«Martín es el ejemplo de que, con amor, la desnutrición no deja huellas» – GENTE Online
 

"Martín es el ejemplo de que, con amor, la desnutrición no deja huellas"

Martín ya puede contar su propia historia, esa que arrancó en la pobreza
absoluta, entre las palabras "sangre", "guerra" y "hambre". Su primera página
fue escrita el 15 de marzo de 1994 en la colina Musambira, en Ruanda, donde
nació entre la muerte y el hambre. Su futuro estaba marcado: si lograba
sobrevivir, debería trabajar la tierra a los cuatro años, no asistiría a la
escuela y un machete sería su única arma para defenderse de los enfrentamientos
étnicos.

La desnutrición (a los diez meses de vida pesaba sólo cinco kilos) y el amor de
dos médicos argentinos cambiaron su destino. Hoy Iradukunda Martín (el nombre
con el que lo bautizaron sus padres) vive sano y salvo en un chalet ubicado en
el barrio Constitución de Mar del Plata, tiene ocho años, mide 1,43 metro, pesa
32 kilos, es hincha de Gimnasia, sueña con ser basquetbolista y sabe de su
pasado mejor que nadie.

"Mamá se llamaba Hilarie, y papá Martino -relata en un perfecto castellano-.
Casi no los conocí porque ellos murieron degollados en la guerra cuando yo tenía
dos meses. Me crió una tía, Benancia, de la que tampoco me acuerdo porque antes
de cumplir el año yo estaba desnutrido. Ella me llevó al hospital Médicos en
Catástrofe. Ahí me salvaron la vida y los conocí a ellos: mis papás"
.

La enfermera Laura Accineli (33) y el pediatra José Sabando (40) sonríen y
asienten. Ofrecen mate amargo y cuentan con orgullo los logros del mayor de sus
tres hijos: "Ira -así lo llaman ellos, aunque también lo apodan "el negrito"-
es
un genio para las matemáticas y tiene una facilidad sorprendente para todos los
deportes. Verlo crecer, tan sonriente y feliz, es el mejor reconocimiento que
nos puede dar la vida"
.

-¿Y qué piensan al saber que hoy no necesitan cruzar ninguna frontera para ver
el flagelo de la desnutrición?
Pedro:
-Ese es un dolor que vivo a diario. Soy pediatra de terapia intermedia en
el Hospital Materno Infantil de Mar del Plata, y atiendo casos tan graves como
los que vi en Africa.
Laura: -Cuando fuimos a Ruanda y rescatamos a Martín, jamás pensamos que tal
desnutrición llegaría a la Argentina. Pero esto no es nuevo. La desnutrición en
nuestro país existió siempre. Ahora sale a la luz por un tema político, porque
el hambre enseguida se asocia al desempleo. Pero nosotros trabajamos con la
desnutrición en la Argentina desde hace años.

-¿Cómo está la salud de Martín? ¿Le quedaron secuelas?
Pedro:
-Gracias a Dios, ninguna. Al llegar de Ruanda, temíamos que tuviera
alguna enfermedad infectocontagiosa. Pero le hicimos toda la batería de análisis
y de vacunas y estaba bien. Luego, nuestro miedo fue que tuviera alguna
dificultad en el aprendizaje, que la desnutrición hubiera afectado su parte
neurológica. Y tampoco. Pasó a cuarto grado (va al colegio Ortega y Gasset) sin
ninguna dificultad. Martín es el ejemplo de que, con amor, la desnutrición no
deja huellas…

-Después de su llegada, ¿nunca más una misión…?
Pedro:
-Hubo, pero cortas. Cuando trajimos a Martín, Laura tuvo que dejar de
trabajar. Y yo ya no pude hacerlo porque tenía que mantener a la familia: ahora
son cinco bocas para alimentar. Me gustaría mucho viajar por el país para pelear
contra esas enfermedades… Yo nací para eso, es mi vida.

-¿Y cómo recibió Martín la llegada de sus hermanitos?
Laura:
-Mirá, basta que Milena (tiene dos meses) llore para que él salga
corriendo a hacerle upa. Es muy buen hermano. Y con Marcos (de 7 años) son muy
compinches…
Pedro: -Tenés que ver al gordo defendiendo al negro.
Laura: -Ay, sí. El otro día había dos chicos rubios en la puerta del club, y
cuando pasamos, uno le gritó: "¡Qué feo negro!". Yo me hice la sorda, Martín
también los ignoró, pero Marcos no pudo. El gordo se infló todo, giró como un
trompo, y le dijo: "Más feo serás vos, ¡desteñido!". (Risas). Pero hasta ahora,
mi negrito la maneja mejor que nosotros. Es superpacífico.

-¿Cuál es su situación legal hoy?
Pedro:
-De Ruanda, cuando su tía nos lo dio, nos vinimos con el acta de
defunción de sus padres y llegamos a sacarle el pasaporte antes de traerlo, así
que entró como turista.
Laura: -Y hoy, siete años después, sigue como turista…
Pedro: -No bien llegué a Mar del Plata denuncié en el Juzgado de Menores que en
Ruanda me habían dado la custodia de un chico y que no quería adoptarlo sino
custodiarlo. Cuando el juzgado me otorgó la tutela, se iniciaron los papeles
para la radicación argentina. Pero todavía no salió.

-¿La idea es adoptarlo?
Pedro:
-No. Queremos que eso lo decida él cuando cumpla la mayoría de edad.
Cuando su tía nos pidió llorando que nos lleváramos a Martín, que lo alejáramos
de Ruanda, nosotros siempre le ofrecimos criarlo nada más. Y eso hacemos.

-¿Piensan regresar algún día a Ruanda?
Laura:
-Es nuestro sueño. Fantaseamos mucho con la idea de que Martín conozca al
resto de su familia. El año pasado hicimos contacto con sus tres hermanos (Ingra,
de 19 años; Dufatzaye, de 15; y Pacifique, de 11). Hasta ese momento, no
sabíamos si estaban vivos o muertos. Ellos ahora han conseguido unos padrinos
que los envían al colegio.
Pedro: -Nos encantaría que se produjera ese encuentro. ¿Vos, negrito, querés ir?

La pregunta lo sorprende cuando está abriendo la alacena de la cocina con toda
la intención de atacar un paquete de galletitas rellenas. Martín mira a Laura y
a Pedro por sobre sus hombros. Al rato, dice: "¿Melina y Marcos vienen también?
Si vamos, ¿vamos todos? ¿Y volvemos todos otra vez? ¿Acá, a casa? Entonces…
puede ser".

Martín tiene 8 años y aunque todavía conserva el nombre ruandés que eligieron sus padres biológicos, reconoce a los Sabando (Laura, Pedro y sus hermanos Marcos y Melina) como su familia.

Martín tiene 8 años y aunque todavía conserva el nombre ruandés que eligieron sus padres biológicos, reconoce a los Sabando (Laura, Pedro y sus hermanos Marcos y Melina) como su familia.

Martín junto a sus hermanos, Marcos (7) y Melina (2 meses). Ya pasó a cuarto grado, es genio para las matemáticas y un crack para el básquet.

Martín junto a sus hermanos, Marcos (7) y Melina (2 meses). Ya pasó a cuarto grado, es genio para las matemáticas y un crack para el básquet.

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