«Los que dieron la vida por la patria merecían este homenaje» – GENTE Online
 

"Los que dieron la vida por la patria merecían este homenaje"

Hola. Soy Gabriel Fioni. Tengo 33 años. Aquí, a mi lado, están mi mujer, Anabel, un año menor que yo, y mis tres hijas: Agustina, Candela y Lucía. En escalera: 5 años, 3 años y 6 meses. Los meto en el tún
el del tiempo. Es 1982.

Hay guerra en Malvinas. Ese día de mayo fui a buscar la revista GENTE, como siempre, a la casa de mi tía, con dos obsesiones en carne viva: la guerra, claro, y mi fanatismo por los aviones y sus pilotos. Empecé a pasar las páginas. Más que pasarlas, devorarlas. Y de pronto vi una foto estremecedora: una mujer, sola, flaca, llorosa, sentada en una silla, miraba hacia abajo mientras apretaba un pañuelo. El título de la nota era
Murió como un héroe por sus compañeros. La mujer era Liliana Raquel Franco de García Cuerva,
la primera viuda de un piloto argentino que, como decía la nota, "el 11 de mayo quiso cubrir la retirada de dos compañeros, un misil impactó en su avión Dagger, y…". No seguí leyendo. Me dije: "Voy a ayudarla", y empecé a juntar,
moneda sobre moneda, en un sobre que escondía en mi ropero, lo que ganaba vendiendo hamburguesas por las oficinas. Seguí leyendo, hasta aprenderlas de memoria, las notas de
GENTE sobre la guerra.

 Poco después del doloroso 14 de junio, el día de la rendición, llegó a mis manos un libro escrito por el capitán Pablo Marcos Carballo (yo lo había visto en una tapa de la revista), que describía las características técnicas de los aviones y las hazañas de sus pilotos. Le escribí una carta de felicitación, y la mandé a "Edificio Cóndor, Pedro Zanni 250, para entregar al capitán Carballo donde se encuentre". La carta, como una botella arrojada al mar, llegó. Y tres meses después, el capitán Carballo me contestó desde la base de Villa Reynolds, en San Luis. Me felicitaba, me impulsaba a ser piloto, y terminaba así: "Que tu voluntad vuele tan alto como tus ideales". Le contesté. Volvió a escribirme. Las cartas se hicieron frecuentes, y una noche me animé a llamarlo por teléfono. Por fin recibí un telegrama con una sola palabra: "¡Vení!". Una vieja valija, un poco de ropa, la precaria maqueta de un avión que copié de una lámina, el sobre con la plata para la viuda de García Cuerva, ómn
ibus Villa María-Villa Mercedes, abrazo en un bar con el capitán Carballo, ¡y a la base! Le di el sobre con la plata, pero me la devolvió, y a cambio me propuso darme la lista de los 55 pilotos caídos en Malvinas para que yo les escribiera cartas de consuelo a sus viudas. 

El 28 de abril de 1984 escribí la primera. Por supuesto, a la viuda de García Cuerva. Conmovedora respuesta: me mandó las caponas del uniforme de gala de su marido… Así, carta tras carta, emoción tras emoción, pasaron diez años. Y un día de abril de ese año, el gran instante: por impulso del capitán Carballo, reunión en la Escuela de Aviación de Córdoba con todos los pilotos (ya veteranos combatientes) y las familias de los caídos en la guerra. Me presentó un tal Tom (famoso porque, al borde de la muerte, sobrevivió eyectándose de su avión de combate), y de pronto, en la cabecera de una gran mesa, me convirtieron en protagonista, preguntándome por qué hacía lo que hacía, etcétera. 

