«Mientras yo escribía la novela premiada, mi hijo Blas luchaba por su vida» – GENTE Online
 

"Mientras yo escribía la novela premiada, mi hijo Blas luchaba por su vida"

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Hace una década, cuando lo entrevisté por primera vez, Federico Andahazi tenía 33 años, ya amaba las motos, ejercía su oficio de psicoanalista en el departamento de su madre y estaba envuelto en la polvareda de un escándalo involuntario. Su novela El anatomista, la historia de Mateo Colón, el descubridor del clítoris, ganadora del concurso literario de la Fundación Fortabat, no fue publicada porque “no contribuye a exaltar los valores del espíritu humano”, según sentenciaba el comunicado oficial. Le pagaron el dinero pactado, pero sepultaron el texto. Castigo providencial: publicada por Planeta, agotó edición tras edición, capitaneó durante meses la tabla de best sellers, fue traducida a una veintena de idiomas y le hizo alcanzar a su autor el más difícil de los cielos: vivir de la literatura. Hoy, ganador del Premio Planeta 2006 con El conquistador bajo el seudónimo Remington Olivetto (humorístico homenaje a la máquina de escribir), vive en una espléndida –aunque sobria– casona de Villa Crespo, tiene una mujer, dos hijos, un gato (Satanás) y una colección de motos clásicas. Sus seis novelas y su libro de cuentos suman traducciones a treinta idiomas y vendieron unos diez millones de ejemplares. Frente a la computadora y mate en mano, se actualiza: “Ya no ejerzo el psicoanálisis, porque creo que el afán de interpretación atenta contra la literatura. Cuando publiqué El anatomista no había llegado más allá de Montevideo, pero hasta hoy llevo recorridos unos cuarenta países. Al principio, antes de escribir, investigaba en libros y documentos, pero hoy puedo darme el lujo de viajar e investigar in situ. Y recuerdo siempre, con orgullo, mi primer oficio: grabador de números de patentes en los vidrios de los autos. Al fin y al cabo, una forma de escritura frágil y primitiva”. Por lo demás, parecen perseguirlo las paradojas: “Soy un pintor frustrado, y de esa frustración nació mi novela El secreto de los flamencos. También músico frustrado, escribí Errante en la sombra, que me obligó a crear cuarenta letras de tangos”. Pero los primeros pasos no fueron fáciles: “Joven, acaso ingenuo, empecé a recorrer editoriales con mi primer libro, y descubrí la dureza, la impiedad del mercado. Era casi imposible hablar con un editor: no pasaba de la recepcionista. Y el único al que pude abordar cuando salía de su oficina me dijo: ‘No publicamos autores inéditos’. Le pregunté: ‘Cuando se mueran los consagrados, ¿se termina la literatura?’. Tomó el manuscrito, y ostensiblemente, con desprecio, para que no me quedaran dudas, ¡lo tiró al cesto de papeles!”. Pero a veces (sólo a veces), no hay mal que por bien no venga. “Decidí presentarme a cuanto concurso de cuentos había, por orden alfabético. Algunos, muy modestos, casi de barrio. Y empecé a ganarlos…”. Evoca, con orgullo, que sus obras pasaron por el nada complaciente tamiz de notables escritores: “Marco Denevi, Liliana Heker, Juan José Manauta, Luisa Valenzuela, Héctor Tizón, Raúl Castagnino, María Angélica Bosco, Tomás Eloy Martínez, Marcela Serrano, Marcos Aguinis, Osvaldo Bayer…. Tuve ese raro privilegio, y en un mundo como el literario, sujeto a pugnas, internas y mucho egoísmo. En cuanto a eso de que El anatomista no exalta los valores del espíritu humano, bueno… Ni me propuse exaltarlos, ni esa condición estaba en las bases del concurso”, ironiza. Y graba, como si escribiera en aquellos remotos vidrios, esta declaración de principios: “Detesto que se confundan los ámbitos. La literatura no es Bailando por un sueño ni la telenovela de las cuatro de la tarde. Soy un escritor, no una bataclana, y un concurso literario no es una carrera por el rating, como muchos parecen creer”. Sin embargo, parece predestinado a las tormentas: “Además del escándalo de El anatomista, muchos funcionarios del menemismo se irritaron por mi novela El príncipe, una sátira sobre los años noventa, y lo mismo me pasó con el clero al publicar La ciudad de los herejes. Es evidente que incomodo…”. Bien. Llegamos, por fin, entre mate y mate (yo, café), a las casi trescientas páginas de El conquistador, Premio Planeta, cheque por cien mil pesos. Y así lo explica, lo resume, le inyecta adrenalina: “Quetza, el héroe, un joven brillante criado por un sabio en el antiguo México, se lanza a la aventura y descubre un nuevo mundo –Europa– antes de que Europa descubriera América. ¿Qué encuentra? Barbarie: humanos quemados en hogueras por la Inquisición. Mugre. Hombres y mujeres pestilentes, envueltos en pesadas ropas e ignorando el baño, cuando en el mundo azteca, el mundo de Quetza, hombres y mujeres se bañaban en el lago a la salida del sol y hacían un culto de la limpieza y la pureza. Aun hoy, el metro de París apesta y también hay olores insoportables en muchas grandes ciudades europeas… Quetza advierte, vaticina, que esos hombres no tardarán en cruzar el océano y lanzarse a la conquista, y concibe un plan para salvar del exterminio a su pueblo”. El resto, el seductor resto, pertenece al suspenso y sólo debe ser descubierto por el lector. Ya se sabe: jamás contar los finales. Pero hay una historia (real) dentro de la ficción de El conquistador. El libro está dedicado “A Blas, de quien aprendí que la épica no es sólo un género poético, sino el modo cotidiano de enfrentar los espantajos de la existencia luchando con belleza y dignidad” . Y también “Al doctor Carlos Fustiñana y, en su nombre, a todos los médicos y enfermeros del equipo de Neonatología del Hospital Italiano”. ¿Por qué? Porque mientras Andahazi estaba en la República Dominicana recogiendo datos para su novela, Blas, su segundo hijo, nació prematuramente. “Llegó al mundo el ocho de mayo, con apenas veinticinco semanas de gestación. Se me congela la sangre cuando pienso que Blas y Quetza vivieron dramas similares. Blas soportó tres operaciones en su pancita, y aun lucha por su vida, y Quetza fue salvado de morir en uno de los sacrificios humanos de los aztecas. La mayor parte de la novela la escribí en el Hospital Italiano mientras Blas peleaba con la misma elegancia, entereza y dignidad que Quetza. Descubrí, en esos días, uno de los misterios de la literatura: su carácter anticipatorio. El conquistador es para mi hijo, para su destino, y tiene que vivir para leerla”. Le pregunto si el mundo hubiera sido otro y mejor con una Europa descubierta y conquistada por América, y no al revés. “Tenochtitlán, la ciudad azteca, era mucho más avanzada que las ciudades europeas. De una belleza, una organización y una practicidad increíbles. Una Venecia entre montañas, y capital de un pueblo dueño de una sabiduría ancestral. Y aquella guerra, la de conquista, sigue vigente en México, en Perú, en Bolivia, y nada tiene que ver con la izquierda ni la derecha. Es un proceso indigenista, un choque de civilizaciones, una perpetua batalla por la identidad. Tan vigente, que el mural de Diego Rivera sobre la historia de México muestra una barca que vuela hacia el Este, y en el fondo hay un sol invertido. Me bastó ver esa escena, y dije: ‘Esto es una novela’”. Ultimo mate, último café, última pregunta.

