“Había quedado deforme: ni mis hijos me reconocían” – GENTE Online
 

“Había quedado deforme: ni mis hijos me reconocían”

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Salió a las apuradas. Se había retrasado entre trenes y colectivos, de recorrida por el conurbano bonaerense, y corría contra el reloj. Detuvo un taxi en Núñez y le indicó al chofer: “A Aeroparque urgente. Por el camino más rápido, por favor”. Llegó tarde: el check in ya había cerrado. Discutió, explicó y rogó durante un largo rato en el mostrador. “Tengo que volar a Córdoba; debo volver a casa”, dijo. Lo retaron, pero los convenció y, al final, lo dejaron embarcar. Rápido, vestido de estricto traje y corbata, se sentó en el asiento 14 B, justo al lado de la salida de emergencia, y se ajustó el cinturón de seguridad. Las manos de Oscar Nobile (47) hablan por sí solas. El destino quiso que estuviera en el fatídico vuelo 3142 (95 pasajeros, cinco tripulantes), que se estrelló al no poder despegar de Aeroparque, el 31 de agosto de 1999, a las 20:54. Había viajado a Buenos Aires, como era su costumbre, por un par de días, para interiorizarse en temas relacionados a la construcción, ya que es ingeniero civil. Su mujer, Ana, y sus dos hijos mayores, Antonella (18) y Mauro (14), lo esperaban en casa para cenar.

Lo que sucedió minutos después ya es conocido. El Boeing 737 de LAPA no llegó a tomar altura, se despistó, atravesó la reja del Aeroparque, cruzó la avenida Costanera, impactó contra varios vehículos, chocó contra una cabina de gas y terminó su carrera en un campo de golf. En total murieron 65 pasajeros y 2 transeúntes, y unas 40 personas resultaron heridas. El fuego, el horror de los cuerpos carbonizados, la polémica por la responsabilidad de la empresa, la caja negra y las livianas y jocosas conversaciones entre el piloto Roberto Weigel (que murió en el accidente) y las azafatas, la complicidad o vista gorda de la Fuerza Aérea y la eterna investigación judicial, también son historia conocida.

Diez años después de la mayor tragedia de la historia de la aviación argentina, Oscar es uno de los pocos que pueden contar los hechos. En su casa de Córdoba, rodeado de su familia, recuerda aquellas imágenes como si fuera hoy.

“El piloto dijo que estábamos en cuarto lugar para despegar. Hablaba tranquilo. Dio la información habitual, la hora, la temperatura de Córdoba, esos detalles... Después empezó a carretear. Levantó la nariz del avión y enseguida se bajó, de golpe”. Nobile prestaba atención a las maniobras de despegue. Pensó: “Habrá aparecido algún problema... Tendremos que esperar más. Ya va a frenar... ¡Pero no, no frenó! Se empezó a sentir una vibración, las gomas que se clavan y después un chillido, un sonido muy agudo”.

Todos los sobrevivientes coinciden: fueron unos segundos eternos, durante los que nadie habló. Oscar bajó la cabeza, se puso en posición de recibir el impacto y se encomendó a Dios. “‘¡Nos hacemos bosta, se terminó todo!’, me dije. Empecé a rezar y pensé en mi familia”. Su mente de ingeniero lo llevó a hacer cálculos: la cantidad de combustible en las alas, la reja, la avenida, el tránsito, iban a dar fuego como único resultado. Con las llamas amenazando entrar en el interior del Boeing, el silencio se convirtió en un millón de gritos ensordecedores, desesperación, pánico. “Se sintieron unos golpes, el impacto de la reja, un auto, y ahí ya se estaba incendiando el avión. Hubo una frenada brusca, contra un montículo de tierra, y el choque contra unas máquinas viales. Ahí fue el gran impacto: la gente voló con los asientos por el aire, los de atrás se fueron para adelante como un dominó, muchos quedaron aprisionados. No se podían sacar el cinturón de seguridad…”, recuerda.

Otra vez, el destino escribió su capítulo. El ala se partió y se desprendió, generando un agujero bastante irregular al lado del asiento de Nobile. “El calor era insoportable. El fuego estaba agarrando todo: la ropa, los asientos, todo sintético... El olor era asqueroso. Ahí vi el césped. Me saqué el cinturón, me cubrí la cara con las manos y me tiré para abajo. Caí arriba del ala y entré a correr. Pensé que iba a explotar todo”, dice.

Siguieron el olor a querosén, la imagen de los pasajeros que trataban de apagarse el fuego rodando por el pasto, los testigos ocasionales, incrédulos ante tanto horror... “La gente estaba dura, como estatuas. Yo corría, con la piel colgando de las manos. Pedía ayuda, pero todos miraban atónitos. Nadie reaccionaba”, relata hoy acariciando a Renzo –el hijo que llegó tras la tragedia– con aquellas manos sometidas a más de diez operaciones e injertos.

