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La crisis que le espera a Obama

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Paul Nawrocki camina por Canal Street de impecable saco y corbata. Parece un ejecutivo más en este caluroso otoño de Nueva York, excepto por un visible detalle: es un hombre sándwich, y en el letrero que cuelga de sus hombros anuncia su desesperación: “Casi un homeless, en busca de empleo”. Nawrocki tiene 59 años, se siente un desamparado y está quemando las naves para que el sueño americano no sea la pesadilla que le toca vivir. Su mujer, de su misma edad, es diabética, tiene su cadera operada y toma 15 medicamentos. Y su hija Lila, de 22 años, tampoco consigue empleo.

“Yo trabajé en la industria juguetera toda mi vida. Lo último que hice fue ser director de Operaciones de Sababa Group, que quebró el 13 de agosto de este año. Mire mi currículum: ninguna de las cinco empresas que figuran en él siguen en el negocio. Ahora estoy buscando trabajo en forma desesperada, gastando mi dinero en enviar solicitudes: mandé faxes a casi 7 mil compañías. Sólo me llamaron de tres, pero las entrevistas no llegaron a nada. Y con mi edad, se hace más difícil”, dice con resignación. Y se ríe cuando le preguntamos por el rescate de 700 mil millones de dólares con que el gobierno norteamericano intentó frenar la crisis financiera: “No va a funcionar. Da bronca saber que uno, como contribuyente, está pagando para que no quiebren empresas, y se entera de que una de las que recibieron ayuda les pagó un spa de 480 mil dólares a sus ejecutivos y lo cargó a nuestra cuenta”.

Otra imagen, en la Calle 34 de Manhattan, es en sí misma una definición del realismo mágico. Un hombre y una mujer, frente a las lujosas vidrieras de la Gran Manzana, se acercan a los árboles, que todavía conservan los adornos de Halloween: zapallos y choclos verdaderos. Entonces, como si los cosecharan, ella retira los choclos y él los guarda en una bolsa de plástico. Son viejos, y la mujer lleva un sombrero al estilo del Altiplano. Se asustan un poco con las fotos, y luego, él cuenta que se llaman Juan y María, que tienen 76 y 70 años, que son de Cuenca, Ecuador, y viven en la calle 30 de Manhattan. En voz baja dice que están allí desde hace 20 años, que perdió su empleo en la construcción hace tiempo, que no encuentra otro trabajo y que viven recogiendo latitas de la calle. “El gobierno no nos da nada... Por lo menos con esto –muestra el fruto de la “cosecha” neoyorquina– nos haremos un guisito”, dice, y nos pide una bolsa más resistente. Y se esfuman, a paso lento, como un espejismo.

En esta ciudad, encontrar a un extranjero es casi tan sencillo como hallar a un norteamericano. Halid Mahmood maneja su taxi (un Ford Crown Victoria) desde el aeropuerto John F. Kennedy. Hasta hace algunos meses, este paquistaní de 52 años, nacido en Punjab y con 26 años de residencia en los Estados Unidos, era gerente en el hotel Chelsea Inn. “Desde entonces no encuentro otro trabajo –cuenta mientras toma el túnel para llegar a Manhattan–. Es que la recesión ha llegado. Los precios suben cada vez más. Los alimentos lo hicieron un 32 por ciento en los últimos seis meses. Yo llenaba el tanque de este automóvil con 32 dólares y ahora necesito 65. Antes vivía en una habitación del hotel, pero ahora me tuve que mudar a Jersey City y pago 850 dólares al mes por un departamento de un dormitorio. Ganaba 750 dólares por semana, y ahora apenas llego a los 300 o 400 cada siete días, con jornadas de 12 horas. Pero hace tres meses, cuando empecé con el taxi, ese dinero lo hacía en un buen día...”. Mahmood, cuenta, es republicano, “pero espero que Obama traiga cambios”, dice esperanzado.

NUMEROS EN ROJO. Desde la Argentina, donde las crisis tienen la profundidad de un abismo, hablar del mal momento en los Estados Unidos puede generar una mueca de incredulidad. Sin embargo, como sostiene el dicho, “cuanto más grande, más ruido hace al caer”. Algunos datos son elocuentes:

- El Departamento de Trabajo informó que en lo que va del año se perdieron 1,2 millones de empleos. Y de ellos, 651.000 en los últimos tres meses. Y señaló, además, que los pedidos de ayuda social, en la última semana de octubre, se incrementaron en 15 mil.

- Un informe de la Reserva Federal de Nueva York indicó que el sector financiero de Manhattan ocupaba en el año 2007 el 12,7 por ciento de los empleos y se llevaba el 36 por ciento de la masa salarial. Mientras que en el sector de los “securities” (donde se negociaban bonos directamente con los inversionistas, sin pasar por los bancos), trabajaba el 5 por ciento de los empleados de la ciudad y se llevaban el 25 por ciento del total de los salarios. El mismo paper decía que el sueldo tipo era de 400 mil dólares anuales. Y que cada puesto en este tipo de empleo generaba 2,3 trabajos en el sector de servicios. Pero con la crisis, se estima que por cada cesanteado del sector financiero, tres trabajadores de servicios perdieron sus empleos.

- Según Gallup, la mayor preocupación para el 69 por ciento de los norteamericanos es la economía. Lejos, con el 11 por ciento, está la situación de las tropas en Irak. l El centro de ayuda al suicida The Samaritan’s, en Albany, Nueva York, recibió un 16 por ciento más de llamados que el año anterior.