–¿Qué tres cosas no hay que preguntarle jamás a un escritor?

–Número uno: no preguntarle nada sobre su vida privada. Si el periodista es hábil, logrará ese objetivo sin necesidad de hacer preguntas directas. Número dos: no preguntarle nunca quién es su autor favorito, porque mentirá. Seguramente ese autor es contemporáneo y está vivo, pero el entrevistado no le dará el gusto de nombrarlo, y mencionará a un clásico. Número tres: jamás hay que sugerirle un tema. No hay taxista o vecino que no nos diga: “Tengo una historia fantástica. ¿Quiere escucharla?”. Es como una plaga. ¡Y uno oye cada boludez! Libros, discos, un gran equipo de música y una guitarra. “<i>Pero la guitarra no debe llamar a engaño: soy un músico frustrado, y también un pintor que no pudo ser tal</i>”, confiesa.

Libros, discos, un gran equipo de música y una guitarra. “Pero la guitarra no debe llamar a engaño: soy un músico frustrado, y también un pintor que no pudo ser tal”, confiesa.

“<i>Fui grabador de números de patentes en los vidrios de los autos, fui psicoanalista, y finalmente, después de recorrer editoriales inútilmente, gané varios concursos y pude vivir de la literatura</i>”, dice

Fui grabador de números de patentes en los vidrios de los autos, fui psicoanalista, y finalmente, después de recorrer editoriales inútilmente, gané varios concursos y pude vivir de la literatura”, dice

“<i>Quetza, el héroe de mi novela ‘El conquistador’, simboliza mi admiración por el antiguo imperio azteca, muy superior a Europa y su barbarie medieval</i>”

Quetza, el héroe de mi novela ‘El conquistador’, simboliza mi admiración por el antiguo imperio azteca, muy superior a Europa y su barbarie medieval

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