“Nadie puede explicar tanta crueldad” – GENTE Online
 

“Nadie puede explicar tanta crueldad”

El viernes 18 de julio, Miriam Rabago vio por última vez a su hermana, Sandra y a su sobrina, Milagros. Las dos pasaron por la farmacia en la que trabajaba Miriam para llevarle un regalo y dejarle una invitación para la fiestita de cumpleaños de Milagros. Sus papás le habían organizado una reunión con sus amigos y su familia en un salón del barrio, para el martes 29. Miriam se quedó con la tarjetita y el deseo de su ahijada: “Me pidió que le regalara un jean chupín. Era tan coqueta, tan artista, tan charlatana…”, dice hoy con la voz entrecortada. A Agustín le encantaba jugar el fútbol. Iba a séptimo grado del Instituto Perito Moreno, de José C. Paz, y ahí entrenaba su deporte favorito. Había sido el mimado de mamá y papá hasta que nació su hermana menor. Y, desde entonces, se celaban y competían por el cariño de Sandra y Marcelo Mansilla. Pero la cosa estaba bien repartida: Milagros, que recién había empezado primer grado, era la protegida de papá; y Agustín, el mayor, el compañero de mamá.

En la madrugada del sábado 2 de agosto, los dos hermanitos, de 7 y 12 años respectivamente, aparecieron atados de pies y manos, tirados en un zanjón y asesinados a mazazos a la altura del kilómetro 66,3 de la Panamericana. Los habrían matado un día después que a sus padres. La familia aún no puede concebir la brutalidad de la masacre. “No sabría cómo explicar tanta crueldad”, resume Miriam, con el rostro cubierto de lágrimas, que denotan esa mezcla de indignación y el dolor más profundo.

LA BUSQUEDA. Algo andaba mal. El jueves 24 por la noche, un sobrino de Sandra que vivía frente a la casaquinta ubicada en Washington 3415, del barrio Frino –en José C. Paz– se preocupó por la ausencia de sus tíos. El último dato que tenía era que el miércoles la familia había ido a cenar a la casa del padrino de Milagros. El sobrino llamó entonces a Miriam y le transmitió su inquietud. Le dijo que la casa estaba totalmente cerrada y a oscuras, y que el Volkswagen Polo azul de los Mansilla “había salido a toda velocidad a la madrugada” del jueves, a la hora en la que habitualmente Marcelo partía rumbo a su trabajo en la estación de servicio Petrobrás, ubicada en la entrada de Tortuguitas. “Llamamos al teléfono de línea y a los celulares de Sandra, mi cuñado y Agus, pero ninguno contestaba. Entonces le avisamos a uno de mis hermanos, que es policía. El viernes fue a echar un vistazo a la casa. Saltó el portón, se asomó y vio todo en orden, hasta las camas tendidas. Ahí denunciamos la desaparición. Cuando fue la policía, el sábado, ya la habían desvalijado”, relata Miriam.

Los investigadores comenzaron entonces, la búsqueda de la familia. El martes 29, el día previsto para festejar el cumpleaños de Milagros, Sandra, de 37 años, y su marido, Marcelo, de 41, aparecieron muertos: estaban maniatados con cinta de embalar, debajo de mantas y cartones, a la altura del kilómetro 60 del ramal Campana, en el barrio Alto Los Cardales. Habían sido asesinados a golpes. La familia de Sandra escuchó la noticia por televisión, y se alarmó ante el detalle de que el hombre llevaba puesta una camisa con el logo de Petrobrás. La certeza no tardó en llegar y así comenzó la desesperada búsqueda de los chicos, que terminó también en horror.

LOS DETENIDOS. Tras realizar una serie de allanamientos, el jueves 31, la policía detuvo a dos de los sospechosos del crimen. En la casa ubicada en la calle Velásquez 3864, en el barrio de Los Polvorines, apresó a Angel Fernández (41) y su medio hermano, Jesús Osvaldo Cáceres (47). Varios testimonios los habían señalado como responsables y habían confirmado que los presuntos asesinos eran amigos de las víctimas. En el domicilio encontraron aparatos eléctricos, un televisor, un DVD, cortinas y ropa de cama de las víctimas. Al día siguiente, Cristian Fernández (22), el hijo de Angel, se entregó a las autoridades. “Bronca personal”, declaró, y así explicó el móvil de los asesinatos. Fue también él quien confirmó: “Está muertos, los chicos están muertos”. Su padre, en cambio, negó su participación en el hecho. “Jamás haría algo así”, dijo.

