Luna de miel en el desierto – GENTE Online
 

Luna de miel en el desierto

Nadie pudo penetrar los muros del palacio para certificar si todo estaba
previsto de antemano, o bien se trató de una estrategia para contrarrestar el
mayor contratiempo -la lluvia, esos malditos chuzos de punta que aguaron la
fiesta- respecto a lo que deseaban los novios en la boda real. Lo cierto es que
en la primera semana de los Príncipes de Asturias, ya consagrados como tales
después del matrimonio, se los pudo ver recorriendo sorpresivamente la España
profunda cara a cara con la gente, acariciando manos, firmando autógrafos y
sacándose fotos de recuerdo como lo hacen los recién casados en su luna de miel.

Si esa maldita agua bendita del sábado 22 los separó de la gente, obligándolos a
ver todo desde los vidrios empapados de un Rolls Royce, a partir del domingo 23,
Felipe y Letizia fueron recorriendo distintos puntos de su geografía. Primero
fue Cuenca, donde pasaron la noche en el parador de San Pablo.

La próxima escala
fue en la localidad de Albarracín, de apenas 1.000 habitantes. El itinerario
había sido confeccionado con tanto secreto que, recién cuando llegaron a
Zaragoza, los príncipes se enfrentaron por primera vez a una verdadera multitud.
Allí, cumplieron una tradición de la Familia Real al orar ante la Virgen de la
basílica del Pilar. La noticia de su llegada no tardó en expandirse por la
ciudad.

Muy pronto, 5000 personas los aclamaban por las calles del centro. "El
Príncipe se ha hecho aquí, en la Academia General Militar, y la ciudad se ha
volcado de forma espontánea",
explicaba el alcalde, Juan Alberto Belloch. Poco
después, los Príncipes de Asturias viajaron a Sos del Rey Católico, la población
aragonesa que conserva a la perfección la arquitectura medieval alrededor de su
imponente castillo-palacio, cuna de Fernando el Católico en 1452. A cada paso,
los gritos de "¡Guaaaapos!, ¡Guaaapos!" los rodeaban mientras su equipo de
guardaespaldas intentaban un imposible cordón de seguridad.

El martes, el destino fue el País Vasco. A su llegada cumplieron otro rito de
recién casados: la clásica foto en el paseo de La Concha, con las playas de San
Sebastián de fondo. Quizás para compensar la frialdad y las emociones contenidas
que tanto caracterizaron su paseo por Madrid a la salida de La Almudena, Letizia
y Felipe se mostraron cercanos y receptivos ante las muestras de afecto de los
donostiarras. Y otra vez más: "¡Guaaapa!"; y más: "Estamos contigo, Príncipe".
Allí, el momento gastronómico obedecía a una promesa: la pareja almorzó en el
clásico restaurante de Juan Mari Arzak, uno de los más reconocidos de toda
España, a cargo del chef que se encargó del banquete prenupcial en el Palacio de
El Pardo, el viernes previo a la boda. Era la oportunidad de unos pocos
privilegiados de poder verlos en vivo y en directo.

Unos días antes, ellos dos
habían provocado uno de esos hechos que marcan récords difíciles de batir. A esa
altura ya se conocía que el día de su boda, 25,14 millones de espectadores
habían estado pendientes de su boda frente al televisor (la de la infanta Elena
fue seguida por 21,34 millones, y la de la infanta Cristina por 22,68 millones),
consagrando el 22 de mayo como el día de mayor consumo televisivo en toda la
historia de España.

El príncipe Felipe y Letizia Ortiz en Jordania, la parte más pública de su luna de miel, en una típica postal de viaje de bodas. De aquí en más, su próxima escala es un secreto, aunque muchos apuestan por México y Hawai como posibles destinos.

El príncipe Felipe y Letizia Ortiz en Jordania, la parte más pública de su luna de miel, en una típica postal de viaje de bodas. De aquí en más, su próxima escala es un secreto, aunque muchos apuestan por México y Hawai como posibles destinos.

La sesión de fotos en San Sebastián ocasionó los primeros problemas para Letizia. El viento de la playa donostiarra levantó más de una vez su falda, a punto tal que un guardaespaldas pidió revisar la cámara de un reportero gráfico por temor a alguna toma inconveniente.

La sesión de fotos en San Sebastián ocasionó los primeros problemas para Letizia. El viento de la playa donostiarra levantó más de una vez su falda, a punto tal que un guardaespaldas pidió revisar la cámara de un reportero gráfico por temor a alguna toma inconveniente.

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