“El que atente contra una mujer arderá en el Infierno” – GENTE Online
 

“El que atente contra una mujer arderá en el Infierno”

Unos hablan de “destino”. Otros, de “lógica política”. Y otros aún, de “las inviolables leyes de la tragedia” en el sentido griego: con intervención de los dioses. Pero poco importa. Desde el jueves 27 de diciembre a las seis y dieciocho de la tarde (las diez y dieciocho de la mañana en la Argentina), Benazir Bhutto (54, nacida en Karachi el 21 de junio de 1953), dos veces primera ministra de Pakistán y líder del Partido Popular Pakistaní (PPP), está muerta, y su nombre, inscripto entre dos dinastías condenadas: los Gandhi y los Kennedy. El crimen (la masacre) fue en Rawalpindi cuando ella, Pinkie, BiBi (por BB, las iniciales), sus sobrenombres occidentales, o La Sultana, El Alma de los Pobres, La Hija del Este, los orientales, salía del Parque Liaqat luego de hablar en un acto político. Un terrorista se abrió paso entre la muchedumbre, le disparó dos veces por la espalda y un segundo después detonó la carga explosiva que llevaba atada a su cuerpo. Bhutto, herida, murió en el hospital apenas llegada, y otros veinte cadáveres quedaron en la calle, como muñecos rotos, entre vidrios, metales, charcos de sangre.

Treinta y siete años antes, en 1969, Benazir Bhutto salió del convento en el que había pasado un lustro. Recién cumplidos sus 16, era –dicen– bellísima. Dos años antes, su padre, Zulfikar Alí, fundó el PPP, llegó a primer ministro, en 1977 lo derrocó el general y dictador Zia ul-Haq, y en el ’79 murió ahorcado. Benazir tenía 25 años, estudiaba Ciencias Políticas en Inglaterra (Oxford), y luego lo mismo en Harvard (Estados Unidos). Sus profesores y compañeros la admiraban por su brillante oratoria, y se abría ante ella una exitosa vida occidental. “Pero su corazón estaba en Pakistán”, recuerdan hoy, abrumados por su muerte, sus partidarios.

Un polvorín. Ciento sesenta millones de habitantes. Mayoría musulmana. Noventa millones viven con dos dólares por día. Hoy, el gran santuario de Al Qaeda y Osama Bin Laden, de otros grupos terroristas, de talibanes... Armas nucleares. Aliado de los Estados Unidos contra el terrorismo. Bush aportando dólares: 10 mil millones desde el atentado a las Torres hasta hoy. A ese mundo decide volver Benazir, hacer política desde el PPP, gobernar. Pero tiene más vientos en contra que a favor: es mujer, es laica, es liberal, es prooccidental. No muy distinto era en 1988, cuando tenía 35 años y, en elecciones libres, llega a primera ministra. Es popular y muy querida. Pero poco dura en el gobierno: dos años después, asfixiada por las presiones militares e islamistas, abandona. Le sobran amenazas de muerte, le aconsejan el exilio, pero vuelve a la lucha, gana las elecciones del ’93 y retoma su cargo. Temeraria o ciega por su ambición de poder, ignora dos señales fatídicas: su hermano Shahanawaz muere envenenado en Cannes en el ’85 (misterio nunca aclarado), y su otro hermano, Murtaza, cae asesinado a tiros (’96) en Karachi, tal vez por un agente de los servicios secretos.

Sobre el eco de esta muerte, Benazir entra en su más sombría etapa política. La acusan de corrupción (1.500 millones de dólares en una cuenta suiza, dicen). Su marido, Asif Zardari (un matrimonio acordado entre familias, según la tradición del país), es llamado “el señor Diez por Ciento”, presunto porcentaje que le dejaría cada obra pública. Sus hijos (Bilawal, el único varón, Bakhtawar y Assefa, hoy de 19, 17 y 14 años), por seguridad, viven en Londres. La acosan más cargos: “Nepotismo, violación de leyes constitucionales, mal desempeño y muerte extrajudicial de detenidos”, etcétera. Por fin, jaque mate. Vuelve a perder el cetro y se exilia. Vive los siguientes nueve años en Inglaterra. Según algunos testigos, en la pobreza. “Subsistía gracias a la ayuda de algunos amigos y no podía pagar el colegio de sus hijos”. Según otros, “no hay tal pobreza. Su marido es un bon vivant que se viste con los sastres más caros, come en los restaurantes top de Europa y frecuenta clubes privados”.

