«Me van a olvidar y algún día voy a salir» – GENTE Online
 

"Me van a olvidar y algún día voy a salir"

Hay niebla en Sierra Chica. En el pueblo, diez kilómetros al Este de
Olavarría, los 3.000 habitantes viven la vida sin alteraciones. En el Penal, la
vida es otra cosa, si es que eso se llama vida. Estamos en la Unidad
Penitenciaria bonaerense número 2, donde se alojan 1389 internos considerados de
máxima peligrosidad. A las ocho de la mañana se abren las puertas del pabellón
10, destinado a los homosexuales. Antes de permitirles salir, el personal
requisa uno a uno a los 124 hombres que lo habitan, rutina que se hace para
evitar que alguno salga con un objeto punzante o agresivo. En el centro de la
gran plaza redonda, a pocos metros del control central, otro agente espera al
grupo para hacerlo formar de a dos y marchar hacia los talleres.

Entre los últimos en salir, se encuentra Carlos Eduardo Robledo Puch (52),
detenido el 4 de febrero de 1972, el delincuente más peligroso de la historia
criminal argentina, a quien la justicia encontró culpable de la lista de delitos
más larga atribuida a una sola persona: entre mayo de 1971 y el día de su
detención, Robledo Puch cometió diez homicidios calificados, un homicidio
simple, una tentativa de homicidio, 17 robos, una violación, un abuso
deshonesto, dos raptos y dos hurtos.

Su prontuario lo hizo acreedor al castigo más duro previsto en nuestra
legislación: el 27 de noviembre de 1980, la justicia lo condenó a reclusión
perpetua, más la pena accesoria de reclusión por tiempo indeterminado.

El Angel de la muerte, como se lo conoció en los años 70, asoma en silencio,
lejos del resto. Viste una campera bordó, pantalón gris de jogging y zapatillas.
Camina con paso rápido y nervioso. La cabeza, alguna vez colmada por bucles
dorados, está cubierta ahora por un cabello corto, ralo y canoso, y parece
hundida entre los hombros. La mirada fija en el piso pedregoso.

Lleva 32 años tras las rejas y desde hace casi cuatro, cuando técnicamente quedó
habilitado para solicitar su libertad condicional, fracasó en ese intento tres
veces. "Los medios me demonizaron", se queja y hace cargo al periodismo de su
"condena social" y de presionar a los jueces para que no lo dejen vivir fuera de
los muros.

Los términos de su condena se vencieron en febrero de 2002, pero sus pedidos
para acceder a la libertad condicional rebotaron una y otra vez en la Cámara
Penal de San Isidro. "Si la prensa no habla de mí, la gente me va a olvidar y
algún día voy a salir", dice. Sin embargo, será difícil olvidar sus palabras
cuando lo notificaron de la condena: "Algún día voy a salir y los voy a matar a
todos".

Atrapado sin salida. Tiempo atrás, le confesó a sus allegados que estaba
planeando fugarse de Sierra Chica. En su imaginación pensaba utilizar un avión
que él mismo estaba construyendo en su celda y al que nadie podría detener. La
idea nunca se concretó. No fue su único proyecto: a mediados de los años 80
decidió convertirse al evangelismo y erigirse en pastor. De ese modo, obtendría
beneficios que lo dejarían cerca de la libertad. Entonces se declaró un "soldado
de Jesucristo"
. Sin embargo, poco le quedó del entusiasmo inicial. Abandonó el
culto, sin olvidar su apasionado estudio de la Biblia, texto que dice recordar
de memoria cuando recita alguno de sus pasajes. En el 2001 llegó a sus oídos que
en la Unidad 34 Melchor Romero, donde se alojan presos con graves problemas
psiquiátricos, podría estar mejor. Pidió el traslado; se lo negaron. Una soleada
tarde de diciembre, cuando debía ir para el taller, sacó de uno de sus bolsillos
un antifaz. Metió la mano en su pantalón y sacó una tela que improvisó como capa
y comenzó una rápida carrera hacia las proximidades de la fábrica de ladrillos
del penal. Allí, en un pozo de un metro y medio de profundidad, descansaban
restos de un depósito de combustible. Carlitos, como se lo conoce en el penal,
hizo fuego con un papel y un encendedor y prendió el pozo. Después, corrió
alrededor de las llamas gritando que era Batman. Esa conducta le dio la
posibilidad de acceder a nuevas pericias y a conocer la Unidad 34. Estuvo
alojado tres meses, pero no se sentía cómodo y prefirió retornar a Sierra Chica.
Nunca llegó tan lejos como en junio de 1973, cuando se evadió de la Unidad 9 de
La Plata, trepando ágilmente con una soga el muro perimetral. La aventura duró
poco: tres días después fue recapturado. Hoy, según los peritajes psicológicos,
Puch presenta "una estructuración psicopática de la personalidad, con rasgos de
perversión y cierta ideación delirante. No existe culpa, no acepta sus crímenes
y se observó cierto grado de agresividad contenida".
Con este diagnóstico, no
hay posibilidad de ningún tipo de permiso de salida.

Amor entre rejas. El rumor tumbero dice que Carlitos mantuvo una relación
sentimental muy fuerte con un compañero de celda, pero desde que éste recuperó
la libertad, en 1999, no volvió a vincularse con otro interno. La autoridades de
Sierra Chica lo identifican como un preso de buena conducta, pero su ataques
psicóticos hacen que siga siendo considerado un peligro para la sociedad.

En su habitación tiene radio, televisión, libros, diarios y revistas de
actualidad, y una imagen de la Virgen María. Las únicas personas que lo visitan
son su padre Víctor (76), infaltable cada 22 de enero, la fecha de su
cumpleaños, y un amigo. Sus charlas hoy van de la actualidad de River, su
equipo, al análisis de la realidad política, cuya óptica es la de un nazi
confeso: "Soy un enamorado de la esvástica, y también admiro a Videla y a
Massera y a todos los militares del proceso"
, le dijo a GENTE en una entrevista
anterior.

Son las 12.30. Los internos deben retornar a sus pabellones para comer. Robledo
Puch estuvo toda la mañana realizando tareas de limpieza. Otras veces, trabaja
artesanías o pide colaborar en la cocina. En esos momentos, increíblemente,
parece ser un hombre que derrocha paz.
Los presos del pabellón 10 vuelven a alinearse y comienzan a marchar. Unos
minutos más tarde, con paso apurado, aparece el Angel de la muerte. Dice a los
gritos que se demoró porque "tenía que hacer pis". El frío se mantiene, y él
cubre su cabeza con un gorro de lana negro. Es hora de regresar a la soledad de
la celda 720.

Mañana del jueves 3, patio central del Penal de Sierra Chica. Robledo Puch sale de su celda y camina para juntarse con sus compañeros del pabellón de homosexuales

Mañana del jueves 3, patio central del Penal de Sierra Chica. Robledo Puch sale de su celda y camina para juntarse con sus compañeros del pabellón de homosexuales

Con 20 años, Robledo Puch es detenido por la policía. Era un niño bien de la zona norte, que tocaba el piano, hablaba inglés y alemán y que tenía ese aspecto angelical que originó su apodo: el <i>Angel de la muerte</i>.

Con 20 años, Robledo Puch es detenido por la policía. Era un niño bien de la zona norte, que tocaba el piano, hablaba inglés y alemán y que tenía ese aspecto angelical que originó su apodo: el Angel de la muerte.

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