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Misión cumplida

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-Comandante, mi barco no va a resistir la presión del hielo. Preferimos quedarnos acá, donde ustedes nos guiaron. Estamos seguros, y podemos pasar el invierno. Ustedes salvaron a mis hombres y a mi barco. Ojalá en su propio país valoren l
a extraordinaria hazaña que acaban de hacer. Usted y sus hombres merecen los mayores honores por haber arriesgado sus vidas llegando hasta acá para salvarnos.

-Gracias, comandante, pero sólo hemos cumplido con nuestro deber. Para nosotros también será inolvidable…

(Diálogo de despedida entre el ucraniano Iván Diiky, capitán del barco científico alemán Magdalena Oldendorff, y su par Héctor Luis Tavecchia, del rompehielos argentino Almirante Irízar).

El 11 de junio pasado, el Magdalena Oldendorff, contratado para llevar de regreso a Ucrania a 108 científicos de ese país destinados a una base antártica, quedó prisionero de los colosales hielos del Mar de Wedell: una blanca inmensidad con temperaturas de 50 grados bajo cero, vientos de 70 kilómetros por hora y olas de 15 metros. Dos semanas más tarde, el 25 de junio, el rompehielos amarillo y naranja Almirante Irízar, de la Armada argentina, soltó amarras y empezó la Operación Cruz del Sur: llegar hasta el Magdalena… y liberarlo de su trampa o, en caso contrario, rescatar a los científicos. Pero el mar dijo no. Sin embargo, el Irízar no se rindió: le abrió paso a su hermano de acero hasta un punto más seguro, dejó en sus bodegas 800 mil litros de gasoil y 60 toneladas de alimentos y medicamentos, e instaló al médico argentino Juan Carlos Campanella (que antes sufrió la extirpación del apéndice, por las dudas) para atender a los 17 tripulantes que seguirán allí hasta noviembre, cuando el verano antártico ob
ligue al hielo a aflojar sus garras. Hasta ese momento, ningún barco se había arriesgado a acercarse: sólo los helicópteros del buque sudafricano Agulhas lograron rescatar y llevar a buen puerto a 108 científicos. Además, el Irízar puso a salvo al Magdalena… en la noche antártica (luz solar cero), y acuchillando hielos de hasta 6 metros de espesor.

Por eso, desdeñando la lluvia interminable y el fin de semana largo, 5 mil almas agitaron banderas argentinas y vitorearon al Irízar cuando sus casi 120 metros de eslora, 25 de manga y sus 170 hombres -ya con sus gorras en la mano- se recortaron, el domingo 18 a las tres y media de la tarde, en la bruma del puerto. Terminaban así 53 días de navegación tan extrema como azarosa, y el coro de silbatos y bocinas de más de 300 barcos de todo tipo y tamaño rindió mucho más que un homenaje: agradeció que el hielo de crecimiento explosivo (tal el nombre técnico del fenómeno) no atrapara al barco y le cercenara toda posibilidad de despegarse de esa trampa letal. Según Luis Alberto Tomei, de Control de Operaciones, la misión "tuvo una perspectiva inicial negativa: no íbamos a poder llegar hasta el buque alemán. Para colmo, enfrentamos una tormenta con olas de 15 metros que nos inclinó hasta 40 grados. Creíamos que el barco se daba vuelta en cualquier momento… La temperatura en cubierta era de 50 grados bajo cero. P
ero gracias a Dios, el Irízar respondió muy bien
".

El rompehielos argentino llega a Buenos Aires entre vítores, banderas, sirenas y silbatos. Como se recibe a los héroes.

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Más de cinco mil personas recibieron al Irízar en el puerto.

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