“Gracias a Marcelo, ahora puedo vivir una vida normal” – GENTE Online
 

“Gracias a Marcelo, ahora puedo vivir una vida normal”

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Son como explosiones. Así trabaja el síndrome de Wolff-Parkinson-White, una cardiopatía congénita que, básicamente, dispara los impulsos eléctricos del corazón por un conducto extra y los hace llegar a los ventrículos demasiado pronto: taquicardias, arritmia, y más taquicardias. Son, por ejemplo, hasta 280 pulsaciones en un mal día, disparadas por un mínimo agite en un partidito de fútbol, o un bache que se tragó el colectivo. Sobresaltos. Explosiones.

Federico Rovere sufre –o sufría, si así lo dice el alta final en aproximadamente un año–, de Wolff-Parkinson-White. Es un chico de 15, grandote para su edad, tranquilo y decidido, que vive en Boulogne. Clase media ajustada, hijo único de Noemí, que trabaja en un local de alquiler de ropa de fiesta, y Carlos, que fabrica escapes para autos y tiene el taller frenado. No hay mucho negocio.

Es un chico de 15, que vive y no vive a la vez. Es de Boca, pero nunca fue a la Bombonera. Tampoco vio un recital. Jamás hizo deporte, más que un ratito. En el colegio, los profesores de gimnasia no se quieren hacer cargo: mucho riesgo. Fue dos veces a bailar, sus viejos lo acompañaron. Muy sano: no fuma ni toma alcohol, porque no puede. Todo esto por su enfermedad: el corazón enloquecido. Le puede, le podía pasar en cualquier momento, en cualquier lugar.

Hace dos semanas se operó en el hospital Pedro de Elizalde, con el doctor Jorge Scaglione al mando. Su tercer cateterismo en dos años. Y resultó. Hacía falta algo: un aparato de ablación por radiofrecuencia, marca Boston Scientific, modelo 1000 XP. De altísima complejidad, vale unas decenas de miles de pesos. Y estuvo: donación de la Fundación Ideas del Sur, o el brazo solidario de Marcelo Tinelli. Los Rovere hicieron un pedido, y los escuchó. Ahora, ese mismo aparato ayudará a más de cincuenta chicos en espera por operaciones similares. “Yo no sé qué darle en retribución. ¿Qué le puedo dar a este tipo que ya no tenga? Me cambió la vida. Además, lo que menos iba a imaginar es que un capo de la tele se iba a interesar en mí. Gracias a Marcelo puedo vivir una vida normal. Sólo le puedo dar las gracias. Y las gracias se dan cara a cara”, dice Federico. Y se las fue a dar.

Jueves 6, 20:30, en el complejo de Ideas del Sur en Chacarita. No falta mucho para que arranque ShowMatch, pero Marcelo se hace un rato en su camarín. Tiene puesto su traje negro y hay fotos de sus hijas, un osito de San Lorenzo, muchos cinturones, el make up de la noche y el televisor de pantalla plana más chico del mercado. Están Noemí –que hizo dos pastafrolas de membrillo–, Carlos y Federico, más un par de primos. Hay lágrimas.

Noemí: Marcelo, ¡gracias por salvar a mi bebé!
Federico: No tengo palabras para decirte. Me salvaste, estoy acá por vos. Dame un abrazo.

Marcelo se lo da y dice que esto lo emociona hasta los huesos, que su mamá era tan luchadora como la de Federico, y que uno por un hijo hace todo. Después, que cuánto falta para el alta, que cómo se viene la vida, y que esto lo vuelve genuinamente feliz. Después, Tinelli invita a Federico y su familia a presenciar el programa, el mismo que Fede veía de muy chico, cuando Marce se metía un alfajor entero en la boca y él intentaba hacer lo mismo en casa. Después, la cámara lo enfoca, y Marcelo dice quién es, todo lo que atravesó, la lucha de sus padres. Federico asiente. Es, casi, el final. Falta un año, algunos electrocardiogramas, y ahí, recién, se va a saber. Por lo pronto, la vida. Y lo que quedó atrás. Ya no se escuchan las explosiones.

