La peor inundación de la historia – GENTE Online
 

La peor inundación de la historia

Los canales de televisión locales se repiten en llamados a la solidaridad.
Sobre el frente de la Universidad Nacional del Litoral, se exhiben listas de
"Desaparecidos" y "Buscados". En las calles convergen tropas de todas las
fuerzas: Ejército, Marina, Prefectura, Gendarmería… A toda hora se escuchan
detonaciones de explosivos y disparos de armas de fuego. Los cortes de luz no
son programados y se multiplican por toda la ciudad. A orillas de la peatonal
San Martín, muchos locales tienen sus accesos tapiados. Los pocos comercios que
aún permanecen abiertos exhiben sus góndolas desiertas. El desabastecimiento y
la insensibilidad de muchos comerciantes profundizaron la crisis y dispararon
los precios de algunos productos que hoy son imprescindibles: una vela cuesta 4
pesos, el kilo de pan trepó hasta los 5 pesos, y un pack de cuatro pilas no baja
de los 24 pesos. Los canteros de la Legislatura provincial ahora sirven de
pasturas para caballos. La población está dividida en víctimas y voluntarios.
Las ollas populares ya son parte del paisaje local. Los Centros de Evacuados
-escuelas e iglesias, en su mayoría- están colmados. La estación del viejo
Ferrocarril Belgrano y el panteón de nichos del cementerio local también fueron
improvisados como refugios. Una familia completa permanece hoy a resguardo
dentro de un horno crematorio. El margen oeste de la ciudad (N. de la R.: los
barrios Santa Rosa de Lima, Centenario, Chalet, Barranquitas, Villa Hipódromo,
San Agustín…
) aún permanece bajo el agua.

LA CRECIDA. "Sabíamos que el Salado venía crecido, pero confiábamos en que no
iba a llegar al barrio porque en las inundaciones del 83 ni siquiera nos
mojamos. El martes a la una de la tarde el gobierno dio la orden de evacuación.
Mandé a mis hijas a lo de mi hermano y decidí quedarme a cuidar la casa. Pensaba
que, en el peor de los casos, el agua me iba a llegar a la cintura… Esperaba que
el agua entrase por la calle, pero llegó a las dos y media por las cloacas y los
desagües. Yo había sacado el inodoro y había cubierto el agujero con bolsas de
arena, pero volaron por el aire como cuando abren un pozo de petróleo… En menos
de una hora me cubrió toda la planta baja y, como vi que ya no tenía nada más
que hacer, me vine al techo. Ya estaba todo oscuro y se escuchaba un griterío
terrible. Mucha gente no pudo escapar: en la otra cuadra un viejito murió
ahogado… Perdí treinta años de trabajo, pero creo en lo que dice mi remera,
¿ves?:
'Lo que no me mata me hace más fuerte'. Llevo tres días acá, metido en
esta carpa. Cuido lo poco que nos queda mientras espero que baje el agua, porque
ahora aparecieron los que quieren abusar de esta tragedia. Ya no nos queda nada,
pero se quieren robar las chapas de los techos. Anoche fue terrible, estábamos
todos a los tiros… Yo no le tengo miedo a esta gente
" (Rubén Benítez, 45 años,
empleado del Nuevo Banco de Santa Fe y vecino del barrio El Chalet).

La crecida llegó a la ciudad de Santa Fe el martes 29. El agua filtró por los
barrios del norte y pronto cubrió toda la zona oeste de esta capital. Trepó
hasta el centro y sólo se detuvo a dos cuadras de la peatonal San Martín. A las
16 horas, alcanzó al Hospital de Niños Dr. Orlando Alassia, en el barrio Santa
Rosa de Lima. Las defensas (N. de la R.: algunas bolsas de arena dispuestas en
todas las bocas de ingreso
) pronto resultaron inútiles. La evacuación del
edificio comenzó cuando ya había treinta centímetros de agua en la planta baja.
"Fue terrible: teníamos 150 chicos internados, doce de ellos en terapia
intensiva. A los últimos los tuvimos que sacar en canoas…
", recuerda Luis Malisani, jefe de mantenimiento. Las pérdidas allí son millonarias: en tan sólo
dos metros cuadrados, quedó inutilizado el tomógrafo computado cuyo valor supera
los 500 mil dólares.

EL DOLOR. Por la noche, el barrio Centenario -vecino al estadio del club Colón-
quedó completamente cubierto. Entonces, Vanesa Fernández decidió abandonar su
casa: trepó hasta el techo y desde allí abordó una canoa. Llevaba en brazos a su
hijo menor Uriel, de tan sólo 18 días. Aún navegaba rumbo a tierra firme cuando
su bote dio una vuelta en campana. Madre e hijo cayeron al agua. "Se me escapó
de los brazos. Me aferré a un poste de luz y desde ahí me pareció verlo con su
enterito celeste, llevado por la corriente…", asegura desde un Centro de
Evacuados de Santo Tomé, en evidente estado de shock.

