«Mis heridas no son una carga: son un orgullo» – GENTE Online
 

"Mis heridas no son una carga: son un orgullo"

"El 29 de mayo -justamente el Día del Ejército Argentino- nos llegó la orden
de combatir. La esperábamos, porque a lo largo de toda la noche anterior
habíamos escuchado bombardeos. Nos despertamos bastante tranquilos y contentos.
Misión: llegar hasta detrás de las líneas enemigas e interceptar a las tropas
helitransportadas inglesas en la zona del Monte Ken…"

Justo Rufino Guerrero (50, sargento primero, retiro efectivo) hace una larga
pausa, instalado entre la serenidad de hoy y la pesadilla de ayer. La serenidad
de hoy son su casa mendocina de San Rafael, Antonia Eloy, su mujer de toda la
vida, y sus cinco hijos: Evangelina Lorena (24), Mauricio Rodrigo (22), Martín
Miguel (19), y los mellizos María de Fátima y Francisco Javier (6). La pesadilla
(heroica, sangrienta) de ayer tiene ya veintiún años, cuando él era hombre del
Escuadrón Alacrán de la Gendarmería y la historia lo llevó a Malvinas.

Hace una larga pausa, sí. "En la zona de Monte Ken, como le decía... volábamos a
unos quince metros de altura cuando, de pronto, una ráfaga de ametralladora
disparada desde un avión Harrier impactó en el rotor de cola de nuestro
helicóptero, que empezó a girar, enloquecido. Caímos, el helicóptero se prendió
fuego, y las municiones que llevábamos explotaron.
Fue un infierno. Seis de mis
compañeros quedaron atrapados y murieron calcinados. Los otros, los que pudieron
salir, corrieron a rescatarme, pero les grité
'¡Déjenme, cúbranse ustedes!'
Sin
embargo, lograron arrastrarme hasta un pozo, y el sargento ayudante Acosta, al
ver que la sangre me salía a chorros, improvisó un torniquete y me salvó la
vida. Y en ese momento, el milagro: apareció un helicóptero y nos rescató…
".

EL FIN DEL PRINCIPIO. En el hospital de Puerto Argentino, el coronel médico
Barrera le salvó la pierna derecha, martirizada por el fuego y las municiones.
Pero la dolorosa historia apenas empezaba… Siguió, a lo largo de tres
interminables años de internación
en el Hospital Militar Central, con esta
asfixiante secuencia: cuarenta operaciones, y lucha entre la vida y la muerte
por una gangrena gaseosa y una septicemia. Al abandonar el hospital, su cuadro
clínico decía: "Discapacidad de ambas piernas: 85 por ciento. Pierna izquierda:
pérdida de 10 centímetros. Fracturas de tibia y peroné: 12"
. Pero tanto dolor,
tantas mutilaciones y tanto heroísmo le dejaron una luminosa huella: por su
valor y su sentido del sacrificio al pedirle a sus compañeros que lo abandonaran
y se salvaran, la Nación Argentina lo condecoró con la medalla al herido en
combate. La primera de las más de cuarenta distinciones (más medallas, diplomas)
que le cubrieron el pecho y las manos, y que hoy, en su casa, le recuerdan a
cada paso el momento de la verdad: ese instante que acaso justifica toda una
vida.

EL HEROE INVENCIBLE
. -Pero no se quedó sólo con las medallas y los recuerdos,
Guerrero…

-No. Me puse a estudiar. Le cuento. Entré a la Gendarmería a los 18 años, con la
primaria completa y algunos años de la secundaria. A raíz del convenio especial
para mayores de 25 años con estudios secundarios incompletos, pude entrar a una
facultad, pero me negué.