Miercoles 6, a eso del mediodía, en su casa en Boulogne. Federico se tira en su cama. Están sus cosas, lo que tiene y le gusta: discos de reggae y heavy metal, y un rifle de aire comprimido roto con el que tiraba en Urdinarrain, Entre Ríos, a unos kilómetros de Gualeguaychú, en sus vacaciones campestres cuando era chico. Dice que va a ver cómo lo arregla. Sabe: estudia el primer año del Polimodal de la Escuela Técnica NÞ 3 de San Isidro, con sus compañeros que le hacen el aguante hasta el final. En el futuro quiere estudiar tornería computarizada.

–¿Cómo es la enfermedad?
–Chabón, no sabés la desesperación que sentís. Que te late, te late, no te para, no te pueden bajar las pulsaciones. Y la angustia, que no se va jamás. Me surgió a los cinco, y de chico, me ponían hielo para bajarme, en la cara, en los testículos. ¡No sabés las quemadas que me pegué! Después, de grande, fueron inyecciones, pastillas y más pastillas, y aprendí maniobras para bajármelas yo solo. En la guardia del Hospital de Niños de San Isidro, donde me traté toda la vida, ya soy vitalicio. Viví siempre entre algodones. No sé lo que es un recital, ni la cancha, nada. Mirá si me agarra ahí adentro. Soné. Todo esto, hasta ahora…

–Me imagino que querrás hacer de todo, y ya mismo.
–¿Sabés que no? Y suena raro, después de todo lo que esta enfermedad me quitó. Tengo una visión del futuro: quiero estudiar, darle un lugar a la familia que sueño tener, y no tener que bancarme el hambre. Tengo toda una vida para apurarme.

Los que se apuraron toda la vida fueron Carlos y Noemí. En un cajón tienen una carpeta llena de papeles estatales. Rebotes y contra-rebotes a sus pedidos de ayuda: que “no se puede tratar a su hijo”, que “estos tratamientos sólo existen en Capital”. A los 13 tuvo que partir al Elizalde, todas las semanas: más gasto, más pesar. Noemí dice: “El sacrificio fue todo, diez años hasta hoy. El laburo, postergar proyectos, estar a sol y sombra. Cuando apareció este mal no entendíamos nada. Era la desesperación de ver a tu hijo sufriendo y no saber qué pasaba, te sentías impotente. Los tratamientos eran carísimos, no llegábamos con la plata. Te desmoraliza. Se ponía mal cuando nos veía llorar mientras lo trataban. El Estado, muchas veces, nos cerró las puertas. Pero por mi hijo yo doy la vida. ¿Qué otra cosa puedo hacer?”. Carlos sigue: “Ahora sentimos que ganamos una batalla, y es un alivio. Cuando apareció esto de Tinelli era como un rumor, no lo creíamos. ¿Cómo podía ser? Ahora le debemos el Cielo”.

Entra Federico y dice que lo que más quiere es jugar un buen fútbol con unos amigos suyos, todos de divisiones inferiores de varios clubes, que le tiran unos cañonazos bárbaros. Federico es, por naturaleza, un arquero. Quiere atajar, sin agitarse. Sin explosiones.
Ahora Marcelo se quedó solo en su camarín, después de despedir a los Rovere.

–¿Qué sentís?
–Una emoción increíble. Es un momento pleno. No lo puedo describir. ¡Mirá la pastafrola de membrillo que me trajo la mamá! Ni debía saber que me encanta. Llego a casa y me la como con Paula y los chicos. No sé, me toca de adentro.

–Ayer Federico dijo: “Gracias a Tinelli, ahora puedo vivir una vida normal”.
–Dios mío… Que un chico de quince me diga eso me hace pensar en mis hijos. Si por el hecho de estar en la tele puedo hacer esto posible, entonces, listo: mi tarea está cumplida.

El abrazo con Marcelo antes de ShowMatch. Federico y su mamá, Noemí, llegaron al camarín para agradecerle la donación del aparato que le permitió superar sus arritmias y taquicardias.

El abrazo con Marcelo antes de ShowMatch. Federico y su mamá, Noemí, llegaron al camarín para agradecerle la donación del aparato que le permitió superar sus arritmias y taquicardias.

Federico, con su cardióloga de toda la vida, la doctora Marta Marletta, del Hospital de Niños de San Isidro.

Federico, con su cardióloga de toda la vida, la doctora Marta Marletta, del Hospital de Niños de San Isidro.

El doctor Jorge Scaglione, del Hospital Pedro de Elizalde, que lo operó, y su último electrocardiograma en pantalla.

El doctor Jorge Scaglione, del Hospital Pedro de Elizalde, que lo operó, y su último electrocardiograma en pantalla.

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