Los jóvenes y el alcohol – GENTE Online
 

Los jóvenes y el alcohol

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Autoridades nacionales y provinciales, docentes, empresarios, padres, jóvenes. No se trata del saludo introductorio de una directora de escuela, sino de los presentes en un debate organizado por la Municipalidad de San Miguel y la Fundación Proyecto Padres, bautizado La noche, un problema de todos. Fue el comienzo de una serie de la que se espera que sea larga y fructífera: el Primer Congreso Municipal de Padres. Por eso, y a modo de prueba de fe de la comunidad en aquellos encuentros por una solución, fue que el intendente municipal, Joaquín de la Torre, quien abrió el fuego declarando ante los casi 200 oyentes que “San Miguel es un lugar donde la noche es especialmente importante, lo cual no es bueno ni es malo. Es una realidad”.

Palo y a la bolsa: la frase impactó de tal manera que el auditorio quedó prendado hasta el último minuto de las casi cuatro horas de disertación. Pero así como el sábado 18 de octubre fue un día atípico para San Miguel a partir de la exitosa convocatoria del mencionado Congreso, estuvo precedido por una atípica noche joven de viernes. Con motivo del debate, la movida nocturna de la calle Concejal Tribulato –donde por media docena de cuadras un boliche comparte medianera con otro– se vistió diferente. Muy diferente. Y los hechos que motivaron el encuentro y los problemas que urgieron una solución se quedaron durmiendo en casa. ¿Menores? Sí, cientos. ¿Disturbios? No, ninguno. En cada cuadra, un patrullero, y en cada esquina, al menos dos policías. La recorrida –que ya habíamos hecho con anterioridad otros fines de semana– nos sorprendió como un universo alternativo, en el que el caos había evolucionado en un orden utópico. Y se encontraba una explicación sin buscarla demasiado: “¿Cómo no va a estar ordenada la zona si en horas, nomás, se debate el descontrol que reina siempre en ese preciso lugar?”.

Y sí, puede ser cierto. Pero ahondando un poco más en ese paisaje extraño y extraordinario, la idea que nos golpeaba la cabeza con más fuerza que los bajos de la marcha que se filtraba de las discos era un “pero entonces se puede…”. Se puede alcanzar el esquivo objetivo de un fin de semana sin víctimas en las guardias del Hospital Municipal Doctor R. Larcade, a cuadras de la calle, sea por accidentes automovilísticos o por exceso de alcohol y otras sustancias. Se le puede ganar la pulseada a la tentación de los chicos por dejarse caer en ella. Se pueden cerrar los locales a horario y contar con personal de seguridad y oficiales de Policía. Se puede prevenir.

A la mañana siguiente los oradores –desde miembros del clero hasta deportistas, pasando por sociólogos y madres– confirmaron aquello cargándonos de optimismo, de posibilidades sin ilusiones, soluciones concretas y engarzadas en una realidad: la única. El intendente fue rotundo: “No queremos que no haya noche en San Miguel; queremos que no haya una sola noche, una sola opción”, refiriéndose a la actual. En enero de este 2008, un control de alcoholemia en aquel circuito bolichero arrojó un resultado cien por ciento positivo en los jóvenes por ingresar a los locales. Por ingresar, es decir, en los jóvenes que aún no habían pisado ningún boliche pero que ya venían entonados (y por sobre el límite permitido por ley y recomendado para su salud) desde un antes conocido como “la previa”. Ritual no exclusivo de los menores, pero que perjudica a ellos más que a cualquier otro que lo incorpore a sus salidas de fin de semana.

