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En Rusia, es una verdadera revolución

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San Petersburgo, Moscú, Volgograd, Nizhniy Novgorod… La complejidad de los
nombres dibuja una geografía por momentos insospechada para la Argentina. Sin
embargo, a casi 14 mil kilómetros de distancia, de aquel lado del mundo sucede
algo que tal vez nos resulte familiar.

Natalia Oreiro fue, volvió a ser, testigo de la fiebre que provoca en Rusia.

En el Ice Palace Arena ocho mil adolescentes petersburgueses rugieron en el
estadio más grande de San Petersburgo mientras la chica pop argentina
desgranaba, una tras otra, las canciones de Turmalina, su último álbum. En dos
noches, casi nueve mil moscovitas repitieron la misma foto pero en el Skate
Kremlin Palace de la capital rusa. En total, serán ocho shows, entre el 30 de
septiembre y el 12 de octubre, por la tierra infinita de la ex Unión Soviética,
en donde Natalia sólo pudo ir del hotel al concierto y del estadio al hotel.
Generalmente acompañada por seis custodios cuyo único trabajo consistía en
refractar el gentío ruidoso que, cada vez que ella aparecía por la puerta del
Renaicence Hotel,
de Moscú, o por las mangas de los aeropuertos de cada
ciudad, intentaban acercarse.

En Volgograd, donde Natalia llenó el Palacio de los Deportes, se animó a la
calle y logró llegar hasta el monumento a la Madre Patria,
un símbolo nacional ruso, donde dejó un ramo de flores. De todas formas, radios,
programas de TV, revistas, la buscaron y, muchas veces lograron hallarla: fue un
maratón de entrevistas del ruso al español y vuelta al ruso, translator
mediante.

Oreiro en el Skate Kremlin Palace de Moscú. Natalia abrió su gira con dos shows en la capital rusa, a los que asistieron unas nueve mil personas. Abajo, a la izquierda, el afiche que apareció pegado en las calles moscovitas.

Oreiro en el Skate Kremlin Palace de Moscú. Natalia abrió su gira con dos shows en la capital rusa, a los que asistieron unas nueve mil personas. Abajo, a la izquierda, el afiche que apareció pegado en las calles moscovitas.

Las manos estiradas hacia una Oreiro que se les vuelve inalcanzable. La fiebre rusa se expande con cada nuevo show del Tourmalina 2003. Sólo el cuarto de hotel, de donde casi no ha salido, le aseguró a Oreiro un pacífico refugio.

Las manos estiradas hacia una Oreiro que se les vuelve inalcanzable. La fiebre rusa se expande con cada nuevo show del Tourmalina 2003. Sólo el cuarto de hotel, de donde casi no ha salido, le aseguró a Oreiro un pacífico refugio.

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