Más de medio siglo sin ella, pero siempre con ella – GENTE Online
 

Más de medio siglo sin ella, pero siempre con ella

La noche caía sobre Buenos Aires aquel frío 26 de julio de 1952. A las 21.40, la voz del locutor oficial anunció en cadena nacional la noticia que millones no querían escuchar: “Cumple la Subsecretaría de Informaciones del Estado con el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las veinte y veinticinco entró en la inmortalidad la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación”. Sucedieron días de una llovizna incesante, y un mes lacerado por el silencio y el decretado duelo nacional. Hubo marchas de antorchas. Cerraron los cines y los teatros. En las radios sólo sonaba música sacra. Durante los catorce días que duró el velatorio, cientos de miles de personas peregrinaron para besar la tapa de cristal que protegía su cuerpo, embalsamado por el médico español Pedro Ara. María Eva Duarte de Perón, Evita, la mujer que sacudió la historia del país, había muerto a los 33 años, vencida por su único enemigo invencible: el cáncer.

Pasaron ya 55 años de aquella noche. Pero quienes la amaron hasta la veneración y quienes la detestaron hasta el odio siguen guardándola en su memoria. Porque “la mujer de látigo”, como la llamó una escritora norteamericana, o “el hada de los trabajadores”, como la entronizaron “mis grasitas” (así llamaba a los trabajadores), fue absolutamente insoslayable: la condición de los mitos.

En el museo que lleva su nombre, entre sus trajes de calle, sus vestidos de gala y una inmensa galería de fotos, audios, filmaciones, juguetes, máquinas de coser, su figura sigue intacta. El 26 de julio, a medio siglo y un lustro de su muerte, esa casona de Palermo en la que funcionó, entre 1948 y 1955, el Hogar de Tránsito Número 2 fundado por ella, cumplió los primeros cinco años dedicados a su memoria, y los celebró con un impresionante despliegue de objetos que simbolizan sus trabajos y sus días.

La clave es que sea Evita quien cuente su propia vida. Los textos y la voz son siempre de ella, y cada persona que la escucha en la radio o lee sus discursos puede conectarse con el personaje y su época, y ejercer un juicio crítico”, explica María Cristina Alvarez Rodríguez, sobrina nieta de Evita y directora del museo. La idea surgió en 1997 a partir de la evitamanía que desató en todo el mundo la película de Alan Parker, interpretada por Madonna: las grandes tiendas de Nueva York emulaban los modelos y el look de la mujer que también mereció una ópera: caso inédito para la figura de una primera dama…

Mi abuela, Blanca Duarte, que era hermana de Eva, aún vivía cuando ella murió. Blanca, lo mismo que Juana Ibarguren, la madre de Eva, y sus hermanos, tenían una relación hermética con los medios. Evita siempre les decía que tuvieran cuidado con la prensa, que se protegieran, y eso quedó en la familia como un fantasma. Cuando decidimos armar el museo, consulté a la familia, y al final apoyaron el proyecto con toda su energía”, recuerda Cristina.

REFUGIOS PARA DESDICHADOS.En mis hogares ningún descamisado debe sentirse pobre. Todo debe ser familiar, hogareño, amable. Mis hogares son generosamente ricos”. Eva Perón tenía muy claro su proyecto, y el Hogar de Tránsito Número 2, en Lafinur 2988, fue un fiel reflejo. La casona, remodelada en 1923 por el arquitecto Estanislao Pirovano, había sido de la aristocrática familia Carabassa, y la Fundación Eva Perón la compró en 1948 para levantar ese hogar, destinado a mujeres en riesgo social, de salud, de documentación o de vivienda que llegaban desde el interior, solas o con sus hijos, a Buenos Aires. Allí las atendían durante quince días (plazo máximo) asistentes sociales, enfermeras, médicos y las monjas del Huerto, que cuidaban la economía del lugar. En la capilla del hogar había bautismos y comuniones masivas a cargo del padre Hernán Benítez, el confesor de Evita y el único que guardó secretos que jamás vieron la luz. Hoy, a 10 pesos la entrada para no residentes y 3 para residentes, es el segundo museo más visitado del país. Una estadística que refuerza la leyenda…

El golpe militar del 16 de septiembre de 1955 borró todo rastro de aquella época. Unas doscientas mujeres fueron echadas de la casona, las propiedades de la Fundación pasaron a manos del Estado, y hasta el año 2000 funcionaron allí oficinas del Ministerio de Salud. Finalmente, el edificio –declarado lugar histórico por la Comisión Nacional de Monumentos y por la Legislatura porteña– fue convertido en museo y en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón, que recopila y custodia datos, fotos, archivos, objetos y discursos.

CUANDO LA MUERTE VIVE. El material fílmico familiar y de los noticieros de la época fue el principio del proyecto. Los Duarte aportaron objetos, vestidos y recuerdos, pero el museo se construyó con aportes privados. “Empezó a acercarse gente que traía pilas de cosas: juguetes que repartía la Fundación, cartas de Eva designando maestro, fotos inéditas… Había muchas ganas de colaborar, pero al mismo tiempo les costaba desprenderse de esas cosas tan queridas”, evoca la sobrina nieta.

