no es el momento para recriminar a nadie por eso. Yo, ahora, el único compromiso que les pido al presidente Kirchner y al gobernador Solá es que no se olviden de López, de mi viejo.

–Ustedes saben que muchos desconfiaron de su padre. Incluso Hebe de Bonafini dudó y lo dijo…
Rubén:
Me cayó muy mal. Te lo digo “amablemente”: se le confundieron los roles. Dijo algo sobre mi padre, pero en realidad la persona de la que habló era Walter Docters (secuestrado el 20 de septiembre de 1976), a quien ella conoce. Igual, no tenía derecho a decir nada de él, porque esa familia también sufrió mucho, y sé que han pedido ayuda al Gobierno, porque se sintieron agraviados. Bonafini habla y se confunde.

–¿Se disculpó con ustedes?
Rubén:
No, y no pretendo que lo haga. No me importa lo que diga, ni crear polémica. Lo único que quiero es que sigan mostrando la foto de mi viejo, y que llamen al 911 o al 0-800-333-5502 si tienen un dato.

–Es lo que importa ahora, ciertamente. Y que nadie baje los brazos hasta encontrarlo.
Irene:
Ya es la segunda vez que lo espero así… Es un excelente hombre, marido y padre. Una persona que trabajó 40 años sin faltar un solo día.
Rubén: No perdemos la fe ni la esperanza de reencontrarnos con él. Hasta que alguien no nos demuestre lo contrario, mi viejo está perdido. Estamos tranquilos porque lo están buscando, y no nos quedamos sentados. Pero el sufrimiento lo llevamos por dentro.

Como ayudar:
Para aportar cualquier información sobre Julio López, llamar al 911 o al 0-800-333-5502

Rubén López y su madre, Irene, en el frente de la casa de Los Hornos. Como hace 30 años, juntos y aguardando al jefe de la familia. Por la información que permita dar con Julio Jorge López, la Provincia de Buenos Aires ofrece una recompensa de 400 mil pesos. Sin embargo, la investigación está en punto muerto por falta de pistas concretas.

Rubén López y su madre, Irene, en el frente de la casa de Los Hornos. Como hace 30 años, juntos y aguardando al jefe de la familia. Por la información que permita dar con Julio Jorge López, la Provincia de Buenos Aires ofrece una recompensa de 400 mil pesos. Sin embargo, la investigación está en punto muerto por falta de pistas concretas.

“<i>Es la segunda vez que lo espero así… Es un excelente hombre, marido y padre. Una persona que trabajó 40 años sin faltar un solo día</i>”

Es la segunda vez que lo espero así… Es un excelente hombre, marido y padre. Una persona que trabajó 40 años sin faltar un solo día

 “<i>Ahora, el único compromiso que le pido al presidente Kirchner y al gobernador Solá es que no se olviden de mi viejo</i>”

Ahora, el único compromiso que le pido al presidente Kirchner y al gobernador Solá es que no se olviden de mi viejo

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