“La Justicia nos debe las condenas de todos los encubridores” – GENTE Online
 

“La Justicia nos debe las condenas de todos los encubridores”

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Pasaron diez años desde aquel viernes 27 de febrero de 1998, cuando el tribunal integrado por los jueces Santiago Olmedo de Arzuaga, Jorge Alvarez Morales y Edgardo Alvarez condenó a Guillermo Luque (hoy, 41) a veintiún años de prisión por “violación seguida de muerte agravada por el uso de estupefacientes” y a Luis Tula (46) a nueve años por su rol como “partícipe secundario”. Y pasaron casi 18 desde el 8 de septiembre de 1990, cuando María Soledad Morales, entonces de 17 años, fue asesinada al suministrarle cocaína por la fuerza en una “fiesta sexual”.

Desde ese crimen atroz, Catamarca fue epicentro de marchas del silencio multitudinarias en reclamo de justicia, motorizadas por Ada Morales (59), madre de la víctima, y la hermana Martha Pelloni, rectora del colegio donde estudiaba la adolescente. Una movilización que hizo tambalear y caer a Ramón Saadi, todopoderoso gobernador hasta entonces. Hoy, sin embargo, son pocos los que tienen presente el aniversario, quizá porque ya se acostumbraron a ver a los condenados caminar tranquilos por las calles del centro. Como si nada. Luis Tula, que en abril del año pasado cumplió su condena, prefiere no volver el tiempo atrás. Así lo refiere Ruth Zalazar, quien fuera su novia cuando sucedió el crimen, después su esposa –de la que se divorció antes del juicio–, y hoy nuevamente su pareja.

En cambio Guillermo Luque, quien desde el 2003 goza de salidas laborales, sigue obsesionado en demostrar su inocencia. Quien no perdió la capacidad de asombro es Ada Morales: “Una siempre tiene la esperanza de que paguen por lo que hicieron. Hay una deuda pendiente, porque fue una condena a medias. Yo anhelaba que les dieran perpetua a los dos”. Aunque la vida la haya rodeado de nietos (cinco varones), dice que no es cierto que el tiempo todo lo cura: “Cada vez que veo en los noticieros que asesinan a una chica, revivo el crimen de mi hija. Y ahora que los nietos crecen, preguntan qué pasó con esa tía que se hizo famosa sin querer, que ahora tendría 35 años y que sus asesinos les privaron de conocer”.

Los Morales –Ada y Elías (61)– viven en la misma casa de Valle Viejo en la que una calurosa noche de febrero de 1998 escucharon, por radio y en el patio de tierra, la condena para los responsables de la muerte de su hija. En sus rostros se dibuja una mueca de ironía cuando se les pregunta por las indemnizaciones millonarias que habían donado al Hospital de Niños. “Tanto Tula como Luque se declararon insolventes y jamás se pudo cobrar lo estipulado. Nunca nos interesó obtener dinero, pero pensamos que era una forma de hacer justicia”, coinciden, y revelan que su único sustento es la jubilación que cobra Elías por sus años de trabajo en la Dirección Provincial de Vialidad. “Condenaron solamente a dos hombres, y sabemos que hubo más involucrados, gente de mucho poder que participó de la violación y asesinato de nuestra hija”, sostiene Ada. “La Justicia todavía nos debe la condena de todos los encubridores: los policías, los miembros del Poder Judicial y las autoridades del centro sanitario en el que estuvo mi hija. Nunca más se los volvió a investigar”, lamenta. A la vera de la ruta 38, donde apareció el cuerpo sin vida de María Soledad, un monolito y una estatua siguen gritándole “¡no!” al olvido.

EL ASESINO. Guillermo Luque aún convive con la condena judicial de ser el asesino de María Soledad: cada noche debe regresar al Anexo Granja La Viñita, una prisión con régimen abierto. “Esta ahí por su buena conducta”, justifican las autoridades penitenciarias. Desde el 2003 puede salir para trabajar en distintos balnearios en los que sus tíos tienen la concesión. Y se separó de Florencia Alustiza (35), madre de sus dos hijos, Tomás (11) y Jazmín (6). “Quiero un fallo que me limpie de todo estigma”, dice a sus íntimos, a quienes también dio a leer el original del libro que escribió sobre el caso. Su abogado, Víctor Pintos –que se hizo célebre por la frase “conste en actas”– anticipó a GENTE que en los próximos días va a presentar un recurso de revisión de la sentencia: considera que fallos judiciales conexos a la causa demostrarían la inocencia de su defendido. Por ejemplo, el hecho de que la Justicia absolviera a Hugo “El Hueso” Ibáñez y a Edgardo “El Gordo” Méndez como coautores del crimen de María Soledad Morales. Y que dejara libres de culpa y cargo a los policías que declararon que Guillermo Luque estaba en Buenos Aires al momento de cometerse el asesinato y que en un principio fueron procesados por falso testimonio.