El decreto 4161 de 1956 firmado por la Revolución Libertadora prohibió conservar todo objeto ligado al régimen peronista y a sus líderes, y hasta nombrarlos públicamente. Eso fue el disparador para que muchos guardaran bajo llave cuanto recuerdo, documento y retrato de Eva y de Perón había llegado a sus manos. Pero, muchos años después, esa rica documentación salió de los arcones, y hoy es patrimonio del museo para siempre.
La revolución –error del que se arrepentiría mucho después– saqueó y quemó el palacio Alzaga Unzué, residencia, hasta entonces, de todos los presidentes. Muchos objetos de Eva estaban todavía allí, tal como los dejó antes de su muerte. Perón pudo llevarse algunas cosas en la valija con la que partió exiliado al Paraguay, a bordo de la cañonera de ese nombre: eran cartas, fotos, y la primera Libreta Cívica que se emitió en el país –la número uno–, a nombre de Eva Perón, autora del derecho al voto femenino. En cuanto a las pieles y las joyas con las que deslumbró en su gira europea y americana de 1947 (España, Italia, Ciudad del Vaticano, Portugal, Francia, Suiza, Principado de Mónaco, Brasil y Uruguay), fue primero motivo de duda, y después, de aprovechamiento político.

La Libertadora no sabía qué hacer con Eva ni con sus cosas, pero al final montó una exposición para que la gente viera cómo gastaba esa mujer la plata del país en alhajas y vestidos. Pero la jugada tuvo un efecto contrario: ¡la gente iba y lloraba!”, cuenta Cristina. Otra partida de objetos fueron a parar a un depósito en lo que es hoy el Banco Ciudad, y devuelta a los Duarte-Ibarguren a principios de los años 80. Ahora, algunos son íconos de la muestra permanente del museo, y otras, de la muestra itinerante, que las lleva al interior y al extranjero. Nada se pierde, todo se transforma…

RECUERDOS DE FAMILIA. La sobrina nieta, diputada nacional del Frente para la Victoria, relata cómo se encontró con la figura de Eva. “Mi abuelo, que era peronista pero muy crítico, tenía una gran biblioteca, y me decía que leyera todo sobre mi famosa tía abuela. A los doce años empecé a leer obras de Juan José Sebreli, Félix Luna, Marisa Navarro, el libro La mujer del látigo… Cosas a favor y en contra. Y eso me permitió quererla mucho más. No la conocí, pero gracias a esas lecturas pude construir una Eva sólida, humana: la que más admiro. Una mujer común, sí. Pero ninguno de nosotros puede hacer la cuarta parte de lo que ella hizo…”.

Los cumpleaños en casa de la abuela Blanca, las Navidades, las fiestas familiares, tenían un hilo conductor: todas las fotos, sin excepción, se sacaban delante del retrato de Evita, porque ella, como dice Cristina, “fue la más importante, la luz de la familia, y para siempre. Nada de lo que hagamos o digamos puede dañar esa figura”.

En su libro La razón de mi vida, quemado de a millares después del 16 de septiembre del 55 y reeditado hace unos pocos años, se lee: “Todos o casi todos tenemos un día maravilloso. Para mí fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón”. Palabras de aquella chica nacida como hija natural (su padre se negó a reconocerla) en el pueblo de Los Toldos, provincia de Buenos Aires, cerca de Junín, en 1919. Palabras de aquella chica que a los 14 años, sin más compañía que la del cantor Agustín Magaldi y una valija de cartón, trepó a un tren rumbo a la Capital. Palabras de aquella chica que a los 26 años y para entonces actriz de segunda línea, conoció a un tal coronel Perón en el Luna Park durante un festival a beneficio de las víctimas del terremoto de San Juan, que en 1944 devastó esa ciudad y mató a diez mil almas. Palabras de aquella chica que pasó de las tapas de modestas revistas de espectáculos criollas a Paris Match, Life y Time. Porque ya era Evita para los descamisados, esa mujer para sus enemigos, una leyenda, y más tarde y para siempre, un mito. Nunca descuidó su imagen. La vistieron los mejores modistos y deslumbró con sus joyas. Aquí, con su  caniche Benito y en una sesión de manicura, posando para la fotógrafa francesa Giselle Froidg.

Nunca descuidó su imagen. La vistieron los mejores modistos y deslumbró con sus joyas. Aquí, con su caniche Benito y en una sesión de manicura, posando para la fotógrafa francesa Giselle Froidg.

“<i>Todos, o casi todos, tenemos un día maravilloso. Para mí fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón</i>”.  (Evita, en su libro La razón de mi vida).

Todos, o casi todos, tenemos un día maravilloso. Para mí fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón”. (Evita, en su libro La razón de mi vida).

Así la define su sobrina nieta, Cristina Alvarez Rodríguez. El Hogar de Tránsito fundado por Evita tenía capacidad para albergar a cuatrocientas mujeres necesitadas. Hoy es el segundo museo más visitado del país.

Así la define su sobrina nieta, Cristina Alvarez Rodríguez. El Hogar de Tránsito fundado por Evita tenía capacidad para albergar a cuatrocientas mujeres necesitadas. Hoy es el segundo museo más visitado del país.

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