Un chico ejemplar, sano, trabajador y brillante: sus amigos lo llamaban 'el pibe diez'". Mientras María Elena, la madre, no reacciona y ambula como un fantasma, el padre jura que está dispuesto a descubrir quiénes y por qué lo mataron. Y llama a una movilización popular hacia el Congreso para exigir que cambien las leyes "para que los Derechos Humanos no sean sólo de los delincuentes, como ahora"." /> «En la morgue, besé a mi hijo y le prometí justicia» – GENTE Online
 

"En la morgue, besé a mi hijo y le prometí justicia"

Algo unía a Juan Carlos Blumberg y a su mujer, María Elena Usonis, antes de

que se conocieran: argentinos los dos, hijos de madres lituanas los dos. Y
después de decidir que sus vidas serían una sola, hubo un lazo aún mayor, más
indisoluble: Axel Damián Blumberg, su único hijo, quien cumplió 23 años el 2 de
marzo pasado.

El martes fue un día pleno y feliz para Axel. Mamá María Elena le preparó su
torta favorita; Steffi, su novia de 18 años, le dijo muchas veces que lo amaba,
y lo rodearon sus ex compañeros del colegio alemán Goethe, donde él cursó desde
el jardín de infantes hasta el secundario.
Fue un día pleno y feliz, sí. El último.

Porque dos semanas más tarde, Axel fue secuestrado en la puerta de la casa de
Steffi, en Martínez, a unas diez cuadras del chalet de los Blumberg, cuando los
dos estaban a punto de partir para el cine. Y el 23 de marzo su cuerpo apareció
con un balazo en la sien en un descampado en La Reja, partido de Moreno.

EL DOLOR DE RECORDAR. Juan Carlos, su padre, con los ojos empapados y la voz
quebrada, cuenta: "Yo, por mi trabajo -soy ingeniero textil y compro grandes
máquinas para armar fábricas-, viajaba mucho, y siempre lo llevaba para que
aprendiera. El, a los nueve años, miraba y escribía, y al subir al auto me
decía: '
Estuviste desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, y
después te enojaste y te fuiste'. Y yo le contestaba: 'Axel, eso es estrategia.
Vas a ver que dentro de dos horas nos van a invitar a cenar para seguir tratando
el negocio'. Y así era…
Axel amaba la Argentina. Cuando lo nombraron abanderado de la escuela, eligió la
bandera argentina, no la alemana, como podía haber hecho. A Steffi, su novia,
que se recibió el año pasado en el Goethe y ya empezó Veterinaria, le daba
clases de Física, y así, mientras la preparaba para un examen, al final se
enamoraron…
Lo que nos pasó es aberrante. Criamos y formamos un hijo para el bien, para el
amor, para el respeto a las instituciones, ¡y mire! Nunca quise que viviera en
una burbuja. Por eso lo llevé a levantar algodón en el Chaco, con cuarenta y
cinco grados de calor: para que conociera el sacrificio que hace otra gente para
sobrevivir. A los ocho años, como no andaba bien en el colegio, lo llevé a una
fábrica, pedí que le dieran una escoba, y lo hice trabajar de barrendero. Y más
tarde, de mecánico, para que aprendiera a ensuciarse las manos. Después de eso,
eligió estudiar… ¡Y salió muy bueno! Además me ayudaba en la presentación de los
proyectos de mi empresa… Era un chico muy trabajador…
Ganó decenas de medallas como deportista; era muy bueno en atletismo, jugaba al
golf, practicaba windsurf y buceo. Ahora estaba en el último año de Ingeniería
de Diseño en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires. Axel ya había diseñado un
avión, e iba a presentarlo el año que viene en los Estados Unidos… ¡Cómo sería,
que los padres de sus amigos lo llamaban 'el pibe diez'! Y de pronto, un día
cualquiera, va a buscar a su novia para ir al cine -en el auto de la madre,
porque ni auto tenía-, lo agarran unos atorrantes, y…".

Y las lágrimas, que no se han secado del todo, vuelven al recordar esa muerte
absurda.

REPORTAJE CON RABIA

-¿Se arrepiente de haber denunciado el secuestro a la policía?
-Léalo así: como ciudadano, llamé a la policía y a la justicia, que es lo que
debe hacer cualquiera en un país civilizado, y lo único que conseguí fue un hijo
muerto de un tiro en la cabeza.

-¿Desconfía de la policía?
-Quiero saber quiénes y por qué lo mataron. Veo la muerte de Axel como un
mensaje…

-¿Habló con los secuestradores?
-Sí, con tres de ellos.

-¿Cree que se hubieran conformado con el dinero?
-Tengo dudas… Se confundían, no sabían calcular la cifra en pesos y en dólares,
algo que sabe hacer cualquier idiota. No sé si realmente querían el dinero…

-¿Qué otra cosa podrían querer?
-Mandarle un mensaje a alguien, como le dije. Un mensaje mafioso. No sé para
quién, pero la verdad tiene que salir a la luz.

