Irak entre la vida y la muerte – GENTE Online
 

Irak entre la vida y la muerte

"Todavía algunos dispar
os, y se acabó. Se acabó también la gran fiesta. Se

acabó la semana de gloria. Mañana será un domingo muy triste, desierto, y el
lunes volverán a abrir las tiendas y las oficinas. París se pondrá de nuevo a
trabajar"
.

(Jean Paul Sartre, final de su crónica Liberación y victoria, publicada en el
periódico Combat el 22 de agosto de 1944, en vísperas de la liberación de París,
hasta entonces ocupada por las fuerzas del Tercer Reich).

PRIMER ACTO. Con la grandeza de las palabras sencillas, Sartre cerró así
la última de sus seis inmortales crónicas sobre la resistencia de los parisinos
contra el invasor nazi y sus vítores a la llegada del ejército aliado. Casi seis
décadas han pasado de esa epopeya y esos textos, pero su magnífica síntesis -la
vida continúa- vuelve a verificarse hoy sobre el primer campo de batalla del
siglo XXI.

A verificarse, sobre todo, en imágenes fotográficas ahora frescas pero ya
destinadas a la Historia, como lo fueron (lo son) las del soldado ruso que iza
su bandera en la cúpula del Reichstag alemán (1945), el batallón norteamericano
que clava la suya en una colina de Iwo Jima y cumple el prometido "Volveremos"
del general Douglas Mac Arthur, la chica espantada y desnuda que huye por una
carretera de Saigón y, en la primera gran tragedia del nuevo siglo, los
inocentes hombres y mujeres cubiertos de polvo que lograron salir vivos del
bestial atentado a las torres gemelas de Nueva York. Imagen que en estos días de
involuntaria o deliberada (de los dos hay…) sacralización del dictador y asesino
Saddam Hussein parecen olvidar tantos y en todas las latitudes.

Respiran, sobre la mesa de redacción y a la hora del cierre, no menos de una
veintena de esas imágenes. Un capitán-médico norteamericano que auxilia a un
soldado iraquí herido en la pierna izquierda. La llegada a los Estados Unidos de
sus primeros muertos. El partido de fútbol que jugaron en Bagdad, el viernes 28,
el Zawra y el Samara, en un estadio de tribunas casi vacías (caben 50 mil y sólo
había 5 mil), y el sugestivo puntapié inicial de Uday Saddam, uno de los hijos
del dictador de Irak.

Hay más. Tres ataúdes cubiertos por la bandera inglesa, tres ataúdes cubiertos
por la bandera norteamericana, tres ataúdes cubiertos por un lienzo blanco con
leyendas en árabe. "Al destino le gustan las simetrías", escribió Borges,
y estas simetrías acaso le dan la razón. Un hombre y sus seis hijos huyen por
una carretera de Basora. Un centenar de manos se alzan en busca de la "¡Akel,
akel!"
(comida) que reparte la Media Luna Roja, la Cruz Roja árabe. Dos
cascos camuflados sobre un ataúd cubierto por la bandera de las barras y las
estrellas, y las caras severas de los jóvenes hombres que despiden a sus dos
compañeros caídos. Los 58 civiles -entre ellos, 16 mujeres y 7 niños- que
murieron cuando un misil impactó en el mercado Al Nasser, de Bagdad. El taxi
destrozado que fue la tumba del kamikaze Alí al-Numani y de cinco marines que se
acercaron creyendo que Alí era un inocente taxista que los llamaba para hacerles
una pregunta. Las cinco mujeres y dos niños que cayeron bajo las balas en Najaf
-15 kilómetros al sur de la capital- cuando desoyeron la voz de alto de un
control de Infantería norteamericana. Las seis mujeres-soldados norteamericanas
que, a bordo del portaaviones Lincoln, se pintan por última vez los labios antes
de bajar "al infierno", como define a la guerra (a ésta y a todas) James
Webb, que comandó una compañía de marines en Vietnam y llegó a secretario de
Marina de los Estados Unidos.

Y más imágenes todavía: el hoy frágil pero todavía indestructible Juan Pablo II
hundiendo su cabeza entre las manos ante el dolor de la guerra ("Todo Irak
está bajo las bombas. La población civil, ya extenuada tras un largo embargo y
decenios de penurias, está pagando el precio más alto de un conflicto que
amenaza con durar más tiempo del previsto
", escribió el diario vaticano
L'Osservatore Romano); un médico norteamericano abrazando a una chica iraquí de
ocho años; los casi tres siglos que separan a un tanque británico de última
generación y a un carro tirado por un burro y guiado por tres chicos iraquíes
captados por la lente al cruzarse en una carretera de Basora.