LA VIDA DESPUES DEL HORROR. En el departamento de la ciudad de Córdoba, Antonella y Mauro esperaban a papá y Ana preparaba la cena, cuando sonó el teléfono. Un parrillero de Punta Carrasco le avisaba a las apuradas, desde un teléfono público: “El avión tuvo un accidente, pero no se preocupe que su marido está bien”. La ficha se agotó y no hubo más información. Ana empezó a recibir llamados, prendió la tele y vio lo que pasaba en Aeroparque. Recién media hora más tarde, un hombre que tenía teléfono celular (algo no tan masivo en ese entonces) la volvió a llamar y puso a Oscar al teléfono. “Lo escuché bien. Me dijo que se había quemado un poquito, que estaba todo bien. Al día siguiente, cuando viajé para verlo, no lo podía creer. No parecía él. No lo reconocía. Estaba sin pelo, sin cejas... La cara hinchada, quemada. Fue un momento muy duro”, cuenta ella a su lado.

La recuperación fue lenta. Del hospital Fernández, Oscar fue trasladado a una clínica privada, donde estuvo dos días en terapia intensiva. Pasó por tres cirugías antes de volver a Córdoba en un avión sanitario. Antonella y Mauro quisieron estar con su papá, pero “había quedado deforme; ni mis hijos me reconocían”. Fue un golpe duro. Oscar estuvo otros dos meses internado, hasta que pudo regresar a casa. Para entonces, las causas del accidente empezaban a aclararse.

Oscar puso toda su energía en la recuperación: siguió al pie de la letra las indicaciones de los médicos y fue saliendo. De a poco se liberó de las vendas de las piernas (de donde le sacaron piel para hacerle injertos) y los guantes de las manos. Cuatro meses después recuperaba la movilidad. Hizo terapia. Empezó a juntarse con otros sobrevivientes y familiares de víctimas y empezó un largo peregrinar en búsqueda de justicia.

Dos años después de la tragedia, se sintió volver a vivir. El 31 de agosto de 2001, Ana fue a buscarlo a la pileta en la que hacía ejercicios con una tarjeta, un test de embarazo y la mejor noticia. “Fue muy emocionante, porque después del accidente no sabés cómo quedás, si estás entero o no. Sos como una caja de Pandora”, reflexiona Oscar. Al año siguiente, Renzo terminó de completar la familia.

BUSCANDO JUSTICIA. “Algunos sobrevivientes no quisieron hablar nunca más del tema, bajaron la persiana. Otros quedaron muy mal psicológicamente. Yo me uní a la Asociación de Familiares de Víctimas Aéreas y empecé a pelear ahí. Ahora estamos esperando que termine el juicio, que ya lleva más de un año. Esperemos que condenen a esta gente. Esto tiene que sentar un precedente”, se esperanza.

El testimonio de Oscar ya fue oído en el juicio. La impotencia de tener frente a sí a los ejecutivos de la empresa, lo desbordó. “Dije que había que calificar si son poco hijos de puta, medio hijos de puta o muy hijos de puta... Se me salió la cadena… Pero yo los veo como un montón de tipos que me quisieron matar. Un grupo de asesinos”, se excusa.

Las imágenes grabadas a fuego en la memoria. El sentimiento de culpa frente a los familiares de los muertos por el milagro de haberse salvado, se mezcla con las ganas de vivir, superar la tragedia, valorar la vida y cambiar la mirada sobre los problemas cotidianos. El dolor incomparable de padres, hijos, hermanos y sobrevivientes, espera que, a principios de noviembre, una sentencia justa haga que las heridas empiecen a cicatrizar. Oscar se recuperó y volvió a ser padre: su mujer, Ana, le dio la noticia de su embarazo dos años después del accidente. Renzo hoy disfruta de su papá.

Oscar se recuperó y volvió a ser padre: su mujer, Ana, le dio la noticia de su embarazo dos años después del accidente. Renzo hoy disfruta de su papá.

Pese a las advertencias que había recibido la empresa por sus fallas de seguridad, el Boeing 737 intentó levantar vuelo. Cruzó la pista de Aeroparque, arrancó la reja perimetral, atravesó la avenida Costanera, chocó contra una cabina de gas y se prendió fuego.

Pese a las advertencias que había recibido la empresa por sus fallas de seguridad, el Boeing 737 intentó levantar vuelo. Cruzó la pista de Aeroparque, arrancó la reja perimetral, atravesó la avenida Costanera, chocó contra una cabina de gas y se prendió fuego.

Con su familia: Antonella, Ana, Renzo y Mauro, los pilares de la recuperación de Oscar. Ana se impresionó al ver a su marido en el hospital. Sus hijos tampoco lo reconocieron. Tuvo más de diez operaciones e injertos. Hizo terapia y ejercicios hasta que recuperó la sensibilidad.

Con su familia: Antonella, Ana, Renzo y Mauro, los pilares de la recuperación de Oscar. Ana se impresionó al ver a su marido en el hospital. Sus hijos tampoco lo reconocieron. Tuvo más de diez operaciones e injertos. Hizo terapia y ejercicios hasta que recuperó la sensibilidad.

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