Pero, a despecho de las acusaciones, que siempre negó, y a miles de kilómetros de su patria, sigue obsesionada por el poder. “Sé que mi vida corre peligro, pero no me importa. No descansaré hasta lograr un Pakistán democrático, moderno, socialmente justo y libre de terroristas”, proclama en los actos políticos y en las conferencias que desgrana en Oxford y en Harvard, que la consideran una heroína de la libertad. Y tiene su Día D el 8 de octubre pasado…

EL FINAL. Ocho años de exilio, retorno a pesar de las amenazas, recepción gigante. Caravana desde el aeropuerto de Karachi, la ciudad que la vio nacer. Ella, en un ómnibus blindado. De pronto, una mujer enfrenta el ómnibus con un bebé en brazos y sonríe. Benazir reconoce el código: es una terrorista suicida. Pero demasiado tarde. La bomba deja ciento treinta cuerpos despedazados. El mayor atentado de la historia paquistaní. Benazir, ilesa. El desastre es un mensaje insoslayable. Le dice, sin palabras, que está condenada a muerte. Antes de que se acallaran los gritos y los llantos desesperados, debió haber vuelto sobre sus pasos y apuntar su brújula hacia Londres. Pero no. Gobierna el general Pervez Musharraf. Personaje indescifrable. Aliado de los Estados Unidos contra el terrorismo, pero con una curiosa concepción de la democracia: según le convino, fabricó autogolpes, encarceló a cuanto enemigo o sospechoso de serlo se le antojó, cerró canales de tevé, liquidó la Corte Suprema. Pero Benazir, dispuesta a ser primera ministra por tercera vez, pacta con él, y el pacto le hace perder buena parte del amor de su pueblo.

Sin embargo, no le importa. Confía en el apoyo de Bush y sus planes para instalar una democracia en Pakistán, a pesar del mismo y desastroso intento en Irak. Musharraf acepta el frágil equilibrio. Para seducirla, ordena levantar todos los cargos de corrupción que pesan sobre ella y su marido. Piensa que la dominará. Ella piensa lo mismo a la inversa, porque un general dictador bien puede tener sus días contados. Se acercan las elecciones, y al freír será el reír, imagina (o cree, o se persuade). Entretanto, Pakistán alcanza un sombrío demérito: entre las ciento once naciones juzgadas por su calidad de vida, sube al puesto noventa y tres…

Las elecciones serán el 8 de enero de 2008. Empieza la campaña electoral. En uno de sus discursos, Benazir desafía al Islam: “El que atente contra una mujer, arderá en el Infierno”. Llega el jueves 27 de diciembre. Se envuelve la cabeza con un largo echarpe blanco de seda: el mismo que usó en las universidades, en las conferencias: su símbolo de batalla, el tenue nexo entre Oriente y Occidente. Le advierten (como a John Kennedy el 22 de noviembre del ’63, como a Indira Gandhi el 31 de octubre del ’84) que hay peligro, pero responde con el lema que hace repicar desde los días de su exilio: “No tengo miedo”. Es un día luminoso. El Parque Liaqat está colmado. En el discurso, Benazir promete guerra al terrorismo, paz, progreso, “porque ya hay demasiados muertos en nuestra historia”. La aclaman. La gente cubre de flores su auto. Sale del parque. Lo demás ya es historia. Mientras la sepultan, una absurda pugna domina los cables noticiosos. Su marido y algunas fuentes dicen que murió de un balazo en la nuca y otro en la espalda. Otros, que la muerte le llegó por un golpe en la cabeza contra uno de los parantes del auto que la llevaba, al ser impulsada por la explosión de la bomba. Huele a burla, a sarcasmo, a ridícula discusión. Porque su muerte, por bala o por golpe, no tardó en desatar otros fuegos, otros disturbios, otras muertes, y baja (o levanta) un negro telón sobre el mañana. En Pakistán, y acaso en el mundo, donde el petróleo, el fanatismo, el terrorismo y la bomba atómica dirigen la orquesta.

Benazir, en su último acto político,  saluda a la multitud.

Benazir, en su último acto político, saluda a la multitud.

El sábado 29, Bhutto fue sepultada en Karachi. Estuvieron sus hijos Bilawal, Bakhtawar y Aseefa, y su hermana Sanam.

El sábado 29, Bhutto fue sepultada en Karachi. Estuvieron sus hijos Bilawal, Bakhtawar y Aseefa, y su hermana Sanam.

La tenaz, polémica y dos veces primera ministra de Pakistán con Hillary Clinton, entonces primera dama de los Estados Unidos, y su hija Chelsea, en marzo de 1995. Benazir fue siempre muy admirada por varios jefes de Estado por su lucha y su exilio.

La tenaz, polémica y dos veces primera ministra de Pakistán con Hillary Clinton, entonces primera dama de los Estados Unidos, y su hija Chelsea, en marzo de 1995. Benazir fue siempre muy admirada por varios jefes de Estado por su lucha y su exilio.

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