-¿Por qué?
-Pensamos, con mi esposa, que era inmoral…

-¿Inmoral? ¿Por qué, si el país se lo permitía?
-Creo que, aunque haya un convenio, no es justo que yo disfrute de una ventaja
que mis hijos no tienen. Si ellos para entrar a una facultad, tienen que
terminar los estudios secundarios, ¿por qué yo no? Siento que no puedo exigirles
a ellos lo que yo no hice…

-¿Conclusión?
-Mi esposa y yo cursamos la carrera de perito en Acción Social, aquí, en San
Rafael.

-¿Por qué siguió una carrera no vinculada con lo militar?
-Porque es lo que falta en la vida castrense. Uno sabe qué hacer en un combate,
pero no mucho más. La carrera social, en cambio, me permitió estar en contacto
con gente que de otro modo nunca hubiera conocido.

-¿Y de ahora en adelante, qué?
-La Gendarmería me becó para que siguiera estudiando, y elegí Derecho. Primero,
porque quiero saber, técnicamente, como se hace justicia, y después, porque la
Universidad Católica de Salta, donde estoy, tiene formación humanística e
interpretación positiva del Derecho. Como dijo Santo Tomás, "Lo que no es justo
no es Derecho, aunque provenga del Estado".

-¿Cómo se sintió en la universidad?
-Y… es un mundo completamente nuevo, y con un idioma propio. ¿Sabe lo que me
pasó en el primer examen? Estaba tan nervioso, que pensé: "Prefiero que me
ordenen poner una bomba diez metros bajo el agua que dar un examen. Pondría la
bomba con toda naturalidad…
". Pero eso ya pasó: me faltan sólo cuatro finales, y
en cuanto me reciba me gustaría seguir Derecho internacional.

-Está obsesionado con el estudio…
-Porque es el futuro. Pero no me olvido del pasado. Casi veinte años después,
gracias a una coincidencia, logré abrazar al teniente coronel Francisco
Alejandro Mariano Ramírez, el piloto del helicóptero que me salvó del fuego
enemigo. Ahora seremos amigos para toda la vida.

-¡Qué coincidencia!
-Nos encontramos en el Colegio Militar el primer día de clase de nuestros hijos:
el mío, Mauricio Rodrigo, y el de Ramírez, Martín Ezequiel. Y hay otra
coincidencia: Francisco, mi hijo menor, nació un 4 de agosto… ¡el mismo día en
que nació Ramírez, el hombre que me salvó la vida…

-Pasados tantos años, ¿qué piensa de aquella guerra?
-Que fue justa, y que tuvo una recta intención. En lo demás, la política y el
momento, no me meto. La Justicia ya juzgó el cómo, y la historia dirá el porqué.
Es todo lo que puedo decir como soldado.

-¿Y como ciudadano común?
-Estoy orgulloso. Cumplí con la Constitución: me armé en defensa de la patria.

-¿Hubiera muerto contento?
-Sin duda. Y le digo más: mis heridas son un orgullo, no una carga. Y todavía no
pagué mi deuda…

-¿Qué deuda?
-Mi deuda con la sociedad y con el país. Creo que todavía no les devolví todo lo
que me dieron.

Justo Rufino Guerrero, en el monumento de la plaza San Martín que recuerda a los caídos en Malvinas. El, en combate, eligió morir antes que poner en peligro a sus camaradas. Fue salvado por milagro.

Justo Rufino Guerrero, en el monumento de la plaza San Martín que recuerda a los caídos en Malvinas. El, en combate, eligió morir antes que poner en peligro a sus camaradas. Fue salvado por milagro.

A pesar de las secuelas que le dejó la guerra, él siguió peleándole a la adversidad. Primero se recibió de perito en Acción Social y ahora está a cuatro finales del título de abogado. Su esposa Antonia (en la foto, en su casa de San Rafael, Mendoza) siempre ha sido su más firme apoyo.

A pesar de las secuelas que le dejó la guerra, él siguió peleándole a la adversidad. Primero se recibió de perito en Acción Social y ahora está a cuatro finales del título de abogado. Su esposa Antonia (en la foto, en su casa de San Rafael, Mendoza) siempre ha sido su más firme apoyo.

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