“En esta carta al presidente Kirchner va todo el grito de mi dolor” – GENTE Online
 

“En esta carta al presidente Kirchner va todo el grito de mi dolor”

Señor Presidente: Estoy en mi cuarto escribiendo esta carta porque ya no puedo más, y he decidido hacer algo al respecto. Tratar de iluminarlo, si ésa es la palabra indicada. He decidido rotundamente que ya no quiero vivir así, en este ambiente de inseguridad. Ya no podemos escondernos: ni un acto patriótico ni un Mundial pueden hacernos zafar. No esta vez. Sé que pensarán que esta carta la escribe mi papá o mi mamá. Pero lamentablemente no es así. Y creo que eso debería preocuparlo más todavía, pues el que exige y demanda es un adolescente.

Un hijo. En estos momentos sería capaz de ponerme en el lugar de un sacerdote. Qué difícil debe ser saber que los hombres fuimos creados como tales para querernos, para aceptarnos, y tener que transmitir ese mensaje. Sólo me mantiene vivo la esperanza de encontrar mejores días, porque si así no fuera, me habría muerto de cansancio y desesperanza hace ya mucho tiempo. La única manera de construir una sociedad es desde la buena intención y la esperanza, porque desde el rencor muy poco se logra.

Hablo de la vanidad humana, de la transitoriedad de la vida, de la caducidad de las cosas de este mundo. Las casas se compran, el dinero se va, los bienes materiales nunca duran mucho. Pero no así la inmensa gloria del hombre, no así su amor, no así su afecto hacia los demás. Elijo vivir con profundidad, no ser un muerto en vida. Gracias a mi hermano me mantengo de pie y puedo dedicarle estas líneas. Ruego a Dios y a Mati que mis actos sean siempre para construir, piedra sobre piedra, peldaño a peldaño, y no para hacer el mal. Sí: realmente deseo hacer el bien. Siento una profunda admiración por las personas que todavía creen en un mejor mañana y que se atreven a seguir luchando día a día.

Arriba madres, arriba curas, arriba padres, arriba adolescentes. Seré un iluso, pero sueño con el día en que no tenga que salir a la calle mirando con miedo a los cuatro puntos cardinales. Con el día en que un policía ya no tenga que llevar un chaleco antibalas. Y si los escépticos me creen tonto, no me importa. Como dice Víctor Sueiro, “si creemos que todo está perdido, hay que salir a buscarlo”. Alguien me enseñó que lo que no construye, no sirve. Por eso esta carta no tiene otro fin que hacerlo tomar conciencia. Pero le ruego que tenga en cuenta estas palabras si, mientras las lee, siente un esbozo de bronca. No es mi deseo turbarlo, sino expresarle lo que siento. Para que sirva…

Ojalá nunca hubiera tenido que escribir cartas como ésta pensando en Mati. Ojalá nunca hubiera tenido que hablarle a mi hermano mellizo por medio de la oración. Ojalá –lo digo con el corazón en la mano– nunca le toque algo así a nadie. Una mañana encontré a mi mamá con el diario en la mano, leyendo un artículo que –me dijo– iba a interesarme. La noche anterior habíamos cenado todos juntos, en familia. Me fui de la mesa muy triste, al ver cómo todas las miradas eran, una y otra vez, para esa silla que ocupaba mi hermano. Para esa silla vacía… Mati era inquieto. Siempre estaba jugando con todo, haciendo sonar sus dedos con una perfección asombrosa, generando un poquito de ruido. Dios lo bendiga…Comimos en un silencio turbado sólo por el sonido de los cubiertos en los platos, y tratando de entender algo que se nos va de las manos. Me quedé impresionado con algo que usted dijo, señor Presidente: “Sabemos que la muerte es el fin de las oportunidades de la vida, y la muerte violenta de un joven es el arrebato de ese derecho esencial”.

Algunos hablarán sobre la mala suerte de los Bragagnolo, de los padres de Cromañón, del señor Blumberg. Pero yo hablaría de la mala suerte de todos, porque en este país todos estamos expuestos. Parece un juego de azar en el que esperamos a quién le toca la próxima vez. Pero no voy a esperar esa próxima vez sin defensa. Sin combatir la inseguridad y las almas corrompidas que la generan. Señor Presidente, le dejo aquí un extracto de algo que escribí durante estos días. Quizá le sirva de algo. “A pesar de que me sacaron mi mitad, y con todo el dolor que tengo, creo que vale la pena vivir. Creo que vale la pena sufrir para que otros no sufran, o por lo menos para que sufran menos. Creo que mi dolor y mi pelea son buenos si sirven para ver a mi papá, a Manu y a mi mamá un poquito mejor cada día. Quizá estas tragedias son oportunidades. De encerrarnos para siempre, resignarnos, comernos nuestro propio infierno, o de convivir con el dolor, salir adelante y no dejarnos morir. Apuesto a la vida. Elijo vivir. Dedico esa vida a mi hermano para vivir lo que él no pudo. Se trata de transformar lo que nos duele en algo bueno y verdadero. Me gustaba hacerme el autosuficiente y pensar que no necesitaba de mi familia. Incluso de Matías… Pero me di cuenta de que los necesito, y de que sin ellos no soy nada. Por eso intento tratar a las personas lo mejor que puedo. Porque –aunque suene cruel– mañana es posible que no los vea nunca más. A Matías lo vi cuatro horas antes. “¿Hey, salís?”, me preguntó. “Sí, me voy a un cumple”, le contesté. Y cuando volví a verlo, estaba muerto” (Martín, 2 de junio de 2006).