El número "oficial" de víctimas fatales -según el gobierno santafesino- ya
alcanzó las 22 personas, ancianos en su mayoría. Sin embargo, la cifra se
multiplica por cientos en boca de los vecinos. Los bomberos voluntarios que
trabajan en el rescate de los cuerpos coinciden: "Cuando baje el agua van a
empezar a aparecer los cadáveres de quienes no pudieron escapar y quedaron
atrapados en sus casas…".

Distintos informes hidráulicos aseguran que la catástrofe pudo haber sido
prevenida. La cuenca del Salado ya estaba saturada cuando el Conicet y el INTA
advirtieron de nuevas lluvias extremas. Sin embargo, no hubo prevención. "El
gobierno sabía lo que se nos venía encima. Pero, ¿usted cree que lo iban a hacer
público cuando teníamos las elecciones presidenciales encima? Prefirieron los
votos antes que la vida de la gente
", especula Carlos Sosa Rey, vendedor
ambulante y vecino del barrio El Chalet.

SAQUEOS Y SOLIDARIDAD. Luego de la inundación sobrevino el caos. Durante las
primeras 48 horas, Santa Fe fue tierra de nadie: los saqueos y los robos se
repitieron en toda la capital, incluso en "tierra firme". Siempre por la noche,
durante los cortes de luz. En los barrios anegados, el pillaje se convirtió en
moneda corriente. Los mismos militares que asistieron a los evacuados durante
las primeras horas, no saben si no ayudaron a un ladrón a trasladar parte de su
botín… Hoy, todos los que resisten sobre los techos están armados. "Primero
damos la voz de alto. Si no responden, tiramos al aire como prevención. Pero
parece que nada es suficiente porque ya supimos que hubo muchos
enfrentamientos"
, dice Marcos Gutiérrez, vecino del barrio El Chalet. Las calles
ahora son custodiadas por embarcaciones de distintas fuerzas que exhiben armas
largas. "No entramos en combate, pero algunos vecinos nos recibieron a los
tiros… Tenemos que trabajar en la oscuridad absoluta, porque si encendemos
nuestras balizas nos convertimos en un blanco fácil"
, aseguran efectivos de
Prefectura que patrullan en lancha las calles del barrio Santa Rosa de Lima.

"Estas inundaciones demostraron la solidaridad de los argentinos. Según nuestras
estadísticas, cada evacuado recibió ayuda de siete personas que no lo conocen.
Son más de cuatro millones y medio de argentinos los que colaboraron con los
hermanos de Santa Fe"
, asegura Juan Carr, el fundador de la Red Solidaria. Cada
mañana, los presos del penal de Las Flores cocinan para los evacuados. Los
panaderos de Santa Fe aportan centenares de kilos de pan. Tamberos de Santa Fe y
Córdoba aportan miles de litros de leche cada día. Y los ganaderos de Córdoba
ofrecieron sus campos como pasturas para los animales evacuados. Los
responsables de los Centros de Evacuados de Santa Fe -voluntarios en su mayoría-
agradecen la solidaridad de todos los argentinos. "Las cosas llegan a la gente.
Publíquenlo porque la gente tiene que saberlo para poder seguir colaborando
",
ruega Victoria Rinaldi, una estudiante de Derecho que hoy coordina los trabajos
de cocina en la parroquia La Merced.

El Salado comenzó a retirarse de Santa Fe en la madrugada del jueves primero de
mayo. Sin embargo, el agua aún permanece estancada en las zonas más bajas de la
ciudad y los expertos hidráulicos no consiguen desentrañar la fórmula que les
permita "vaciar" la ciudad. Por ejemplo, el drenaje del agua estancada en El
Chalet implicaría volver a inundar el barrio Centenario. Cada día, cientos de
evacuados (N. de la R.: en el peor momento de la catástrofe llegaron a ser más
de 30 mil
) regresan a sus casas. Se dicen ansiosos por descubrir qué les dejó el
agua. Resignados, aunque también dispuestos para volver a empezar.

El jueves 1º de mayo -dos días después del pico de crecida del río Salado-, el agua aún alcanzaba los dos metros de altura en el barrio Centenario. El estadio de Colón quedó completamente cubierto. Más de 30 mil santafesinos tuvieron que ser evacuados.

El jueves 1º de mayo -dos días después del pico de crecida del río Salado-, el agua aún alcanzaba los dos metros de altura en el barrio Centenario. El estadio de Colón quedó completamente cubierto. Más de 30 mil santafesinos tuvieron que ser evacuados.

"Fue una catástrofe imprevisible", aseguró Carlos Reutemann, gobernador de Santa Fe.

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