- Ana Oliveira, presidenta de la New York Women’s Foundation, señaló que una de cada cuatro mujeres negras, indígenas o latinas viven en la pobreza en esa ciudad, mientras que una de cada diez mujeres blancas está en esa situación.

- Para peor, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, anunció una suba en el impuesto inmobiliario del 7 por ciento, entre otros aumentos, para paliar el déficit de 4 mil millones de dólares en el presupuesto estimado hasta el año 2010. Y al mismo tiempo, dio de baja un plan para dotar de 17 mil nuevos asientos a 42 escuelas de la ciudad.

CRISIS CON ACENTO PORTEÑO. En toda la ciudad se ven cortinas bajas, negocios que anuncian liquidaciones y cierres. Puede ser en Manhattan, en el boulevard Martin Luther King, en Harlem, donde el martes 4 de noviembre se festejó toda la noche el triunfo de Barack Obama, o en Jackson Heights, Queen’s, donde viven muchos argentinos. Francisco Cantagallo, un compatriota de 73 años, llegó a ese barrio en 1968. Entrar a su carnicería y almacén, llamado Don Francisco, es como hacerlo en una despensa de cualquier barrio porteño: todas las marcas se recitan de memoria y la carne, de Texas o Nebraska, está cortada al estilo criollo. A su lado hay un local cerrado: “Era una zapatería, pero el dueño le pidió al muchacho 6.000 dólares de alquiler por mes y se fue. Yo pago 3.000 y tengo dos años de contrato, así que me mantengo”. Pero la recesión también lo cacheteó. En un porteño que no abandona, explica: “Acá hay bastante malaria, aunque sé que en la Argentina está flojo. A mí me mermó la fiambrería, porque la gente no puede gastar. Entonces saqué la fiambrería, me ahorré un empleado y empecé a fabricar chorizos. Ahora abro sólo de jueves a domingo. Y el resto, cerrado al público. Tener un empleado más no me rinde. Acá ganan, mínimo, 500 dólares semanales. Es plata. Me ahorro dos mil por mes y con esa guita salvo la luz”.

Otro argentino, pero llegado después de la crisis del 2001, es Mauricio Zabalza. Tiene 44 años, es de General Belgrano, provincia de Buenos Aires, y su pasión es la radio. Se fue de la Argentina en junio del 2002, dice, porque “no tenía un peso”. Y arrancó de abajo: “Cargaba cajas, y el primer día me dieron un cheque de 43 dólares. Pensé que había descubierto la gallina de los huevos de oro. Al final volví a lo que hacía en mi pueblo: me metí en Radio Unica –que después quebró–, donde a los tres meses compré un espacio y hacía Despertando, che, un programa latino. Me pasé a un holding de radios chino, y llegué a tener 24 horas semanales. Algunas las conducía y otras las producía. Pero hace dos años empecé a ver la crisis, cuando algunos clientes me empezaron a dar cheques sin fondos. Ahora tengo como diez trabajos diferentes: hago un programa de fútbol, La Polémica, trabajo para Thalía, soy maestro de ceremonias –lo último fue conducir Miss Argentina en USA– y hago toda la parte de medios de una iglesia cristiana. Pero hasta a ellos les llegó la recesión: las ofrendas son cada vez menos, y ya echaron a dos empleados. Pero los que más están sufriendo son los tipos que llegaron cargando cajas como yo: muchos se tuvieron que volver a sus países”.

Toda crisis tiene su origen. La de Estados Unidos comenzó en el sector inmobiliario. Allí trabaja Ricardo Méndez, de 46 años, casado con Tatiana, una rusa que conoció en su oficina, con quien tiene una hija de dos años, Michelle. Se fue de su Lanús natal hace cuatro décadas. Vive sobre el mar, en Flushing Bay, desde donde ve el aeropuerto de La Guardia. Hasta que detonó la situación estaba inmerso en el negocio de las hipotecas. “Tenía un programa de radio que se llamaba Mi casa es su casa, donde enseñaba cómo comprar una propiedad a la comunidad hispana. En ese momento, hace tres años, se podía comprar una casi sin dinero, con el 2 o el 5 por ciento del total. Los bancos daban préstamos de alto riesgo, sin verificar los ingresos. Por eso todo empezó a ir mal, porque muchos no pudieron pagar”. Con este panorama, Méndez se tuvo que ajustar el cinturón: “Tengo un yate de 12 metros y ahora estoy preocupado, porque lo estoy pagando y mis ingresos bajaron un 90 por ciento. Si este año hice 15 mil dólares, es mucho. Por suerte tengo ahorros, porque ganaba unos 100 mil. Pero los estoy usando para sobrevivir”. Paul Nawrocki tiene 59 años, perdió su empleo de director de Operaciones en una industria juguetera y salió a buscar trabajo a la calle como hombre sándwich. El cartel dice <i>“Casi un homeless”</i>.

Paul Nawrocki tiene 59 años, perdió su empleo de director de Operaciones en una industria juguetera y salió a buscar trabajo a la calle como hombre sándwich. El cartel dice “Casi un homeless”.

En plena Calle 34 de Manhattan, dos ecuatorianos recogen choclos de los adornos que quedaron de Halloween para comer. Viven de juntar latitas desde que Juan, de 76 años, perdió su trabajo en la construcción.

En plena Calle 34 de Manhattan, dos ecuatorianos recogen choclos de los adornos que quedaron de Halloween para comer. Viven de juntar latitas desde que Juan, de 76 años, perdió su trabajo en la construcción.

Francisco Cantagallo al frente de su carnicería en Queen’s: ahora cierra tres días por semana.

Francisco Cantagallo al frente de su carnicería en Queen’s: ahora cierra tres días por semana.

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