Y luego, casi al final de la vasta galería, la última: los heridos (58) del café
Londres de Netanya, entre Tel Aviv y Haifa, volados por el terrorista suicida
Rami Ghaneml al grito de "¡Este es un regalo de la Jihad islámica al heroico
pueblo de Irak!
" un segundo antes del "martirologio que lleva al Paraíso",
atroz celebración de la muerte que impulsó a los criminales que derrumbaron el
Trade World Center (más de 3 mil muertos) y que comandará a los 4 mil
voluntarios llegados a Irak desde varios países árabes para inmolarse matando en
nombre de Saddam Hussein. De Saddam Hussein, definido por Ahmed Alí ante un
corresponsal, hace apenas dos días, "como la ruina de Irak, el amo del
partido Baas que ordena cortar la cabeza de todo el que se le oponga, y que ganó
su último referéndum electoral por el 99,9 por ciento de los votos… porque a
todo el que se atreviera a votar en contra se le cortaba un dedo…
".

SEGUNDO ACTO
. Pero reducir esta historia -estos primeros once días de
guerra- a imágenes que oscilan entre las inevitables vida y muerte, entre el
telón inicial de la CNN (una imagen fija de Bagdad iluminada por explosiones) y
el descenso de las inapelables cámaras fotográficas a la cotidiana existencia,
es apenas una herramienta del periodismo: arte que exige, además de la verdad,
síntesis e impacto. Y la verdad -que no es una toma de posición, como en estos
días sucede en la mayoría de los medios- es mucho más compleja: es la Hidra de
siete cabezas, el monstruo de la isla de Lerna que Hércules aniquiló cortándole
las siete con un solo golpe de espada. Cabeza número uno: la creencia, alentada
en un principio por George W. Bush y los altos mandos, de que la guerra sería
corta y no demasiado cruenta. Cabeza número dos: la comprobación (sólo negada
por corresponsales sin demasiada experiencia) de que no hay guerras ni tan
cortas ni tan fáciles, basta repasar los libros de Historia del colegio
secundario. Cabeza número tres: suponer que el enemigo -Irak-, armado con
tecnología obsoleta y confiando hoy sólo en su Guardia Republicana, sus
hombres-bomba y la presunta resistencia guerrillera a lo Ho Chi Minh (la batalla
casa por casa) puede vencer a la coalición Estados Unidos-Gran Bretaña, dueña
del mayor y más moderno arsenal del planeta. Cabeza número cuatro: imaginar que
Irak será "otro Vietnam" (temeraria afirmación de algunos columnistas no
expertos en cuestiones bélicas), olvidando que Vietnam del Norte no fue
rápidamente arrasado por dos razones: las vacilaciones políticas de la
administración Nixon y el temor de que la hoy desaparecida Unión Soviética y la
entonces comunista China intervinieran en el conflicto y lo extendieran al costo
de una Tercera Guerra Mundial. Cabeza número cinco: creer que la coalición
aliada ha desplegado en Irak la totalidad de sus hombres y su tecnología bélica
cuando apenas se han cumplido once días de guerra: un lapso minúsculo aun en el
más desigual de los conflictos armados. Cabeza número seis: celebrar (como se
advierte a través de mucha prensa) una detención parcial de las acciones como
una victoria a medias de Saddam Hussein, sin tomar en cuenta que las tormentas
de arena y la llegada de los apoyos básicos (armas, combustible, agua,
alimentos) sufren inevitables demoras que no implican un vuelco en la suerte
final de la guerra. Cabeza número siete: confundir a un país agredido con un
país agresor. En todo caso, y más allá de toda especulación y/o posición
política, hay dos verdades incontrovertibles: Saddam Hussein no puede ni debe
ser separado de la red terrorista islámica (el mayor flagelo del siglo XX y de
comienzos del XXI), y los Estados Unidos, golpeados y ensangrentados en su
corazón aquel fúnebre 11 de septiembre, se vieron empujados a una guerra por
nadie deseada y que ya cobró miles de vidas en ambos bandos.

El 31 de marzo fue bombardeado el palacio de huéspedes de Saddam Hussein, a orillas del río Tigris en Bagdad. La coalición anglo-norteamericana no cesa en sus incursiones aéreas sobre la milenaria capital.  Ya suman cientos los civiles muertos, mientras no hay noticias sobre el dictador iraquí.

El 31 de marzo fue bombardeado el palacio de huéspedes de Saddam Hussein, a orillas del río Tigris en Bagdad. La coalición anglo-norteamericana no cesa en sus incursiones aéreas sobre la milenaria capital. Ya suman cientos los civiles muertos, mientras no hay noticias sobre el dictador iraquí.

En el sector controlado por las fuerzas de la coalición en Basora, al sur de Irak, Buzara Salah lleva a su hijo Omar (4) al hospital levantado por los británicos. El niño fue herido por un disparo de mortero

En el sector controlado por las fuerzas de la coalición en Basora, al sur de Irak, Buzara Salah lleva a su hijo Omar (4) al hospital levantado por los británicos. El niño fue herido por un disparo de mortero

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