Con estos fallos queda demostrado que Luque se comió un garrón, no precisamente por argumentos judiciales, sino por cuestiones políticas”, afirmó. Angel Luque y Edith Pretti –padres del condenado– ya no podrán recuperar la época de esplendor político que los catapultó respectivamente como diputado nacional y legisladora provincial. Después de años juntos a los Saadi, en 2007 Pretti dio un salto a las huestes de Luis Barrionuevo, pero no fue incluida en las listas. Angel (expulsado del Congreso cuando dijo “Si Guillermo hubiera matado a María Soledad, el cuerpo no aparecía más”), vive encerrado en su fortaleza de Puerta de Hierro. Se lo ve poco y, si sale, siempre lo protegen los vidrios polarizados de sus vehículos.

EL ENTREGADOR. Los esfuerzos de Luis Tula por espantar el fantasma de María Soledad resultan vanos a la hora de rehacer su vida con Ruth Zalazar, con quien convive en un chalet de la calle Ayacucho al 300, en pleno centro de Catamarca. Según sus allegados, la pareja no sellaría su reconciliación en el Registro Civil, porque eso significaría poner en riesgo su patrimonio, ya que la Justicia, como Salazar sí es solvente, lo obligaría a pagar una indemnización de 250.000 pesos a la familia Morales. Ada es tajante: “Nunca se van a poder separar, porque saben los nombres de todos los que asesinaron a mi hija. Fueron ellos quienes entregaron a Sole. Deberían pedirle perdón de rodillas por todo lo que dijeron de ella. No sólo la asesinaron física, sino también moralmente”.

En estos días, Ruth habría intimado a Tula a recibirse pronto de abogado. Por eso, él solicitó el pase de la Universidad de Catamarca a la de La Rioja. “Cuando se reciba, quizá tengan un hijo”, arriesgan sus conocidos. Mientras tanto, se dedican a la vida sana: ella hace footing y él juega al fútbol en la liga de veteranos de Maderera. También comparten el gusto por los viajes: en el mes de enero se los vio en una camioneta Ford Explorer de vacaciones por Tucumán. Más allá de haber cumplido su pena, Tula sigue sosteniendo su inocencia: “Mi condena fue una respuesta política a una necesidad social”, afirma. Y dice que el momento más difícil de su vida fue cuando escuchó el fallo: “Más allá de que estaba cantado, tenía la esperanza de que me absolvieran. Juro que soy inocente”.

Bajo la sombra del mismo paraíso donde escuchó la sentencia, Ada Morales espera que la justicia de Dios complete lo que hizo el tribunal. “No pierdo las esperanzas. Estoy segura de que el peso de la conciencia no va a dejar vivir a quienes participaron del asesinato y el encubrimiento de mi hija. Espero que antes de dejar este mundo todos ellos estén presos”. Y se queda, firme como el árbol que la cobija, esperando. María Soledad Morales fue asesinada el 8 de septiembre de 1990. Su cuerpo fue hallado a un lado de la ruta 38, donde un monolito y una estatua la recuerdan.

María Soledad Morales fue asesinada el 8 de septiembre de 1990. Su cuerpo fue hallado a un lado de la ruta 38, donde un monolito y una estatua la recuerdan.

Entre el fútbol y el amor Luis Tula (46) se reconcilió con su ex esposa, Ruth Zalazar, con quien convive en pleno centro de Catamarca. Según sus allegados, la pareja no volvería al Registro Civil porque correría en riesgo su patrimonio: Tula debería pagar una indemnización de 250.000 pesos a la familia Morales. Mientras tanto, él avanza con sus estudios de Derecho y juega al fútbol en la liga de veteranos de Maderera. Y dicen sus allegados que Ruth defiende la inocencia de su pareja como aquel viernes 27 de febrero de 1998, cuando se escuchó la sentencia de nueve años por “partícipe secundario” en el crimen. Incluso tomó parte en marchas de repudio al fallo.

Entre el fútbol y el amor Luis Tula (46) se reconcilió con su ex esposa, Ruth Zalazar, con quien convive en pleno centro de Catamarca. Según sus allegados, la pareja no volvería al Registro Civil porque correría en riesgo su patrimonio: Tula debería pagar una indemnización de 250.000 pesos a la familia Morales. Mientras tanto, él avanza con sus estudios de Derecho y juega al fútbol en la liga de veteranos de Maderera. Y dicen sus allegados que Ruth defiende la inocencia de su pareja como aquel viernes 27 de febrero de 1998, cuando se escuchó la sentencia de nueve años por “partícipe secundario” en el crimen. Incluso tomó parte en marchas de repudio al fallo.

Guillermo Luque cumple su condena de 21 años en el Anexo Granja La Viñita, una prisión con régimen abierto, de la que puede salir para trabajar en balnearios administrados por sus tíos. Camina por las calles de Catamarca como si el tiempo hubiera anestesiado a una comunidad que lo enfrentó durante años.

Guillermo Luque cumple su condena de 21 años en el Anexo Granja La Viñita, una prisión con régimen abierto, de la que puede salir para trabajar en balnearios administrados por sus tíos. Camina por las calles de Catamarca como si el tiempo hubiera anestesiado a una comunidad que lo enfrentó durante años.

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