¿Lo asesinó un escuadrón de la muerte? – GENTE Online
 

¿Lo asesinó un escuadrón de la muerte?

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El acto final del secuestro de Diego Peralta levantó su telón del modo más sombrío durante la mañana del lunes 12 de agosto. En esos momentos, dos jóvenes desocupados habían
ido a pescar a una tosquera situada en Ezpeleta, a la altura del kilómetro 23 de la autopista La Plata-Buenos Aires. Ambos, con sus precarias cañas, avanzaron unos 300 metros hasta llegar al margen opuesto. Precisamente allí se toparon con una espalda que flotaba junto a la orilla; el resto del cuerpo permanecía bajo el agua. Los primeros informes forenses no tardaron en determinar que a Diego le habían dado siete puñaladas con un cuchillo de hoja dentada. Al menos una de ellas fue en la espalda, otra en un costado del cuello y el resto en la garganta. Eran heridas desordenadas, infrigidas sin prolijidad y con mucha saña, como si al asesino le hubiera dado un ataque de locura. Luego le ataron las manos con un cordón de sus propias zapatillas. Finalmente -según se desprende de los rastros de plancton hallado en sus pulmones- lo tiraron a la tosquera cuando la víctima aún tenía un hilo de vida. La autopsia determinó que llevaba muerto alrededor de 20 días.

Esos fueron los prolegómenos de una verdadera jornada de furia. Al atardecer de ese mismo lunes, vecinos y amigos que responsabilizaban por el hecho a miembros de la Policía Bonaerense, marcharon iracundos hacia el destacamento del barrio. Y lo quemaron sin encontrar resistencia. Luego, la policía reprimió con gases y balas de goma. Y la noche terminó con saqueos. Era la explosión violenta e irracional de un viejo rencor alimentado con una tensa relación entre los habitantes de El Jagüel y los efectivos policiales de la zona, sobre quienes pesaría la sospecha de tener que ver con un cúmulo de actividades ilícitas. En relación con estos hechos, los vecinos señalaban al jefe de calle del destacamento, sargento Miguel Angel Giménez.

Pero, en medio de ese caos, la familia Peralta no podía sacarse de encima una presunción funesta: que entre los policías que rodearon y contuvieron a Luis, el padre de Diego, durante los días en que éste estaba desaparecido, habrían sido cómplices del crimen o por lo menos que ya sabían del triste desenlace.
"Mi marido está angustiado porque teme haberse equivocado. Duda si hizo bien en dejar ingresar a nuestra casa a policías bonaerenses", dijo Emilse Peralta a GENTE. Y agregó: "Yo no sé si ellos fueron quienes mataron a mi hijo. Pero en la investigación hicieron todo mal. Siento que nos manejaron y nos engañaron; se burlaron de nosotros y de nuestro dolor".


BLUES DEL TERROR.
Poco después de las 7:30 del 5 de julio, cuando Diego ya estaba en poder de sus secuestradores, el remisero Fermín Amarilla, que había llevado al chico en su vehículo hasta ser cruzado por los tripulantes uniformados de un Senda rojo, se dirigió presurosamente hacia la casa de Cabildo al 300 para contarle a Luis lo que había pasado. Juntos, en el mismo remise, salieron a dar una vuelta para ver si encontraban a Diego. Luego volvieron a la casa y, mientras Luis entraba, Emilse salió unos minutos para hablar con Amarilla. "Después, ella también se fue para adentro y yo me quedé un rato en la puerta para ir juntos a hacer la denuncia. Como no volvieron a salir, yo me fui a la remisería. Recién a las 10:20 me vinieron a buscar dos policías de civil para tomar mi declaración", aseguró Amarilla.

El 12 de agosto fue hallado el cuerpo de Diego en una tosquera de Ezpeleta. Lo habrían matado 20 días antes. Con un silencio sólo roto por el llanto, los Peralta despidieron los restos de su hijo.

El 12 de agosto fue hallado el cuerpo de Diego en una tosquera de Ezpeleta. Lo habrían matado 20 días antes. Con un silencio sólo roto por el llanto, los Peralta despidieron los restos de su hijo.

El acongojado adiós de sus familiares, vecinos y compañeros de colegio.

El acongojado adiós de sus familiares, vecinos y compañeros de colegio.

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