Me parte el alma ver a mi hermanito de nueve años llorando toda la noche. Sé que quizá, cuando llegue a mi edad, sufrirá todo lo que yo estoy sufriendo ahora. Pero me encantaría ser un ejemplo para él. Decirle a esa carita inocente, cuando llegue el momento, que las cosas mejoraron un poco, y que mi lucha no fue inútil, como tampoco lo será la suya. Decirle que, aunque nadie puede justificar la muerte, hicimos valer con orgullo la de Matías. Tengo la certeza de que es usted capaz de darle un respiro a esta Argentina que parece estar perdida. Usted también fue un chico, también sufrió, también tiene hijos, y puede imaginar lo que se siente. Por eso le propongo que tratemos de hacer que los demás sufran un poco menos…

A veces la gente se lastima por el solo hecho de disentir en materia social, económica o política. Nunca vamos a tener las mismas ideas, y en eso reside la gracia del hombre: no todos pensamos del mismo modo, justamente porque somos libres. Pero esas diferencias no deben ser una traba para aceptarnos y para llevarnos bien. Repito: lo que no construye, no sirve. Lo que hace daño sólo genera rencor. Así, la Argentina seguiría su decadencia.

Pero puedo apostar a que ni usted, ni yo, ni nadie, queremos tal cosa. Con mi mayor respeto, señor Presidente, le digo a usted, al Congreso, a los piqueteros, a los barrabravas y a los policías corruptos (que no son todos: lo afirmo con orgullo) que la violencia no sirve para nada, y que los cambios logrados con violencia no son verdaderos ni durables. Sirve mucho más la capacidad intelectual del hombre. El violento es un mediocre. El filósofo, un grande. Platón decía que cada lágrima les enseña a los mortales una verdad. Esta es mi verdad y la de todos: en este país no hay seguridad para nadie en ningún lado.

Lloro por la injusticia y el desamor. Duele pensar a veces que en el futuro sólo seré un número, un voto y alguien que paga impuestos. Con mucho dolor, le ruego me demuestre que estoy equivocado… Como le dije alguna vez a Matías, sentado en este ahora desolado rincón de nuestro cuarto, me declaro inconforme. En nombre de muchos, exijo una respuesta más eficiente por parte de los funcionarios. Yo, hermano mellizo de Matías, con dolor y tristeza, le pido, señor Presidente, que considere el dolor de esta familia y la pesadilla que le tocó vivir. Mi ruego no es más que un pedido de reflexión, si es que soy digno de tal atrevimiento.

No pido una batalla sangrienta, porque nunca derramaría más sangre de la que ya he visto, sino una batalla con la palabra. En nombre de mi sangre, le pido un cambio verdadero para que los argentinos vivamos en paz y seguridad, y no sólo estemos orgullosos de nuestros jugadores de fútbol. Es difícil, sí. Pero confío en la firmeza de su mano. Es lo que tengo. No me decepcione, por favor…

A todos los que obstaculizaron y obstaculizan el caso de Matías; a las almas corrompidas que viven parasitando de los demás, y a todos los que –políticos o no– hacen de este país un lugar injusto e inhumano, los repudio, los reto y –sin miedo– los combato con mis apenas 17 años. Doy mi vida por la de mi hermano. Prefiero la muerte a vivir como muchos: muerto. Me pongo de pie y alzo la voz para decirle basta a la violencia. Me paro junto a mi hermano para construir una sociedad mejor fundada desde la bondad, no desde el odio. No quiero ser parte de los que le echan la culpa sólo a “los de arriba”: también asumo mi culpa por no haber hecho algo antes.

Estamos pagando un precio demasiado alto por la sociedad que hasta ahora nunca supimos ser. Sólo un sentimiento me mueve: el deseo de que la luz se haga. Lo imploro en nombre de la humanidad que tanto ha sufrido y que tanto derecho tiene a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que el grito de mi alma. Justicia para mi hermano. Justicia para todos. Dios se apiade de nosotros. Que en paz descanses, Matías.

En la computadora que compartía con su hermano mellizo Matías, Martín Bragagnolo le escribió una carta abierta al presidente Kirchner: el dramático pedido de un chico de 17 años, que sorprende por su madurez.

En la computadora que compartía con su hermano mellizo Matías, Martín Bragagnolo le escribió una carta abierta al presidente Kirchner: el dramático pedido de un chico de 17 años, que sorprende por su madurez.

Matías, el chico muerto; Cecilia, su madre, y Martín, el autor de la carta al Presidente, cuando nadie imaginaba la tragedia.

Matías, el chico muerto; Cecilia, su madre, y Martín, el autor de la carta al Presidente, cuando nadie imaginaba la tragedia.

Marcelo Bragagnolo, el padre, con Martín, hoy. A tres meses de la terrible pérdida, y todavía sin respuesta por parte de la Justicia.

Marcelo Bragagnolo, el padre, con Martín, hoy. A tres meses de la terrible pérdida, y todavía sin respuesta por parte de la Justicia.

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