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La fiesta privada de los Stones

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Llegaron a envidiar mi suerte: iba a estar en la fiesta privadísima de los Stones. Conocería en persona a Mick Jagger, Ronnie Wood, Keith Richards y Charlie Watts. Eso, se suponía. La cita: Mansión Alzaga Unzué del Four Seasons entre la una y las dos de la mañana. Se trataba de la última noche de los Rolling en la Argentina y lo iban a celebrar como acostumbran desde hace 44 años: mucho trago, pocos amigos.

Entro cinco minutos antes de las dos. Entonces, me llevo la primera sorpresa: la Mansión (bunker stone en la Argentina), está casi vacía. Cuento: hay ocho personas, ni una más. La barra de tragos (donde ofrecen desde champagne hasta agua mineral, pasando por los mejores vinos, whiskies, cervezas y caipiroskas) ya hizo sus primeros despachos. Ursula Vargues y Romina Gaetani esperan la llegada de Jagger con unas copas de tinto en la mano. Federico Gastaldi (productor de profesión, uno de los mejores amigos de Mick y el organizador de ese y cada evento stone en estos días) habla con Juan Navarro, su amigo del Exxel Group. Nacho Viale (nieto de Mirtha Legrand) conversa con Gaby Alvarez (el RR.PP. de AM Comunicación). Me presentan a Ariel, hermano de Alvarez, y a su novia Luli. Sólo ellos. Nadie más.

Se me ocurre pensar que tal vez, tras la empapada en el recital, ninguno de los rolling baje. Después de todo, no sonaba nada ilógico: entre los cuatro suman 245 años, todavía les quedan ocho países por recorrer, 13 shows por delante con A bigger bang tour y faltan apenas 14 horas para que despegue el avión que los llevará rumbo a México, su próximo destino. Y sí, la posibilidad de que prefieran quedarse relajados en sus cómodas camas cinco estrellas antes de gastar sus horas de sueño en una fiesta más, está. En eso, entra Mick Jagger y se me presenta:

Hula, I am Mick.

Apretón de manos. Dos besos: uno en la mejilla derecha, otro en la izquierda. Sonrisa carnosa. Y sigue. Regala el mismo saludo a todos y cada uno. Termina con su único íntimo argentino, Gastaldi. Y regresa al sillón de sus invitadas: “Ursula, ¿tempranou despiertasté...?”, le pregunta en castellano y sigue en inglés: “¿Estás cansada? ¿Tuviste televisión...? Romina, ¿estás bien?”.

Me cuentan que Mick conoció a Vargues y Gaetani en la primera fiesta, la que también organizaron Gastaldi y Juan Navarro con la colaboración de Viale y Alvarez. Fue el martes y se hizo ahí mismo, después del primer recital. Dicen que esa noche había sólo 25 invitados (“hoy seremos como cincuenta”, le aclaran), que fue Juanita Viale con su novio chileno Gonzalo Manguera Valenzuela, Flavia Palmiero, El Zorro Von Quintero y las modelos Cintia Zabaljáuregui y Luli Fernández. Que esa vez, Gaetani llegó con Juan Navarro, que venían de verlos en River. Que Mick no probó el alcohol porque, dijo, nunca bebe hasta terminar con sus shows. Que quedó flasheado con la belleza de Luli y con la simpatía de Ursula. Que a ellas las volvió a ver a las dos de la tarde del miércoles en la casa de Juan Navarro, quien le organizó un almuerzo con pastas con la excusa de ver el partido entre los ingleses del Chelsea contra los catalanes del Barcelona, por la Champions League. Que estaban también Gaby Alvarez, Marcela Tinayre, Nacho Viale, Marcos y Federico Gastaldi. Que paseó por el jardín, les sacó fotos a todos y prometió mandárselas por e-mail. Que a los hermanos Gastaldi, a Nacho y a Luli se los reencontró esa misma noche en el hotel: Mick quería cenar temprano para ir a dormir porque –les explicó– al otro día daría se segundo show. Que comieron en la Mansión. Que para los postres, Jagger le pidió a Nacho y a los Gastaldi que lo siguieran a su habitación. Les tenía una sorpresa: no bien abrió la puerta, una orquesta de tango comenzó a tocar para ellos...

Jagger es el gran anfitrión. Aunque carga con la sombra de su asistente personal y sus tres custodios (que se mueven a distancia, casi invisibles), él controla absolutamente todo: sabe bien quién está y quiénes faltan. Se toma la molestia de saludar a cada uno de sus invitados: mano, beso, beso; repite, casi como un ritual.... Es algo más bajo de lo imaginado, pero sigue pareciendo enorme: esa flacura contra los huesos y el porte de Sir (que tiene y ostenta) lo hacen verse gigante igual.

