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“Mis maestros fueron los pobres”

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Hace algo más de medio siglo, la hermana Teresa vio agonizar a un leproso en la calle más pobre de Calcuta. Lo abrazó, besó sus llagas, lo llevó a un hospital y lo confortó hasta su último minuto. Así empezó su luminosa obra, y por eso fue premio Nobel de la Paz. En 1976, el profesor de Economía Muhammad Yunus (66) vio en la calle más pobre de Dacca, la capital de Bangladesh, a Siofia Begum, una mujer de manos callosas, casi sangrantes, que trenzaba hojas de bambú. Le preguntó cuánto ganaba, y –economista al fin– dedujo que eran apenas dos centavos de dólar por día, ya que la parte del león se la embolsaba el intermediario. Fue la chispa. En 1983, Yunus fundó el Grameen Bank de Bangladesh, su país, uno de los más poblados –140 millones de habitantes– y más pobres del mundo: casi 40 millones languidecen con menos de un dólar por día. El Grameen: el huevo de Colón. El primer banco del planeta que concede microcréditos a los pobres (préstamos de 100 a 200 dólares y a bajo interés) para que desarrollen pequeñas industrias y negocios caseros que los alejen de la mendicidad y la casi segura muerte. Desde entonces lleva entregados más de 5.700 millones de dólares, y su obra alcanza ya a cien países. Por eso, desde el viernes 13 de octubre, es premio Nobel de la Paz. La religiosa y el economista, tan disímiles, se encontraron en el camino…

En Oslo, el Comité Noruego del Nobel fundamentó así el galardón –1.400.000 dólares que Yunus ya volcó en nuevos programas–: “El desarrollo económico y social de los pobres es la única vía hacia una paz duradera, pues es muy difícil que donde hay miseria no haya violencia”. Y no menos reveladoras fueron las confesiones de Yunus en la primera entrevista periodística: “Mientras yo era un profesor que enseñaba elegantes teorías económicas, millones morían de hambre a mi alrededor. Empecé prestándoles 27 dólares a 42 mujeres de mi ciudad, Chittagong, que estaban endeudadas en esa suma, y salieron adelante. Me avergüenzo de no haber tomado conciencia mucho antes…”.

Le llovieron felicitaciones de los grandes personajes del mundo: Kofi Annan, Condoleeza Rice, Jacques Chirac, y siguen las firmas… Pero la reina Sofía de España y la princesa Máxima de Holanda fueron mucho más allá. Sofía viajó a Bangladesh, conoció de cerca el fenómeno, lo apoya y lo difunde con todo su poder, lo mismo que Máxima: en diciembre pasado desembarcó en la Argentina con una agenda de tema único: la promoción de los microcréditos. Es posible que en ambas haya influido una notable cifra: el 86 por ciento de los casi 600 mil créditos que hasta hoy otorgó el Grameen recayó en mujeres. Que, según Yunus, “son, en todo el mundo, un ejemplo de iniciativa, de abnegación y de honestidad, ya que el banco, a pesar de las predicciones agoreras de mis colegas, recuperó el 89 por ciento de lo prestado”.

Mientras tanto, en la Argentina, la obra del banquero de los pobres, como llaman a Yunus, se multiplica. El licenciado en Economía Norberto Kleinman dirige la filial nativa del Grameen. Marta Beckerman, profesora de Economía (UBA), entregó 4 mil créditos “para gente que diseña ropa, la produce y la vende, y hasta para gente que elabora tortas y empanadas”, dice. La Fundación De la Nada hace lo mismo para crear fuentes de trabajo, capacitar en oficios, otorgar becas, ampliar viviendas y crear huertas orgánicas: “El sistema se basa en la confianza, la solidaridad y la ayuda mutua, y es el mejor camino para mejorar la calidad de vida”, definen sus jefes. El Arzobispado de la Provincia de Buenos Aires generó en los primeros años el programa Manos Unidas en la parroquia San Miguel Arcángel (Berisso), a cargo del sacerdote Carlos Trillo: 50 proyectos, y créditos de 50 a 300 pesos para cinco grupos de mujeres (4 mil pesos en total) que fabrican bloques de cemento, trapos de piso, ropa, dulces, sandwiches… Tal vez ellos puedan decir lo mismo que Yunus al recibir el Nobel: “Mis maestros fueron los pobres”.

Muhammad Yunus, en su casa de Dacca, la capital de Bangladesh, acaba de saber que ganó el premio Nobel de la Paz. Su hija Dina lo abraza.

Muhammad Yunus, en su casa de Dacca, la capital de Bangladesh, acaba de saber que ganó el premio Nobel de la Paz. Su hija Dina lo abraza.

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