Se afirma que los presuntos asesinos habrían llevado a la familia Mansilla a la casa de Los Polvorines, y la habrían mantenido cautiva hasta perpetrar los asesinatos. En la misma vivienda habitaban la madre de Fernández, Clara, de 80 años; su esposa, Stella Maris Cáceres y sus dos pequeños hijos, de dos y tres años. Angel Fernández había sido condenado en 1987 a 25 años de prisión por violación seguida de muerte. Obtuvo la libertad condicional en 2002, beneficiado por la ley del dos por uno. Pero en abril de 2007 lo detuvieron nuevamente por portación de arma de guerra. El 13 de julio de este año, en una polémica medida, el juez de Garantías de San Martín, Nicolás Schiavo, le otorgó el arresto domiciliario, monitoreado por una tobillera electrónica. Fernández supo cómo burlar el control y salió de su casa, para robar y matar. Cristian también tenía antecedentes penales: había sido arrestado en enero de 2005 por robo calificado y portación de arma y también beneficiado con prisión domiciliaria.

No tiene sangre, es un asesino. Tiene que pagar por lo que hizo”, le dijo a GENTE Marcela Fernández Rosales, hermana del detenido. Precisamente, el jueves en que se cometió el crimen, Marcela pasó por la puerta de la casa de su hermano, a una cuadra de la suya y vio allí parado el auto de los Mansilla. “Me imaginé que el Angel se había mandado otra macana. Cuando vi la noticia del crimen y reconocí a Sandra en la foto, le dije a mi marido que tenía el presentimiento de que mi hermano había tenido algo que ver”, admite Marcela, quien tuvo una crisis de nervios al confirmar sus sospechas. La hermana de Fernández no duda en señalar a su cuñada, Stella Maris, como otra de las responsables del crimen. “Mi cuñada es culpable, seguro. Ella le tenía bronca a Sandra porque le había dicho que cuando mi hermano saliera de la cárcel le iba a contar que Stella se había encamado con medio barrio”, aseguró. El lunes 4 de agosto se entregaron dos nuevos implicados: Darío Vera, alias El Sordo y su mujer, Miriam Aquino. La mujer fue liberada horas más tarde.

LA RELACION. Los Mansilla y los Fernández se conocían desde hacía 15 años. Habían vivido en casas enfrentadas en el barrio Frino hasta que el detenido cayó preso, en 2007. Al salir, se mudó con su familia a Los Polvorines. Ahora, los investigadores manejan una hipótesis que asegura que Sandra habría sido amante de Fernández y “trabajaba con él”. “Ella le marcaba casas del barrio para que él robara”, afirma un vecino. Sandra visitó varias veces a Fernández mientras estuvo en la cárcel e, incluso, había sido elegida por el matrimonio para ser madrina de uno de sus hijos. “Sandra quería reventar la casa de un tipo de Frino que tenía armas para revenderlas”, sostiene alguien que conocía a los Mansilla desde hace tiempo. Y asegura que Marcelo había echado a su mujer de su casa el año pasado, por infidelidad. Así lo confirmaron sus compañeros en la estación de servicio de Tortuguitas. La familia de Sandra, en tanto, niega rotundamente que la víctima tuviera algún tipo de relación con Fernández, ni con el delito. “Se conocían como cualquier vecino”, asegura Miriam. Y dice que el asesino se vengó porque ella salió como testigo en su contra en una causa por robo, en 2006. “El robo lo armaron juntos, pero ella lo denunció para quedarse con la plata”, afirman los vecinos de la zona, mientras la policía trabaja sobre esa hipótesis. Fernández le había jurado venganza. Y cumplió. Pero su bronca no cayó sólo sobre Sandra, también pagaron su marido y sus dos pequeños hijos. Agustín y Milagros, contentos, con dos de sus primos, en su casaquinta del barrio Frino. Fueron muertos a mazazos.

Agustín y Milagros, contentos, con dos de sus primos, en su casaquinta del barrio Frino. Fueron muertos a mazazos.

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