Ahí viene Ronnie Wood junto a Jo Howard, su mujer desde hace dos décadas. También hay una castaña, a la que Ron me presenta como: “Leah, el gran amor de mi vida”. Es su hija. Suena un tema de Rod Stewart y el más joven de los stones (tiene 58) grita: “My friend, yes!” y hace unos pasitos de baile en soledad. Jo tiene una sonrisa inmortal, tan simpática se la huele, que nadie (excepto alguna que otra mujer) nota que luce una minifalda algo inapropiada para sus kilos y edad. Se presenta sola, le pregunta a cualquiera si está bien y ofrece algo para tomar.

Mick se cruza con un grupo de tres chicas que acaban de llegar. Las detiene. Y las sorprende en su inglés:

–¿Qué quieren de mí?

Silencio.

–¿Quieren que cante...? ¿Bailar conmigo?

Una de ellas le pide Angie. Entonces, se le acerca cuerpo a cuerpo. La abraza. Y la satisface al oído: “Angie... Angie. When will those clouds all disapear... Angie, Angie. Where will it lead us from here... whid no lovin’ our souls and no money in our coats...”.

Las tres ríen. Son felices. Jagger también.

Keith Richards hace su entrada informal. Está con Patti Hansen, su mujer desde hace 20 años, tan bella como en sus épocas de top model. Elegantísima y fina, además. Se los ve relajados. Conversan con los músicos y coristas de la banda. Según parece, los Richards sólo se codean con conocidos. A excepción de Gaby Alvarez, que se les acerca para regalarles un pompón de lana (a ella) y una cinta trenzada verde (a él), después de que Patti le mandara a decir por uno de los asistentes de su marido que le gustaba mucho su look. Gaby, vestido de impecable blanco, le pregunta a Keith acerca de su devoción por los anillos de calaveras, los cuchillos que lleva en sus cintos, las cadenas, las pulseras, aros y demás. “Es que yo soy como... ¿Cómo le dicen aquí a los que usan boleadoras? ¡Eso! ¡Soy un gaucho! ¡Soy el descendiente del gaucho con sus boleadoras!”, le dice Richards. Acto seguido le pide a Gaby que le ate el obsequio en su muñeca izquierda porque “si fue hecho a mano, tiene buena energía...”

Alguien le comenta a Ron Wood que Diego Maradona quiere conocerlos. “¡Maradona, ídolo! Que venga, es mi invitado”, ordena. Están Marcela Tinayre y Marcos Gastaldi. También, Jorge Rodríguez (el ex de Susana) que parece haber oficializado del todo su historia con Sol Bunge. Por ahí andan, también, el empresario Pablo Cosentino. Y Juanse, el líder de los Ratones.

Mick se pasea con su champagne servido en vaso de trago largo. Baila pegado a una rubia divina que no debe tener más de 19 años, ella le cuenta que se llama Florencia y que llegó invitada por Nacho Viale. Se va. Ahora descubre a una morocha espectacular que no había visto antes. Es Connie, una gran amiga de Juanse. Presentación de rigor. Ella lo felicita, le dice que viene del show y que le gustaría saber cómo hace para mantenerse igual que a los 20: “Entreno antes de cada tour y antes de cada show. No tomo alcohol si tengo escenario. Tampoco fumo. Y estoy entregado a la vida espiritual. Esa es la nueva religión stone”, le jura Jagger entre risas.

Charlie Watts no baja. Dicen que tampoco lo hará. El más “viejita” de los rolling (tiene 64) es el opuesto al resto: tranquilo, callado, reservado. Prefirió quedarse en su cuarto, descansando para la gira que seguirá girando. Wood (que para la fiesta eligió una camiseta de la Selección argentina con su nombre grabado en la espalda) aparece abrazado a Maradona (que trae una remera negra, con lengua stone impresa en el pecho). Se cruzaron en el hall, cuando Ron salía del baño y Diego llegaba del Soul Café con El Zorro Von Quintiero. Nunca se habían visto antes. Conocerse era su sueño: el rolling ama el fútbol y Diego es un confeso stone fan. Se cruzan con Jagger.

–¡Mamita, si vieran Dalma y Gianinna que estoy conociendo a los Stones! –grita Diego.
–¡Maw-ga-dona! –exclama Mick.