Hubo otros encuentros, y -como un milagro- esas mujeres empezaron a poner en mis manos objetos de sus queridos muertos. El casco de Ibarlucea, una última carta llegada desde las islas, un buzo de vuelo, un radiograbador. No eran cosas frías, inanimadas, no. Era como abrazar las vidas de aquellos hombres, su coraje sin límites, sus almas. Primero las atesoré en mi casa, pero poco después comprendí que merecían otro destino. Hablé con Dino Torti, presidente del aeroclub de Oliva, mi pueblo cordobés, y piloto más que avezado, y le propuse armar un museo. Se entusiasmó. Me dijo que sería el primer museo dedicado a la guerra. Recuerdo sus exactas palabras: "Un acto de justicia, de reivindicación". Eso sí: me impuso algunas condiciones. "Que el museo no se mezcle jamás con política partidaria, que represente a todas las fuerzas, y que tenga un verdadero carácter nacional". Estuve más que de acuerdo, por supuesto. Inmediatamente hablamos con Daniel Lubatti, entonces intendente. Le dijimos: "Necesi
tamos todo su apoyo, y no le damos nada a cambio"
, ¡y nos dio carta blanca! En octubre del 95 viajamos a Buenos Aires, entrevistamos al comodoro Roberto Mela en el edificio Cóndor, nos dijo: "¡No tienen idea de lo que están poniendo en marcha!" (una mezcla de advertencia y de entusiasmo…),

y empezamos la gran cruzada. A puro pulmón y robándole horas al sueño, porque yo trabajo en un banco, se cruzaron entrevistas, llamadas, propuestas, y poco a poco empezaron a llegar más cosas. 

 El sitio del museo ya estaba decidido: el terreno que rodea a la vieja y cerrada estación del ferrocarril. Primer gran impacto de esta etapa: en mayo del 96 recibimos, por vía oficial, la cola de un Mirage de la base aérea cordobesa de
Las Higueras, cerca de Río Cuarto. Eso nos empujó aún más. Recuperamos la estación, parquizamos los terrenos, y el 2 de abril del año pasado inauguramos la primera parte de la obra. La entrada es sobria: una bandera argentina y la inscripción Museo Nacional de Malvinas. Nada más. ¿Para qué más? La sala se llama Milton Pablo Galíndez, un soldado de Oliva que luchó en las islas y murió, hace poco, de cáncer. Cada día la recorro, y la emoción crece. Está, por ejemplo, la bandera personal del primer teniente Castagnari, que flameó en la casa del gobernador inglés muy poco después del desembarco. Y hay cartas, sobres, estampillas. Algunas de esas cartas son las últimas (el final testimonio de sus vidas…) que escribieron Ochoa, Manzotti, Farías. Hay cascos, asientos eyectados, botes, mapas, tableros de instrumentos. Y -¡claro!- la colección de todas las tapas de
GENTE dedicadas a la guerra, porque una foto de esa revista (la desolada imagen de la viuda de García Cuerva) fue la prodigiosa semilla inaugural. Vengan, entren, caminen conmigo. Mírenlo todo. Cada pedazo de tela, cada letra de cada carta, esos dos aviones enteros (un Pucará, un Canberra), cada cosa tocada por las manos de los que dieron la vida por la patria. De esos 640 hombres que murieron sin hacer preguntas, sin dudar, sin retroceder ni un metro ante el fuego enemigo, y que merecen mucho más que este museo. Merecen el eterno homenaje de sus hermanos. Sólo un pequeño gran dolor me queda, sí. Soñé con ser piloto, pero un defecto físico me cerró el camino. Sin embargo, cada vez que camino entre estas cosas queridas, siento que estoy volando hacia unas islas frías, perdidas y amadas. Hacia el cielo donde los caídos se llevaron toda la gloria".

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Gabriel Fioni, hoy de 33 años, muestra la foto de GENTE en la que aparece Liliana Franco, viuda del bravo piloto García Cuerva. "Aquí empezó todo", recuerda con emoción.

Un Canberra MKG2 que tuvo su bautismo de fuego en Malvinas.

Un Canberra MKG2 que tuvo su bautismo de fuego en Malvinas.

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