El especialista en vínculos humanos Sergio Sinay y el ministro de Educación porteño, Mariano Narodowski, tenían compromisos asumidos previamente que les impidieron estar ahí, pero hicieron llegar un video con su exposición. Sinay definió a la educación como “transmisión de valores” y puso sobre la mesa la idolatría que existe en nuestra sociedad por el adolescente. Según su experiencia, cuando los adultos imitamos a los adolescentes y jóvenes en nuestra forma de vida, de vestir, de pensar y de sentir, anulamos las diferencias que hacen posible que actuemos con la autoridad que es inherente a nuestra condición de mayores. Sin aquella autoridad, y con el plus de una culpa que nos impide ser los malos de la película y decirles que no a nuestros hijos, los chicos desconocen los límites. “Sin sanciones es imposible aprender y enseñar sobre la responsabilidad”, explicó.

Por su parte, Narodowski añadió todo un concepto en una frase: “Los docentes me dicen que los padres les tiran a los hijos por la cabeza”. Es decir, que al no hacerse cargo de aquella educación y reeducación en el seno de la familia, pretenden que sean los maestros los que ejerzan esa autoridad, pero en cuanto los docentes actúan, los enfrentan desautorizándolos, en un círculo impotente de roles mal definidos. “La convivencia debe ser con los límites. Es la única convivencia posible”, sentenció, para que su compañero de pantalla –Sinay– concluyera: “Poner límites es estar presentes”.

El presbítero Carlos Parravicini, párroco de San Francisco Solano, se ganó el primer aplauso de la mañana con una frase sencilla: “Si la ley dice que el menor no puede entrar, el menor no puede entrar”, dijo, lejos de la pacatería y usando un lenguaje cotidiano y accesible a todos, que mechó con anécdotas de su adolescencia, sus credenciales como baterista, y citas de la Bersuit, a las que le atribuyó la verdad de que por las noches la soledad desespera y que es aquella desesperación la que conduce al descontrol seductor que nos recuerda estar vivos por medios poco felices.

Marcelo Loffreda –ex entrenador de Los Pumas–, planteó el deporte como alternativa, reconociendo que un deportista no lleva una vida desordenada porque, de lo contrario, no puede ser deportista. Y así, una decena de disertantes aportaron palabras que demostraron estar respaldadas por hechos. Nada de granos de arena sino verdaderas rocas, que unidas podrían construir el muro que ponga freno a una noche que desayuna vidas jóvenes y destruye hogares con una gula implacable.

Es posible otra noche. San Miguel asumió a aquella noche habitual como un problema de todos, y logró que aquella noche literal fuera inesperadamente tranquila, sin interferir en su accionar con la diversión que los chicos buscaban. Tal vez la solución acaba de partir de San Miguel. Hay una esperanza, un proyecto, una propuesta. Y estaremos atentos a su curso confiando en que se mantenga, pero por sobre todo en que vimos que se puede. Se puede, siempre y cuando se destinen los recursos necesarios para ese fin: que no hay presupuesto imposible –o no debería haberlo– si de proteger a los chicos se trata. Basta esta imagen, basta de esta imagen. El circuito bolichero de San Miguel derivaba cada noche unos 40 menores hacia las guardias hospitalarias. Tras esta iniciativa, la cifra se redujo a la mitad.

Basta esta imagen, basta de esta imagen. El circuito bolichero de San Miguel derivaba cada noche unos 40 menores hacia las guardias hospitalarias. Tras esta iniciativa, la cifra se redujo a la mitad.

Un número decreciente de menores alcoholizados, la vigilia policial en la calle Concejal Tribulato, donde se concentran los   boliches de San Miguel.

Un número decreciente de menores alcoholizados, la vigilia policial en la calle Concejal Tribulato, donde se concentran los boliches de San Miguel.

Estas imágenes son del viernes 17 de octubre,  la noche previa al debate. Padres y profesionales de la salud esperan que estas medidas continúen y, a largo plazo, disminuyan las víctimas  de cada fin de semana. El control salva vidas.

Estas imágenes son del viernes 17 de octubre, la noche previa al debate. Padres y profesionales de la salud esperan que estas medidas continúen y, a largo plazo, disminuyan las víctimas de cada fin de semana. El control salva vidas.

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