Se saludan con un apretón de manos. Y Jagger sigue su camino con su trago en mano. Se cruza con María Susini. Bailan.

Ron le confía a Diego: “Vengo de Brasil y adoro a Ronaldinho. Pero por vos, yo siempre quiero que gane Argentina”. En ese momento, Constancio Vigil hijo (empresario, presidente de Editorial Atlántida) les propone hacer cambio de camisetas. “Si él quiere, yo encantado”, acepta Diego, con su habano en mano. Al segundo, los dos en cueros. Revolean sus remeras y bailan, chocan sus manos y ¡cambio!: Ron se calza la remera stone, Diego la de la Selección.

Mick Jagger quiere escuchar Manu Chao. Lucha contra el equipo de música, intentando suerte con todos los botones. No logra descubrir el “eject” para expulsar el CD. Se rinde. Vuelve a Ursula Vargues (“la más simpática de las que he conocido“, se lo escuchó decir). Ella supone que debió pasarla mal bajo la lluvia. El dice que no, que hizo cambio de cuatro pilotos, que adora el agua y que adora a los argentinos también. Le confía que todos los Stones califican al público después de cada show y que el nuestro fue el mejor de todos, que ninguno pudo creer cómo soportaron el diluvio en River como si nada pasara.

Keith Richards se va, con su Marlboro encendido y un vaso de whisky en la mano: último en llegar, primero en irse. Wood lo intercepta abrazado a Diego. No llega a presentarlos. Richards le pega un abrazo, lo palmea. Ahora Mick charla con Luli Fernández (“la más bella de todas las argentinas”, la definió). Le habla sobre el valor que tiene para él la amistad, de la importancia de esos códigos. Le cuenta que los amigos que conoció a los diez años siguen siendo sus amigos, que los que conoció a los 20 siguen siendo sus amigos, los que conoció a los 30 son sus amigos y que: “Federico Gastaldi es de esos que conocí a mitad de mi camino y sigue siendo mi amigo: sé que cuento con él en cualquier rincón del mundo”.

Suena Prince, se arma el dance. Jagger, Wood con su mujer y su hija, Maradona, Connie, Ursula, Romina, todos a bailar. Charly García es el último en llegar. Son las cuatro y diez de la mañana del viernes. Viste un saco de pana bordó y trae en la mano su último CD, Influencia, que le obsequia a Blondie Chaplin, uno de los coristas de la banda. Diego intercambia relojes con Jorge Rodríguez: el empresario le da su Rolex y el Diez su Cartier. Wood quiere que pongan temas de Stevie Wonder. La idea, seguir bailando…

Me estaba yendo cuando Jagger se me acerca. Pregunta si bailo. Le digo que prefiero preguntar. Mick parece no escuchar: me toma de las manos e improvisa unos pasos. Ultima sorpresa de la noche: “¿Qué clase de pregunta quieres hacer?”, interroga él. Le digo que estaría bueno saber qué tipo de música, además de Manu Chao, escucha él.

Respuesta de Jagger: “Depende del momento. Para bailar, Manu Chao está muy bien. Para el sexo prefiero el raga indio, que tiene un buen climax –me comenta pícaro, mientras gira para mirar a Luli Fernández–. Siempre llevo mi música en mi computadora y en mi iPod. Me gusta el blues, el soul, el jazz... Hasta música clásica y tango… Escucho música que muchos odian. Escucho todo de todos...”.

Son las cinco de la mañana del viernes 24 de febrero del 2006. La fiesta privadísima de los Rolling Stones sigue girando…

Jagger entre Ursula Vargues y Romina Gaetani. El propio Mick las invitó. Ellas, las primeras en llegar y las últimas en irse.

Jagger entre Ursula Vargues y Romina Gaetani. El propio Mick las invitó. Ellas, las primeras en llegar y las últimas en irse.

Wood y Maradona: baile en cueros. Jamás se habían visto, pero no hicieron falta las presentaciones. “<i>¡Maradona!</i>”, exclamó Ronnie. El abrazo fue inmediato; la onda, también.

Wood y Maradona: baile en cueros. Jamás se habían visto, pero no hicieron falta las presentaciones. “¡Maradona!”, exclamó Ronnie. El abrazo fue inmediato; la onda, también.

Richards y Gaby Alvarez. El RR.PP. le regaló una trenza de lana verde confeccionada por él, que Keith enseguida estrenó en su muñeca izquierda.

Richards y Gaby Alvarez. El RR.PP. le regaló una trenza de lana verde confeccionada por él, que Keith enseguida estrenó en su muñeca izquierda.

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