“La película les pertenece a estos chicos” – GENTE Online
 

“La película les pertenece a estos chicos”

Acá, en el mediodía del martes 20, el preludio son las tortas fritas de doña Virginia Colipán, que es la portera de la Escuela Nº 161, el primario del paraje Puente Blanco, a diez kilómetros de San Martín de los Andes, no muy lejos del cerro Chapelco. Así, verdaderas tortas fritas potentes, que llenan. Afuera de la escuela, donde asisten cerca de setenta chicos, está el potrero pelado, y en un paredón, una bandera, azul, verde y roja, con un emblema con sol, luna y estrella: la bandera de la nación mapuche, el pueblo originario de esta tierra.

Puente Blanco, en realidad, se llama Payla Menuko –que en lengua mapuche mas o menos significa de espaldas al pantano–, hogar de sesenta familias, una de las 44 comunidades mapuches que existen en Neuquén, y que en pocos días, celebra su we xipantu, el rito del Año Nuevo, o la entrada al invierno, el año que regresa.

Después de las tortas fritas, la puerta de la escuela es un alboroto. Dieciocho chicos para recibir a José Luis Massa, el director, que se los va a llevar en una combi para la gran avant première, que es toda para ellos, sin celebrities ni prensa, y con una película sobre un chico que –si nos estiramos un poquito en la fantasía– podría ser cualquiera de ellos: Patoruzito 2, la gran aventura.

La primera proyección de una película que lleva un paso más allá a la animación de esta república, con su predecesora tremenda que batió récords de audiencia –uno de los greatest hits de nuestro cine, casi dos millones y medio de espectadores–, y un héroe de esta tierra, para chicos de esta tierra. David Curruínca tiene 11. Mientras se sube a la combi dice que vive “del otro lado del arroyo”, que es hincha de Boca y de Tevez, que el cine le copa y que Buscando a Nemo se la sabe de memoria. Avala la teoría: “Patoruzito es como nosotros, un indio. Y un héroe ¡A los malos les pega con todo!”. Pastor Bravo, con sus 13, le da el OK al indiecito perseguidor de sotretas, y dice que “ser mapuche es un sentimiento. Yo soy de acá, de la tierra de mis ancestros”. Así van, en la combi, por bosques y lagos, hasta el cine Amancay, pleno centro de San Martín de los Andes.

Mientras, todos los chicos dicen “¡Maestro, maestro!”. El aludido es Eduardo Champagnat, 43, con quince años de docente rural, rubio, bastante lejos de su Villa del Parque originaria. “Son otros códigos, otros vínculos”. Y mientras, explica: “Tienen la educación tradicional, pero también un programa de su propia cultura, historia y filosofía. Y de los padres de los chicos muchos trabajan en San Martín, en la Municipalidad o en la construcción. Pero cortan su leña y vigilan sus tradiciones”.

Matías González, a sus 11, aclara que: “Aprendimos a usar Internet hace poco, pero salimos a andar en kayak, jugamos a la pelota, vamos por el bosque…”. Y se pone a tirar títulos de dibujitos animados, así, como cualquier pibe de corte urbano, porque la tele satelital llegó hace no mucho a la comunidad, y tan cara no sale. Pero la Playstation y el cyber medio que todavía no se mezclan entre los pinos nevados.

Llegada al cine. Massa los lleva, contentísimo. El mismo remata: “Que la avant première, la primera proyección de todas, se haga para los hijos de las comunidades mapuches es ser realmente fiel al origen de Patoruzito. Me encanta”. Y la idea de este estreno fue suya: en el cerro Chapelco, la única pista de esquí para niños era la pista Patoruzito. “Con el éxito de la primera vinimos a renovar el contrato de la pista. Y, como devolución, se nos ocurrió esto. Que estos chicos sean los primeros en verla es un bautismo”.

En las butacas, los chicos se alborotan un poco más. Diana Huayquifilguana, ama de su casa, está con los suyos, Gabriel y Josué, y aclara que “esto, para ellos, es único, rarísimo. Y Patoruzito es su héroe. Y que sea un indio patagónico, quizá, es lo mejor de todo. Se acordaron de nosotros”. Y para unos cuantos es la primera vez que se sientan en un cine. Hay chicos de otras comunidades mapuches, de varias escuelas primarias. Son 325 en total: sala llenísima. Paulito, Lautaro y Gustavo, tres hermanos, preguntan por dónde va a salir Patoruzito, según ellos, “el mejor actor del mundo”.

Y ahí sale, con toda su acción y su filosofía. Cabalgando a Pamperito, con su amigo Isidorito, tan canchero como siempre, con La Chacha, Upita, el brujo Chiquizuel: la galaxia de Dante Quinterno. En Buenos Aires, en el Obelisco, en el teatro Colón. Y contra cualquier sotreta que se oponga. Risas, aplausos, asombro. Justicia noble, y a punta de boleadoras. Se van todos, de vuelta a la combi, al paraje de la comunidad, con pochoclo y algarabía. Massa está contento. Dice que cumplió, que plantarse contra monstruos como Disney y Pixar no le da miedo. “Hay que poner al indiecito en la liga de los grandes, donde se merece. Y la película les pertenece a estos chicos”. No tan distintos a Patoruzito, por cierto.

José Luis Massa, el maestro Eduardo Champagnat y los chicos de la escuela del paraje Puente Blanco: pura sangre indígena. De ahí, a la gran aventura.

José Luis Massa, el maestro Eduardo Champagnat y los chicos de la escuela del paraje Puente Blanco: pura sangre indígena. De ahí, a la gran aventura.

En el cine <i>Amancay</i> de San Martín de los Andes hubo pochoclo,<i> souvenires</i>, visita guiada por el director y emoción y risas frente a la pantalla. ¿El veredicto general? “¡Buenísima!”.

En el cine Amancay de San Martín de los Andes hubo pochoclo, souvenires, visita guiada por el director y emoción y risas frente a la pantalla. ¿El veredicto general? “¡Buenísima!”.

Una tarde, sin dudas, mágica.

Una tarde, sin dudas, mágica.

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