La chica que lloró de hambre hoy tiene pan – GENTE Online
 

La chica que lloró de hambre hoy tiene pan

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"No puedo estar parada porque me duele el estómago. Me duele de hambre…".
(Barbarita Flores, tucumana, entonces de 9 años, ante las cámaras de televisión,
el 16 de abril del 2002).

-Pase, Flores…
-Sí, señor. ¿Qué se le ofrece?
-Buenas noticias. Ya tiene trabajo. Fue nombrado ordenanza del Ministerio de
Gobierno. Puede empezar mañana mismo.

El diálogo sucedió el 2 de junio pasado en el despacho de Jorge García Mena,
secretario de Desarrollo Humano de Tucumán. Samuel Flores (34) le apretó la
mano, susurró un "Gracias, doctor" mientras se secaba las lágrimas, y juró que
ni Barbarita ni sus hermanos -Juan, Ruth, René, Franco, Andrea, Lucía y Alvaro-
volverían a pasar hambre.
Y hoy, ahora, agosto, cobrado ya su primer sueldo (300 pesos por mes), le dice a
GENTE:

-Creo que conseguí el trabajo por cansancio, a fuerza de golpear puertas…

Esas puertas se llaman, según él, "GENTE, la revista de ustedes, que nos apoyó
desde el principio, y los veinte médicos que llegaron a nuestra casa para
atender a Barbarita después de que apareció en la tele. Gracias, gracias a
todos…
".

La casa, en el barrio ATE del San Miguel tucumano, es la misma que en los días
oscuros, pero hay en ella ecos de risas. Casi de fiesta. Porque…

-¿Por qué, Samuel?
-Porque nunca más nos va a faltar el pan. Y si nos falta, puedo pedir fiado
porque tengo trabajo. ¿Sabe? En los últimos tiempos ya no me fiaban ni un kilo
de pan… Se habían cansado a fuerza de no cobrar. Pero de ahora en adelante, poco
a poco, me voy a ir poniendo al día…

-¿Le alcanzan esos 300 pesos por mes?

-Los voy a hacer alcanzar, aunque tenga que hacer magia…

-Hoy es el Día del Niño. ¿Habrá alguna sorpresa para sus hijos?
-Sí… ¡Pude comprarles masas! Y se acabó el reparto de la miseria, ese pedacito
de carne dividido en ocho bocados, como antes. Desde que trabajo, les puedo dar
de cenar.

-¿Nunca cenaban?
-Mientras estuve sin trabajo, nunca. Se iban a dormir con el estómago vacío. Al
principio me pedían comida, pero después, a la fuerza, se acostumbraron…

-¿Es posible acostumbrarse al hambre?
-Ya lo creo… A las ocho de la noche no tenían sueño, pero el hambre los
arrastraba a la cama, y se ponían boca abajo para que el estómago les doliera
menos.

-Algunos insinuaron que el hambre de sus hijos -sobre todo el de Barbarita- fue
culpa suya, Samuel. Se habló de desidia…
-No, señor. Eso es una infamia. Le juro que siempre fui un piñón fijo. Siempre
le di al pedal para adelante. Pero cuando no hay trabajo, ¿qué puede hacer uno?
Apretar los puños de rabia, nada más… (Se quiebra. Llora casi a gritos. René,
uno de sus hijos, de 12 años, lo abraza: "No hay que ser ingrato, papá. Hay que
darle gracias a Dios porque hoy tenemos comida, y rezar para que mañana no nos
falte. No pierdas la fe, papá…
").

-Fuerza, Samuel. Las cosas han cambiado…
-Le pido perdón por estas lágrimas, mi amigo… (Toma, casi con desesperación, un
vaso de agua). Créame: son lágrimas de alegría. (De pronto mira a su mujer, que
también llora, aunque en silencio, casi oculta en un rincón). No llores, Carmen,
por favor… Lo peor ya pasó.

-¿Qué les dice a sus hijos, Samuel? ¿Cómo los prepara para enfrentar otros
tiempos difíciles?
-Les digo que estudien, que estudien, que estudien, para que tengan un arma que
su padre nunca pudo tener. Barbarita ya está en tercer grado, ¿sabe?

-Hace un rato lloraba, pero ahora sonríe, Carmen… ¿Por qué?
-Porque empiezan a venir los buenos recuerdos, señor. La solidaridad de tantos,
y sobre todo la noche en que Barbarita fue a la tapa de los personajes del año
de GENTE, el momento en que se encontró con las chicas de Bandana, las besó una
por una y les hizo firmar los autógrafos en su cuadernito, que guarda como una
reliquia… No sabe qué feliz fue esa noche.

-¿Se culpa de algo, Samuel?
-Sí… De haber tenido tantos hijos. Ojalá me hubieran educado, me hubieran
enseñado algo de eso que llaman salud reproductiva, porque entonces hubiera
tenido dos o tres hijos, y no ocho. Los quiero a todos, pero la vida nos golpeó
muy fiero. A más hijos, menos oportunidades.

-¿Cómo es su trabajo en la Casa de Gobierno?
-Entro a las siete de la mañana y salgo a las dos de la tarde. Sirvo café, llevo
y traigo papeles, limpio algunas oficinas. Pero no me conformo. Como le dije,
siempre fui un piñón fijo… Además de cumplir con mi trabajo, voy a buscar otro,
se lo juro. Con uñas y dientes… ¿Sabe por qué? Porque todos los días veo, en la
Casa de Gobierno, a los padres de otras Barbaritas mendigando una ayuda.

-¿El Gobierno los escucha? ¿El Gobierno hace algo por ellos?
-Es triste… Los gobernantes tienen oídos, pero a veces -aunque no fue mi caso-
no saben escuchar. Entonces, ¿qué puedo hacer? Rezar, nada más. Todas las noches
rezo…

-¿Qué dicen sus rezos?
-Le doy gracias a Dios por el trabajo que conseguí, le pido pan y trabajo para
los desesperados, y le ruego que ilumine a los gobernantes para que abran sus
ojos y sus oídos ante tanta miseria, y puedan hacer algo.

-Ha vuelto a llorar, Samuel. ¿Por qué?
-Porque hoy tengo pan, señor, pero sé muy bien que hay miles y miles que no lo
tienen, y lo recuerdo cada vez que me llevo un pedazo a la boca. Es… ¿cómo
explicarle? Es un bocado muy dulce, pero también muy amargo.

Barbarita Flores hoy, en su casa del barrio ATE, Tucumán, rodeada de juguetes y casi totalmente recuperada de su cuadro de desnutrición.

Barbarita Flores hoy, en su casa del barrio ATE, Tucumán, rodeada de juguetes y casi totalmente recuperada de su cuadro de desnutrición.

Samuel, Carmen (su mujer) y los ocho hijos del matrimonio, brindando por la buena nueva:

Samuel, Carmen (su mujer) y los ocho hijos del matrimonio, brindando por la buena nueva: "Papá ya tiene trabajo".

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