-¿Qué quiere lograr llamando a una movilización hacia el Congreso?
-Que cambien las leyes. Que dejemos de vivir entre ladrones, asesinos, y
abogados y policías corruptos. Estoy orgulloso, porque me llama y me apoya gente
de todo el país. Al sepelio de mi hijo fue mucha gente humilde que no conozco, y
me dijo: "Por nuestros hijos, siga adelante, señor".

-El camarista Fernando Marotto, de la Cámara de Apelaciones de Garantías San
Isidro, dijo que los policías elegían víctimas para secuestros. ¿Cree que es
así?
-No sé. De lo que estoy seguro, porque lo viví, es de que los policías no están
preparados para luchar contra el delito. Hay que arrancar el mal de raíz. Basta
del dos por uno que minimiza las condenas. Basta de delincuentes que entran por
una puerta y salen por la otra. Basta de presos que, si no les muestran un
partido de fútbol por televisión, queman los colchones, ¡y todavía son
defendidos por los representantes de Derechos Humanos!

-La provincia de Buenos Aires ofreció una recompensa de 200 mil pesos para quien
denuncie a los asesinos de su hijo. ¿Le parece bien?
-Tendrían que haber hecho lo mismo en otros casos. Pero lo que realmente hay que
cambiar es la formación de la policía. ¡Un oficial no puede recibirse en dos
años de estudio!

-¿Hasta dónde piensa llevar su lucha?
-Hasta el final. Cuando lo vi en la morgue, lo abracé, lo besé, le dije: "Axel, perdoname… No pude protegerte". Pero tomé un compromiso ante él y sus amigos:
investigar hasta el final, y lograr que se haga justicia. Los compañeros de Axel
me preguntan, llorando: "¿Cuándo me tocará a mí?".

-Usted habló con el presidente Néstor Kirchner y el gobernador Felipe Solá.
¿Cómo fueron esas entrevistas?
-Al Gobernador le hablé muy duramente…, pero no sé si me entendió. El
Presidente, en cambio, me entendió muy bien. No sé si hará algo o no, pero me
entendió… Sin embargo, lo que más me importa es que los ciudadanos me acompañen
al Congreso para reclamarles a los diputados y a los senadores que cambien las
leyes. ¡Que las cambien ya, porque no hay más tiempo!

LAS HUELLAS DE UNA VIDA. Por una escalera de madera se llega al cuarto de Axel.
Fotos, stickers, un escritorio, una lámpara, una computadora. María Elena, su
madre, ambula por la casa como un fantasma. El padre, como si cada recuerdo
fuera una catarsis, vuelve a hablar de su hijo: "Axel nació en el sanatorio Bazterrica y vivió siempre aquí, en Martínez. Tiene medallas de salto en alto,
en largo y de postas cuatro por cuatro. Jamás fumó ni tomó alcohol, y no le
gustaba salir de noche. Viajó a Chile, a Paraguay y a Europa para participar en
torneos deportivos de colegios alemanes… Mi hijo iba a ser un brillante
ingeniero: había ganado un concurso de diseño de un vehículo todo terreno en una
universidad de los Estados Unidos… ¡entre estudiantes de doscientas setenta
universidades! Le gustaba el buceo, el esquí acuático, el de nieve y el golf.
Era de River, pero no iba a la cancha, ni tampoco llegaba a casa a las seis de
la mañana. Prefería las guitarreadas en casa, y hasta en las vacaciones
trabajaba en proyectos tecnológicos para concursos internacionales. Ahora que no
está, me pregunto si no le exigí demasiado. Pero sucede que yo también tuve una
formación muy dura. A los seis años, en pleno verano, mi padre me mandaba a
trabajar a una tornería. Y después, siempre en verano, a otras fábricas: de
motores, de sillas, de tuercas. En esos días me quejaba, pero hoy se lo
agradezco".

Y van, y vienen, y siguen vivos los recuerdos en esa casa que parece vacía.
Vacía por el silencio de una madre de mirada perdida y de un padre que resucita
a su hijo en anécdotas, en detalles, en medallas, en días, en horas, en minutos
inolvidables.

Un padre mitad frágil papel, mitad acero impenetrable.

Papel mojado por lágrimas que no cesan, acero dispuesto a la pelea.

Porque eso -digna y tenaz pelea, justa justicia- es lo que le prometió a su hijo
en la soledad de la morgue, en el frío del mármol, en la memoria de la sangre
derramada.

Juan Carlos Blumberg y, detrás, una foto de su hijo Axel cuando tenía 4 años. La escena, en el living de su casa de Martínez, hoy silenciosa y de luto.

Juan Carlos Blumberg y, detrás, una foto de su hijo Axel cuando tenía 4 años. La escena, en el living de su casa de Martínez, hoy silenciosa y de luto.

Axel, cuando sus padres María Elena Usonis y Juan Carlos Blumberg lo llevaron a Disney.

Axel, cuando sus padres María Elena Usonis y Juan Carlos Blumberg lo llevaron a Disney.

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